PUBLICIDAD

Crónica: Berlin Atonal 2019

Escrito por David Elpezs | Fotos de Frankie Casillo, Helge Mundt e Isabel O'Toole (Berlin Atonal) | Publicado el 10.09.2019

Bailando drones

Bailando drones, bailando drones te hallas allí, bailando sonidos que normalmente cuando en tu casa o el metro los escuchas “tan solo” dotan movimiento a las conexiones neuronales, ávidas éstas de dar orden al tronco y sus extremidades de replicar, cual algas en el mar, un baile físico, y que por norma general se frustra al no estar estipulado como normal y correcto que sean danzados. Los drones, los sonidos huérfanos de batería pero no por ello criados en tristes orfanatos, las melodías destinadas a ser despertadores de ángeles y demonios, todas esas sumas musicales que exigen de tener una sensibilidad especial para ser disfrutadas, todo ello, en Berlín Atonal, puede ser bailado sin temor a que ningún descastado del sonido propuesto te tache de sobreactuador o de que ni si quiera te mire. Bailando drones, joder, si.

Atonal es un festival que te hace perder en cierto modo la concatenación del tiempo y la percepción del espacio. Es un “sitio” que bien puede ser el escenario de un sueño de esos que cuando te levantas ya has olvidado pero del que guardas una sensación concreta que te acompañará el resto del día... Las actuaciones que se disfrutan son tan dispares que sería difícil narrar lo sentido echando mano del manido método de la cronología pura; lo he intentado antes de lanzar estas líneas de aquella manera y he fracasado, al releer el texto tenía la impresión de que, aún siendo más metódico y estricto en el recuerdo más vano, insultaba en esencia al sentimiento que ha resultado de la experiencia, una experiencia que me ha dejado un poso de caos armónico, donde los recuerdos se me entrecruzan constantemente. Es por esto que esta crónica se leerá desordenada y anárquica, como los secuenciadores de los ponedores de música y como el recuerdo de los auténticos protagonistas, o sea, esos abajo-bailantes de drones, sus recuerdos, sus 'faces' rebosantes de asombro y sus regustos a fantasía vivida en el que para mi es el mejor festival en el que he podido bailar, el Berlín Atonal. Para quien no lo sepa, son 5 días de muestra sonora, toda una maratón sónica solo apta para oídos y deportivas entrenados tanto en cultura musical como en lo físico propiamente dicho. Cinco días en Berlín pueden ser muy largos, las camas no funcionan y nadie las busca hasta que caes por tu propio peso deseoso de despertar de nuevo. Son muchas horas al pie del altavoz y sin embargo se te pasan como un chasquido de dedos, como digo la percepción del tiempo desaparece como la conoces, y tan solo algún breve dolor de piernas te recuerda el dicho berlinés: “don't forget to go home”, y es que, qué ciudad, qué ciudad. Qué ciudad...

La cápsula de Hormigón.

Para quien no haya estado en el festival (ni conozca Kraftwerk) es necesario describir, si es que se puede hacer con palabras, la magnitud estructural de la instalación. Una diáfana planta eléctrica de 8000m2, con tan monocroma como ausente decoración donde el color gris de sus paredes espera ser iluminada tan solo por la imagen coaxial que a la música se sucede. Un sitio donde perder la concepción del espacio, y donde se puede volver a echar mano de la metáfora del sueño, ese en el que se es capaz de estar en dos, o tres, o cuatro sitios a la vez en tan solo cinco minutos; me explico… Por un lado podías disfrutar de la Main Stage, el escenario principal donde la altura de los techos se mide con la vista ya con la barbilla apuntando a la “cabina”, amplio, diáfano y albergador de una pantalla para lanzar los vídeos que supera a cualquier expectativa previa. Estremece solo de verlo, no te digo ya nada al sentirlo lleno de sonido potente, cristalino, esponjoso y perfectamente invasivo. La Stage Null, en una planta inferior, más pequeña en tamaño pero que exprime más los adjetivos superlativos que describen el sonido, un túnel sónico donde es muy difícil no hacer otra cosa que estar sumergido en el más profundo trance acústico. La sala de máquinas, un cine con aroma a Chernovil, con esos controles soviéticos residuos de su primario sino iluminados por la pantalla que ponía imagen a la música propuesta, un perfecto sitio donde descansar de tanto hormigón, con más hormigón, pero con la sensación de estar en el alma del monstruo que un día radiaba electricidad y que ahora la recibe por medio de la música, cerrándose así un círculo de perfecta justicia poética donde las distintos tipos de ondas dotadas de portadora y sus voltajes emitidos en presente y pasado se retroalimentan en el tiempo. De Tresor y del resto de salas, que son más “normales” ya hablaremos en otros párrafos, que manchar no quiero de comunes emplazamientos un párrafo donde se describe el lugar de un sueño.

