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Crónica: Sónar 2019 - Sónar de Noche: Viernes

Escrito por Javi López | Fotos de Sónar Festival | Publicado el 23.07.2019

Entre el baile de fechas, 'riggers' y cancelaciones, Sónar alzaba el telón de “la edición más crítica de toda su historia”. Así lo afirmó Ricard Robles, codirector del festival en rueda de prensa, y así lo percibíamos muchos desde la barrera días antes de su celebración. El Sónar ha perdido público este año (ha contado con 105.000 asistentes), alrededor de 20.000 personas menos que en 2018 (su 25º aniversario); pero ha aguantado bien todos los reveses y ha coronado una edición digna pese la ausencia de un headliner de tirón popular. Al margen de eso, en el grueso del cartel han habido propuestas como siempre interesantes (sobre todo en Sónar Día), y el festival ha destacado el enfoque global, femenino, 'queer' y radical de sus contenidos.

Sónar jugó muy bien la carta de la sustitución de A$AP Rocky (todavía en prisión preventiva en Estocolmo, acusado de agresión) y programó a un representante a la altura: Stormzy aka el nuevo rey del grime en UK, un artista en ascenso que defendió con autoridad su flamante repertorio (Mr Skeng, Big For Your Boots, o las pegajosas rodajas en la tradición del mejor hip hop de los 90s como Vossi Bop o Cigarretes & Cush). Versos afilados sobre beats veloces, en la configuración de un hip hop con ambición pop, y un recuerdo del de Croydon al artista que suplía: 'Free A$AP Rocky!'. Compitió en franja horaria con otro de los grandes valores de la jornada, el directo de los parisinos Acid Arab. Guido Minisky y Hervé Carvalho imaginan un french house que viaja a oriente y lo decoran con un potente espectáculo visual que magnifica la experiencia del baile. Ensoñadores, intrincados y psicodélicos: son lo más parecido a bailar dentro de la pirámide de Kheops.

Aún con los atractivos directos de Stormzy y Acid Arab, la del viernes fue una noche sin brillo especial en la que hasta un garante como Floating Points le costó conectar con la audiencia en sus seis horas de sesión en SónarCar. O quizá el problema sigue siendo el propio escenario Sónar Car, una pista al que le falta algo de magia, y el constante flujo de gente que iba y venía lo puso de manifiesto. Sheppard comenzó su set basculando entre el soul y el hip hop (puso hasta los Beastie Boys), para luego firmar mezclas de mecha más corta, valiéndose de disco-funk, house y conatos technoides. Como siempre, de lo más disfrutable, su selección funk: Making Love Will Keep You Fit de Brenda Harris, Waterbed de LTG Exchange, He's A Friend de Shirley Caesar, My Reason de Samuel Jonathan Johnson... Demostrando de nuevo ser la respuesta europea a Theo Parrish. O su mejor discípulo.

El algodón de azúcar estuvo en SónarCar, porque en el resto de escenarios el discurso de los DJs se centró en el techno monocromático y crepuscular. Buena muestra de ello fueron las sesiones de Dj Seinfeld y Mall Grab en SónarClub. Ambos firmaron sets de techno galopante y poderoso, pero sin apelar mucho al riesgo y a las emociones. En general faltó alegría en la velada del viernes. Sólo el holandés Jarreau Vandal vino dispuesto a reivindicar el baile sin complejos. Micro en mano y a pecho descubierto, firmó una sesión ecléctica (funk, house, disco, electro, hip hop) y perfectamente hilvanada, con mucho brío en las mezclas, y dando acceso a hits evidentes para animar a la concurrencia: de JBalvin a Curtis Mayfield, pasando por Rage Against The Machine y terminando con Daft Punk. Luego vino Vince Staples, parapetado por un muro de pantallas que proyectaban telebasura (también imágenes de Jerry Seinfeld y secuencias del programa Jeopardy!), y volvimos a bailar con las tripas en la mano. Vince Staples parece querer huir de la evidencia, y aunque podría compartir podio con su amigo Kendrick Lamar y A$AP Rocky, él prefiere subvertir los códigos del rap y macerarlo, primero con otras músicas (techno, grime, funk, pop), y luego con colaboradores atípicos para el género (SOPHIE, James Blake, Damon Albarn o Justin Vernon). Su show, a base de beats pregrabados y su voz, podría ser más ambicioso, pero aún así demostró poderío, escupiendo rimas a la velocidad de la luz sobre subgraves de hormigón.