Lee Gamble, el noble arte del ambient bass.

Toda una alucinación de sentidos cruzados, sinestesia pura fruto de ello, una paradisíaca isla en la que instalarse para disfrutar de la música que este chico inventa, por que la inventa. Si bien es cierto que su “yo” más cañero se me suele atragantar esta suerte de sonidos basseros interrumpidos por ambient y al revés me embriagó hasta retorcerme el sistema nervioso central. En un tríptico de Ep's ya había mostrado este sonido tan abrupto como encandilador que además era acompañado de unos visuales y un sistema de luminotécnica que en mi opinión le aupó a ser una de las actuaciones del festival. La pista, al recibir esta música irreverente en ritmo se movía como en impulsos, como los sonidos de los modulares se disparan vía control de voltage. Hizo con nosotros lo que quiso, dándonos tanta fruición como fuimos capaces de captar; ya sea bailando, ya sea escuchando, ya sea sintiendo ambas suertes de disfrute a la vez.

Samuel Kerridge, oración enmusicada.

Uno de los neo-genios que la electrónica contemporánea nos ha dado es el bueno de Kerridge. Siempre he huido de conocer a los artistas en clave personal, prefiero seguir sintiendo sus sonidos sin el filtro de la humanización que por norma general suele ser, al igual que los cut-off de sus sintetizadores, sustractivo. Pocas veces suma, y con Samu pasa… que tío más grande, leñe. Su directo junto con Taylor Burch estuvo empaisajado por unas visuales que se recreaban en los aparentemente estáticos y erráticos gestos de la oradora, con una proyección que se superponía en capas de telas que colgaban infinitas desde el techo y que daban una sensación de profundidad que te hacían perderte en ellas mientras escuchabas. La música estaba empapada de ese dark-ambient que las piezas de Kerridge suelen tener si mutas sus enrevesadas baterías, con un tempo más bajo al que nos tiene acostumbrados los sonidos nos llegaban lo suficientemente separados entre si como para poder apreciar los colchones y melodías, sutiles y bruscos a la par, y que peinaban el resultado final hasta dejar el flequillo en la orilla del ambient techno... Una batería ecléctica en su dibujo, con esos elementos percusivos fruto de la síntesis ennoisada y que le alejan de cualquier paleta sonora antes oída en otros secuenciadores. Su sonido es propio, y se ha reservado el derecho a ser reconocido, al menos para mi, como el mejor y mayor reinventor del techno de garaje, alejándose de su forma obvia, pero no por ello lanzando un mensaje final distinto, el del baile que acarrea trance coaccionado por sonidos armónicamente estridentes, dulcemente estridentes, estridentemente armoniosos, y así podríamos estar hasta acabar el diccionario de sinónimos y antónimos, dejando un sendero de oximorons en forma de círculo eterno…

Tengo que decir que lo que menos me gustó de la actuación fue la constante intervención de la voz de la narradora, y es que al menos sin entenderla, lo que resultaba era una constante aparición del mismo sonido en cada uno de los tracks. Al fin y al cabo, es música lo que estás escuchando, y esa voz por mucho que diga lo que esté diciendo no deja de ser una pista sonora más… al no estar ni procesada, ni chopeada, ni enrarunada no acabó por cuadrarme su aparición “poco original” con respecto al resto de elementos que componían la perfomance. Lo orado era, parece ser, frases del gran Jean Cocteau, que en una de sus citas dice: “Lo que el público critica de ti, cultívalo, eso eres tú”, así que Samu, sigue haciendo lo que quieras cuando quieras y con quien quieras, porque queremos más de “tú”.

Las salas pequeñas: Los cambios de estado.

La dinámica de Atonal en cuanto a la sucesión de actuaciones choca en un primer momento, y es que el primer tramo de la noche se sucede alternando la Main stage y la Null, con un espacio de tiempo ausente de sonido y que te permite resetar los percibidores y las emociones creadas. Los que venimos del bakalao y sus recintos estamos acostumbrados a un constante sonar, y bailar, sin solución de continuidad entre las actuaciones. Aquí no, aquí se “sufre” el traslado mientras comentas lo sucedido y te relames por lo venidero, a veces con sed hay que decir, y es que a estas primeras horas es difícil llenar tu copa sin aguantar una cola reseñable, y esto en un festival tan adulto me sorprendió para mal, quizás lo único negativo a destacar...

De manera paralela y de un modo más longevo y penetrante en las soleadas mañanas que Berlín nos brindó se sucedían autenticas raves salvajes muy lejos en forma y personajes que los principales escenarios dotaban. Hablo de Tresor, OHM y de Globus. Tres clubs alojados dentro del mastodóntico teatro de operaciones, tres garitos donde agrandar la sensación de pérdida de contacto con la realidad y que mostraban otro tipo de festival muy distinto al hasta ahora descrito. En ellos disfruté junto con mis comapñerxs de batalla de autenticas mañanas para la historia de nuestras deportivas y de nuestras pieles, y es que como ahora describiré, es en estas salas, sobre todo en Tresor, donde reside la experiencia física del gathering. Resumamos raudos pero descriptivos en lo esencial algunas de las mejores músicas bailadas en estos feudos del danzar bakala.

Umwelt, Tresor.

Eran ya las 11 de la mañana cuando estuvimos a punto de darnos por vencidos e irnos antes de que acabara su dilatada sesión, “este no puede con nosotros” dijo alguien a mi lado mientras sudábamos como no recuerdo haberlo hecho jamás en toda mi carrera como bailaor, una pasada. Conocía Tresor de ir a sus sesiones de cualquier día normal y el ambiente distaba mucho de su normalidad. Normalmente está lleno de turistas neófitos y de la Crew más joven y ultra de Berlín; su ambiente no es el más indicativo para describir al inherente de la ciudad. “Hoy”, con un público más sesgado por lo culto era otra cosa y sin poder ver más allá de la persona que tenías delante la experiencia de pista se notaba física, empujante, con aroma a salvaje y ordenada de manera autoritaria golpe a golpe por el francés que a la vez impartía un clinic de la mezcla y que ofreció la selección musical que Tresor exige: caña, zapatilla, juma, tiene muchos sinónimos, elige el que quieras. Bestial pasaje este, todo ello habiendo empezado la noche escuchando con los ojos cerrados y bailando en plan trigo zarandeado. De repente, salías de otro lugar, de otra manera y sacudido por otro tipo de sonido. Lo dicho, como un sueño de esos que te traslada de tu pueblo a Copenhague durante la misma conversación y no te extraña, solo lo hace al despertarte, como yo ahora, haciendo fuerza por creerme que todas esas cosas tan distintas pasaron la misma noche. Un pasada. La misma prosa se puede copiar-pegar para lo que pasó un día después con el gran James Ruskin en la misma sala, con, si cabe más calor proveniente de los cuerpos que bailaban tan bruscamente como la música demandaba y con ese ambiente de fiesta extrema que la sala Tresor ofrece, entre rejas tanto físicas como mentales.

Loraine James, el neo UK-garage. Globus.