Underworld son un cromo repetido en los festivales, pero siempre una garantía para las masas. Aparecieron en SonarClub con la excusa de presentar los temas de su reciente serie de EPs (Drift), pero lo que hicieron fue picar en lo mejor de su discografía. Sonó la desbocada King Of A Snake, Kittens, Cowgirl... reivindicando el clasicismo rave de los 90s, los bombos empapados en lisergia, y la sempiterna colisión entre rock y electrónica. Karl Hyde, como siempre, bailando como una loca. Y sí: tocaron Born Slippy. Un agujero más en el cinturón y la sensación de eterno déjà vu.

Hubo también un viaje al pasado, éste más vigorizante, y fue la sesión del británico Andy C en el SonarLab. El jefe del sello RAM se puso literalmente a desencajar mandíbulas con una espídica sesión de breaks, jungle y drum & bass, apelando al hooliganismo raver más primario y al ejercicio de masticar pastillas de éxtasis como si fueran ositos de goma. Firmó uno de los puntos de energía más elevados de la noche. Hubo espacio para un par de sesiones interesantes más. La primera fue la de Disclosure, que ofrecieron un set muy accesible y espumoso. Alejados ya de los códigos 2step con los que se dieron a conocer, ahora abrazan sin tapujos el house poliforme y colorista. Su sesión fue simpática pero no especialmente relevante, eso sí, se agradeció un poco de melodía y brillo a esas horas de la noche. Cerraron su set con material propio: Help Me Lose My Mind y el remix de Flume de su You & Me. Y se llevaron la ovación. La otra sesión destacada la firmó Daniel Avery en SonarPub, el gran protegido de Erol Alkan en su sello Phantasy Sound, y probablemente uno de los mejores DJs de los últimos años. Centró su discurso entre el techno mental y el trance de sintetizadores dorados, cediendo el protagonismo, no tanto a la fiereza de los bombos, sino a las armonías y a las líneas sintéticas. Recuerden: si hay melodía hay emoción. Y esa máxima la cumplió Avery, ofreciendo el mejor set de la noche. Lo sentimos Dj Koze, no se puede ganar siempre.

Bonus Track: Este cronista también tuvo la oportunidad de asistir al concierto de clausura del Sónar Festival la jornada del domingo en el Teatre Grec. El protagonista: Matthew Herbert, un viejo conocido del festival, el cual vino a presentar su último y ambicioso proyecto, The State Between Us, un álbum de 16 temas que viene a ser como un musical reivindicativo contra el Brexit. El artista salió a escena acompañado de la Brexit Big Band, una formación clásica de big band de jazz (con gran presencia de vientos de metal), que contó además con el Cor Pilot de l'Esmuc, formado por 50 voces. Se trata de otro proyecto atípico del productor inglés, pero más convencional de lo que cabría esperar, porque el disco, a pesar de que cuenta con diferentes grabaciones de campo que sintetizan la english life (el desguace de un Ford Fiesta, un desayuno inglés, la demolición de una fábrica, un nadador cruzando el Canal de la Mancha...), es un trabajo a camino entre el musical de Broadway, el jazz de los 50s y la música de cabaret, con gran predominancia vocal y arreglos de viento. La experimentación clásica de Herbert vino a partir de recursos interactivos: percusiones a partir de rasgar ejemplares del Daily Mail, grabaciones y manipulación en directo de cánticos del público, y lluvia de aviones de papel con mensajes escritos por la audiencia. Un ejercicio reivindicativo interesante y que sirve para volver a ver la obra de Herbert desde otro prisma: además de excelente creador, gran detector de conceptos para desarrollar sus obras. Y dijo algo precioso: "Seguramente no sería el artista que soy, si no fuera por el Sónar". Tienes razón Matthew, seguramente, nosotros tampoco seríamos los mismos.

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