No conocía esta chica y me dejó con el culo torcido su directo donde las melodías las manufacturaba en el momento con un pianito de estos de viaje. Mucho funk, mucha diversión, mucho sonido Ideemesco subido encima de estructuras de batería con el bombo y la caja desde y como el Uk-garage propuso. Una mezcolanza de estilos muy propia, que me engatusó lo suficiente como para perderme dios sabe que actuación, pero que me dió igual. A todo esto, en una sala como Globus que te daba otro tipo de aire, una sala más "normal", más colorida y espejada y que se lleva el agrio galardón de ser la que "peor" sonaba. La que peor sonaba pero que ya quisieran las salas madrileñas sonar así...

A reseñar también dentro de esta localización el set de Elena Colombi y Jon K. Una sesión a bajo tempo, con un tipo melodía sencillo pero sublime, alentada por líneas de bajo para bailar y pensar a la vez y donde la batería cogía mil formas, tantas como las que hay inventadas. Me encantó.

Bambounou, OHM.

Fue el primer día, o el mio vaya que yo llegué el jueves, la última noche que se podía bailar en esta sala, la más pequeña de todas, creo recordar que “decorada” con baldosas cuadradas de estas míticas de los baños y que tenía un ambiente cojonudo al compás de este dj. En un primer momento dio en el clavo con un techno sencillo y empausado, pero que se fue diluyendo poco a poco en su propia borrachera hasta vencernos y hacernos irnos a mañanear fuera de la música. Le cito por hablar de la sala, no se merece ni su música ni él entrar en esta granada selección de actuaciones, que quede claro.

Alessandro Cortini, música para el inconsciente.

Uno de los atributos del festival es la larga oferta de primicias mundiales que ofrece. Una de ellas, y para mi la más esperada era la del italiano, y es que me flipa a mi su manera de melodiear mientras satura, su manera de llegarte a lo más profundo de tu inconsciente con sus pistas lanzadas cassettes mediante. Atendiendo a los adelantos del disco (Volume Massimo) que el 27 de este mes saldrá no habría mucha novedad en cuanto a las formas con respecto a su anterior conjunto de expresiones musicales; el Avanti, un LP que he escuchado hasta la saciedad más absurda y es que Cortini no compone música al uso, compone algo que te acompañan en el día a día que marcan las miserias, alegrías y reflexiones que solo tú, o ni tan solo tú sabes que existen, cuando te quieres dar cuenta ya le has dado al play otra vez, no has sido tú, si no tu sala de máquinas mental, esa parte de la que no tienes control y a la que Freud puso nombre.

La actuación fue sublime, con una imagen humanista, pausada y obvia en mensaje. Digo lo de obvia muy lejos de lo peyorativo, y es que las mayores dichas de esta existencia son mundanas, como las que su imagen propone. No obstante tengo que reconocer que tanto de esta actuación como del resto no atendí al visual como sentido principal, nunca me ha llegado a cuadrar al 100% la mezcla sensitiva del sonido y la imagen, y es que la música ya de por si me resulta sugerentemente visual y me gustan más los visuales que mi mentote crea alentado por el algoritmo de mis penas y mis alegrías, y de todo lo que las crea y las hace desaparecer. De igual modo que la pintura no huele per sé, la música no se ve, y ella es tan magna que proponer su imagen siempre va a ser una intención a la que no le prestaré más atención que al propio pilar de la experiencia, que es el musicón. De la música, qué decir, o qué no decir, y es que si me “quejo” de lo presuntuoso de ponerle imagen aún lo es más ponerle palabras, no obstante estoy aquí para ello por lo que debo intentarlo y no encuentro otra manera que hacerlo sobre mis propios sentires: Fueron melancolías por el siempre incierto futuro, accionadas por notas del pasado en forma de melodía, melodías que encienden lo trascendental del momento mental en el que te halles, momentos mentales que se quedan monotemáticos convirtiéndote en una ameba unicelular que tan solo puede pensar en lo que acaba de sonar, un regocijo almático y sonoro del que tan solo Cortini y cuatro más pueden alcanzar a darte; “que bonito, copón” se escuchó en el silencio sepulcral que se “oía” al finalizar cada uno de los tránsitos, y es que había gente de Cuenca por allí también. Uno de los 3 mejores momentos del festival, sin duda. El 27 podréis escuchar de lo que hablo, o de lo que intento hablar, y es que, repito, describir su música se le escapa a la prosa o a la poesía y me parecería un insulto hacerlo desde el punto de vista técnico-musical, prefiero seguir pensando que esa música no se hace, está, solo que él es el medio para emitirla.

Roly Porter, el folclore funerario como única novedad.

Me vais a a perdonar que sea como soy, por mi simpleza a la hora de tratar la ingesta musical y por encerrar en mi dotes de paleto contra lo conceptual. Por norma general cuando alguien mediante su música pretende ofrecer un “concepto” y/o “mensaje” paso bastante de leerme o escuchar esa parte explicativa, me desconecta de la verdadera intención que tiene la música que para mi; un fin en si misma. Es por esto que esta crónica esté casi ausente de referencias a la intención que la música tuvo más allá de para lo que fue inventada, para eso podéis coger el programa de Atonal de la red y deleitaros con ello. El caso es que la performance de Porter sufrió de esa sapiencia por mi parte, y por tanto la escuché con el colmillo levantado a sabiendas que alguien estaba presuntuando con mi percepción y guiándome por encima de mi sistema auditivo. Me gustó, mucho, Porter sigue siendo quien era y no ha perdido un ápice de su genialidad cuando se expresa con esas preciosas melodías que aparecen dulces encima, debajo o a traves de sus típicos colchones de hierro, fuego y miel. Pero eh, en la frase “sigue siendo quien era” va un torpedo de maldad en este negro sobre blanco, y es que, siendo un geniazo como pocos esperaba de su música algo nuevo, al menos en él, y me encontré con un remix de sus propios trabajos anteriores que me dejó un sabor agridulce, casi de cabreo. Musicón, si, pero ya se lo habíamos visto. No tiene mis dies, no, pero aún le queda mucho crédito por gastar, ya que ha sido de lo mejor que mis oídos han escuchado en el último lustro y mas allá. Le puedes ver en Siroco dentro de muy poco si estás por Madrid, te encantará lo que escucharás vaya por delante.

El Atonal, sus gentes.

Siempre insisto en lo afortunados que somos al haber elegido esta música como criba social de quien nos rodea, de cómo ésta hace que con quien te juntas tenga no sólo una sensibilidad especial por lo artístico si no también por el trato que te dispensa, de como se puede hablar de lo humano y lo divino con asertividad. Los colegas de la música, que me dice mi madre, da igual si los conociste hace diez años en Amberes en una de-tuned o los acabas de conocer en mitad de la pista, da igual, ya sabes que esa sensibilidad que les ha llevado hasta allí, dice más de ellos que cualquier otra cosa. Allí, los españoles tenemos presencia destacada no solo en número (diría que es la nacionalidad después de la germana más representada) si no que además como no paramos de hablar gritando acabamos siendo protagonistas no siempre bienvenidos para los modernos que inmóviles, inertes e inexpresivos observan el espectáculo como si estuvieran acabando la jornada laboral un miércoles. Asín semos, que nos metan en la cárcel. Los berlineses ya sabéis como son, bien majos, pero la iniciativa social la tienen donde el Murcia C.F las copas de Europa. No obstante da gusto compartir baldosa con ellos, no solo porque son amigables cuando corresponde si no porque son un espectáculo en si mismos, pasan de todo lo que no sea su conexión con la música y eso es admirable. Grandes los lugareños, eso si, les queda mucho para hacerme de sonreír a carcajadas como lo hacen las crew de las que afortunadamente me rodeo en este tipo de saraos.

Yousuke Yukimatsu, el ambient-hardcore como semilla del todo.

No conocía a este japonés y ya estará para siempre en el olimpo de mis mayores placeres ingestados vía oído. Jamás había “visto” nada igual, jamás había podido disfrutar de tan magnos contrastes sonoros y en tan poco espacio temporal. Un set dj donde el ambient más melódico, inmovilista, dulce y cremoso se mezclaba con auténticos estruendos de batería. Jamás había escuchado tramos musicales donde se utilizaba la polimetría y la polivelocidad de los tracks de un modos tan anárquico y a la vez tan armonioso. Él, loco en movimientos, sin camiseta en lo alto de la cabina, intentaba como cualquier otro de los que estábamos allí darle un ritmo acompasado al fluctuar del paralelo de sus hombros, nadie, ni el mismo, acertaba en ello, o quizás todos lo hacíamos y es que el metrónomo de esa combinación de pitches era tan inasumible como natural, abarcaba toda la rejilla. HardHardcore, sonaba a algo más allá del mas Hardcore nunca hecho, y todo se convertía en un ambient dulce en cuestión de segundos esperando ya esa calma a ser enloquecida hasta sabía dios cuando. A todo esto en la Null Stage, que como he dicho antes cuenta con el sonido más correctamente abrumador que jamás he disfrutado. Jamás, cuantas veces he repetido este adverbio en lo que llevamos de párrafo? Muchas, y es esto lo resaltable de este set, porque nos dio un producto original, genuino, histórico… Sus últimos acordes piano y vocal mediante y un tema de semi-cierre que odrefcia una melodía que no puedo recordar, pero que no me puedo quitar de la cabeza, cerraron una de las experiencias sónicas mas potentes y embriagadoras de mi carrera como disfrutón de las dancefloor. Ole, Yousuke, más como tu y menos calcos de lo visto, de lo ya escrito y de lo ya mostrado, más como estos, Darwin, haznos el favor.

Objekt, el directo total.

Que este chico está ya a la altura de los mejores de la breve pero intensa historia de la electrónica es algo de lo que no creo que haya mucho díscolo. Si lo has visto pinchar y seleccionar lo que pincha ya vale para dar la razón a la primera línea, pero es que produciendo es otra liga, u otro deporte…

El espectáculo que se disfrutó como WP en la Main Stage saldrá en los libros de texto que se encarguen de estudiar los primeros 50 años de la mejor música jamás parida, la nuestra. En ellos resaltaran el excelente sistema de luces que animaba el humo lanzado por la pista y que creaba auténticas barreras de luz que, totalmente solidarias a cualquier envite de la música, creaban una verdadera comunión en el espectro multi sensorial de su hora y pico de actuación. Unos vídeos que iban desde lo orgánico (todos los que allí estuvimos tendremos para siempre en la mente ese bicho cantando esa melodía en vocoder, preciosa, eternamente sugerente) hasta lo más abstracto. Todo, con una perfecta compenetración por y para el dúo oído-vista. No obstante hubiese flipado igual con solo la música; hablando desde lo técnico es espectacular la paleta sonora que Objekt consigue y de qué manera la consigue. Su síntesis tiene un músculo y un recorrido de interpretación que hace que la típica subida-bajada de filtro del 98% de los artistas se quede a la altura del betún, un pasote sonoro solo descriptible si lo has percibido, y aún así nunca podrás ni escribirlo ni contarlo y ni falta que hace. A todo esto, mezclando temas ya esparcidos por el mundo y otros muchos que no han visto aun la luz, pausando hasta el silencio para rápidamente dar baile de nuevo a ritmos que los brazos casi no son capaces de asimilar. Desde mi percepción fue el momento en el que el Main Stage más de acuerdo estuvo en cuanto a sonrisas de oreja a oreja, en brazos levantados y en bailes no pensados. Otro de los grandes momentos del Atonal 2019, mi primo, Objekt.

Berlín, su off-Atonal.

Aquí va esta micro novela de las andanzas por Berlín de mañaneo en ese periodo de tiempo que comprende cuando acabó Atonal el domingo por la mañana y empezaría de nuevo por la tarde noche. Si, Berlín Atonal se llama y por tanto uno de los colores principales del viaje es estar, andar y disfrutar esas calles llenas de estímulos de todas las épocas, de ese paisaje tosco, aparentemente desordenado y que acaba por resultar al gusto como un paraíso de lo actual y de lo armónico. Estaba claro que el “after” (concepto que allí no existe ya que no se sabe nunca donde acaba y empieza la jornada fiestera) pasaba por intentar entrar a Berghain, si vas, tienes que intentarlo. Los que hemos estado sabemos que lo que sucede ahí es único, como dice mi colega Suso ni siquiera hay que catalogarlo como club, es otra cosa; la sinergia que se crea en esa pista con la peña uniformada en tono y ritmo hace que el efecto dinamo se te traslade a tu psico-motricidad y nunca se vea el momento de salir de allí, con ese sonido, con ese paisaje humano donde la gente se ve entre si, pero no se mira… Nunca había aguantado una de sus míticas colas y esta vez me tocó, de modo que pude vivir en mis regaladas carnes esa larga tensión que se vive en ella, con la peña escondiéndose detrás del de delante para que el portero no le fiche antes de tiempo y no juegue al tinder de los fiesteros antes de la cuenta con el/ella. Si no fuera porque sé lo que dentro se sucede escribiría en otro tono más peyorativo todo esto, porque la verdad es un poco avergonzante para un anarquista musical como yo formar parte de esa selección basada en la apariencia... Hasta ahora contaba con un inmaculado 100% de intentonas satisfactorias y esta vez pinché, tanto yo, como el resto de mi crew, 100% de noes para los mejores del festi. No pasaba nada, había plan alternativo, y qué plan...

Griessmühle. Estuve en su día disfrutando un Krake festival y cuando amaneció ahí en ese río me prometí a mi mismo volver para pasarme el garito como parecía mercerlo, aquel día lo cambié por Berghain y esta vez fue al revés, y acerté, o más bien acertaron por nosotros vaya. Ese muelle es como un mundo paralelo, como si unos niños piratas hubiesen montado a base de palets una casa en un árbol gigante. El derecho de admisión es totalmente opuesto al club de los de negro. Aquí, todo el mundo va vestido como les da la gana y la uniformidad tanto de conducta, como de baile, como de la propia apariencia no existe… al entrar, me preguntó el portero: “are you a bad boy?” a lo que le respondí, “Si”. Pa dentro. Su sala indoor donde no ves más allá que la punta de tu nariz, su sonidazo, su parque de bolas que es el propio muelle, el musicón que allí nos dedicaron cuando no era Dj Hell el que ponía la música, su ambiente en tono rave y su distensión social absoluta hicieron que disfrutáramos como niños hasta el culo de jarabe para la tos. Una autentica gozada de lugar que me puso en mi sitio en cuanto a la disyuntiva filosófica entre estos dos tipos de garitos descritos, y digo en mi sitio porque Griessmühle es más mi sitio, al menos en el modo en que yo entiendo el desparrame mañanero. Lo “cerramos” si es que se puede cerrar algo en esa ciudad y volvimos descansados de hormigón a la última jornada del Atonal.

Un largo viaje musical inabarcable e inclasificable.

Nos hemos detenido a describir las actuaciones que por lo que sea más me marcaron, ya sea por mi momento o ya sea por su objetiva calidad y es que la ingente cantidad de música que se presenta haría de esta crónica una novela de cien páginas si nos propusiéramos recorrerla en su totalidad. Para empezar ya es casi una misión imposible recorrerse el line-up sin dejarse nada atrás, no es que haya demasiado solape, de hecho las actuaciones de la Main y la Null se suceden sin sobreponerse, cosa de agradecer ya que es en ellas donde está la chicha que hace de Atonal un evento con unas características de programación únicas, pero claro, desde las 6 de la tarde que inicia hasta las 10-11 de la mañana que cierra, durante 5 días.. en fin, que ni yo, que soy un guerrero titulado, habiendo estudiado la carrera en los mejores y más largos festivales…

Me perdí, y nunca me lo perdonaré cosas como Dbridge, Not waving, Violet, Buttechno, Solid Blake, Forest Drive West o rRoxymore… actuaciones que tenía marcadas en rojo bien por recomendación expresa de mis colegas o bien por haber disfrutado sus músicas en enlatado, siempre me quedará poder escucharlos con los cascos o en la PA que tengo en kely, espero eso si, poder bailarlos alguna vez rodeados de otros gozadores y gozadoras.

También hubo otros espectáculos sonoros que no me gustaría dejarme en el tintero antes de dejar de escribir y que así por encima paso a sobreblanconegrear…

Vladislav Delay, no dejó indiferente a nadie, y menos a mi que soy muy fan… me recuerdo a mi mismo haciendo eso a lo que fui allí y por lo que volveré, por la posibilidad de bailar música aparentemente imbailable para los analfabetos del ritmo, con los ojos cerrados y sin hablar más allá de 15 segundos al respecto de algo musical con alguna otra alga contigua. Las apariciones de la batería en su juego musical te removían hasta bailar a lo normal para descender de nuevo al tempo elegido para bailar brisas… Otra world premier de la que espero ansioso su versión “in ear”.

Ziúr con su preciosista pop sobre down drill & bass que en breve saldrá por Planet Mu y del que ya me relamo…

Amnesia Scanner fue un regalo para las caderas y para la desintoxicación de lo puramente experimental. No los conocía y me flipó tela esa música pseudo-trapera, cachonda, que a veces se congelaba y hacía que te pararas y otras que reventarás las air-max. Alcanzó su momento culmen con su trackazo As to wrong que hizo que la pista no tocara el suelo si no era para volver a coger impulso hacía arriba.

La performance que se marcó Soho Rezanejad me pilló recien llegado y desde Griessmühle directamente por lo que no fui capaz de pillarle el hilo. No obstante a tenor de la ovación que recibió de un público que en su mayoría yacía ya sentado y de las buenas referencias que escuché tengo que destacarla.

Medio me perdí la aparición Shackleton, tenía un recao importante de esos de acompañar a quien se lo merecía en pretérito y no pude disfrutarle del todo. En principio no me acabó de enganchar y es que lo que siempre me cautivó de él fueron su desorden del timbal y resto de elementos de tribu que utiliza, y en esta ocasión llevaba 3 percusionistas que, me parecía a mi, le daban un toque más normal. Parece ser que me confundí, ya que el 100% de las personas encuestadas a pie de urna me dijeron que fue de lo mejor del festival. Moraleja, ya sabes.

Jensen Interceptor, que se encargó de casi clausurar el festival con su electro en-technado y que acabó por dar la puntilla a las plantas de los pies de los festivaleros. Le prefiero como productor que como dj a Jensen, pero se le quiere igual...

Function… function…. Function fue una autentica vergüenza, un espectáculo lamentable. Que además fuera el encargado de cerrar el Main Stage hizo que me cabreara aún más, mancilló esas sacras paredes con una música inclasificable si no empiezas con el prefijo mierda- y lo rematas con el sufijo -quetecagas. No quiero ni describirla a nivel técnico que me pongo de mala hostia y estaba yo de buen rollazo recordando el festivalón este.

Atonal, Anormal.

La música atonal no existe semanticamente hablando, una música que no tiene tonos no existe, no obstante a lo que se refiere esa licencia poética si que existe, y es que, hay unas teclas en el teclado, unos compases en el secuenciador, unos tejidos en los sintetizadores y una manera de juntarlos que forman una a-normalidad musical, un sitio donde los anormales de tímpano nos deleitamos, donde los anormales de baile bailan drones y un sitio donde todo está por sorprenderte por mucho que te pases el día 'digeando' música en internet, en una cubeta o donde sea. Ese sitio es Berlín Atonal, un sueño hecho realidad para quien como yo disfruta de lo que nunca ha disfrutado, en un sitio que jamás habría podido imaginar que existe.

Compartir:
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

ÚLTIMOS ESPECIALES


5 preguntas para Trentemøller Crónica: Overdrive 25 anivesario - Genocidio Trance Los álbumes de la semana #152 Crónica: WOS Festival 2019, un festival con alma 5 Preguntas para Amotik Los álbumes de la semana #151

APÚNTATE A NUESTRO E-FLYER SEMANAL

Tienes que indicar una dirección de correo electrónico.

La dirección de correo electrónico no es correcta.