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Crónica: Sónar 2019 - Sónar de Día

Escrito por Bruno Garca | Fotos de Sónar Festival | Publicado el 22.07.2019

Arrancó la edición más atípica de las que he vivido de Sónar hasta la fecha –y os aseguro van un buen puñado, que ni dos manos sostendrían- con rayos, truenos, centellas, paella valenciana convertida en fideuá y una lección-charla con Robert del Naja (uno de los patrones de Massive Attack) y Andrew Melchior (Chief Technology Officer de la banda). Ni el tormentón de última hora enviado por un bullanguero Zeus, ni las amenazas, mejor dicho huelga pocos días antes de los ‘curris’ (como los Fraguels quedan ya muy lejos, hoy en día les llamaremos ‘riggers’; los montadores de todo el tinglao, estructuras y escenarios en Fira Barcelona Montjuïc), ni la caída a última hora por su detención en Suecia de uno de los cabezas de cartel (A$AP Rocky), que por supuesto tampoco eso que hace un año nos puso los ojos como platos por la incredulidad, esto es, el cambio de fecha del festival del habitual junio a julio. Pues nada de esto, NADA, ha sido capaz de parar a los organizadores de una cita anual ineludible para los amantes de la música contemporánea (en su mayoría electrónica y urbana), la creatividad, la tecnología… y por qué no decirlo también por lo observado una y otra vez: del postureo para redes, de festivaleros a cual más peculiar y del baile sudado a conciencia.

Miércoles 17

El miércoles se ha convertido ya en el día comodín para acreditados ávidos de hacer networking. Negociaciones, charlas, bichear sin prisas la feria del Sónar+D, asistir a multitud de actividades desde temprano por la mañana… que también para coronar la jornada distendidamente zampando una buena cena, y una birrita fresca. Todo siempre haciendo piña, como debe ser. Así ha sido una vez más y, aparcando esa puñetera tormenta ya a un lado, con un personaje de excepción dando el gran chupinazo: Robert del Naja, de los irrepetibles Massive Attack. Él –que se prodiga bien poco en esto de dar la cara hablando ante el público- junto a Andrew Melchior y moderados por el músico y escritor Peter Kirn (CDM), ofrecieron una charla en el Complex sobre como conectan música y tecnología. Una a tramos distendida, otros algo complicados de seguir con avidez. En lo personal me fascinó cuando Robert hablaba de sus primeros escarceos con máquinas para samplear con la mente puesta en el hip hop. Desde luego era un adicto de chaval a aquel estilo que como él mismo dice ‘poco tiene que ver con lo que se ha convertido ahora, un fenómeno puramente pop’. Obviamente antenillas levantadas cuando se hablaba de Mezzanine y su segunda juventud (la app). De cómo tramaban esos visuales de los directos de la banda plagados de infos a tiempo real, datos, etc. La pasión que ambos sienten por la distopía narrativa, la inteligencia artificial o cuando se afirmaba que los artistas de hoy en día se están volviendo cada vez más excéntricos, y que esto precisamente hace que destaquen. No me preguntéis de lo que esgrimieron sobre la secuenciación de ADN sintético, porque mi mente cayó de un plomazo. A la hora exacta culete para el patio, que tocaba paella, y encuentros destensados con la música de fondo de dos artistas de excepción: nuestra querida Cora Novoa y Alvva.

Jueves 18

Lo del diluvio del día anterior, un espejismo. Arrancó oficialmente Sónar de Día con esa calima que se espera de un mes de jun… perdón, julio. La primera parada, obligada. Nada más bajar la rampa de entrada: el escenario con más “día”, el SónarVillage donde estaban actuando Dengue Dengue Dengue. El dúo peruano de electrónica, bass y sonidos tradicionales formado por Rafael Pereira y Felipe Salmón, con un set híbrido con laptops, pedales de efectos, que también acompañados por dos percusionistas, plagado de momentos realmente viajeros y deliciosos. Pero tocaba empezar a dar saltos de escenario en escenario, así que nuestro próximo alto fue la tejana Lotic (J'Kerian Morgan) quien presentaba Endless Power en el SónarHall. Un espectáculo que precisamente se estrenaba en España. Particularmente su propuesta bailando, “cantando”, mientras le volaban las melenas como si fuese la enfurecida Tormenta de los X-Men, no me convenció. Tanto bailecito y parones como el momento ‘perdonad, pero se me han enredado los dedos’ con el cambio de vestuario. Me esperaba bastante más de su particular trajín con la ambigüedad, la mutabilidad y por su puesto su denominado ‘grime arty’. Quería descubrir su aclamado LP Power (Tri Angle, 2018) y some new shit como dijo al micro, pero ummm… Todo lo contrario me sucedió con su acompañante sobre el escenario, eso sí, a las sombras, el bueno de Emmanuel Biard. Este maestro de la luz y lo visual que ya había pasado anteriormente por Sónar vistiendo con su magia los conciertos de Evian Christ y Koreless colocó en el centro del escenario una corona reactiva de luz prismática. Y el invento, gustó.

Sí que me convencieron mucho más en el apartado artístico y musical las formas tanto de Sevdaliza como de Catnapp. La iraní-neerlandesa (suena raro esto ¿verdad?) fue todo un torbellino de divinidad y buen gusto. Aún guarda esa energía de cuando era jugadora de basket. Eso, con una dosis doble inyectada de reina persa. Su manera de enfocar el repertorio radif (repertorio tradicional de la música clásica mesopotámica) con r’n’b contemporáneo y arreglos vanguardistas es todo un acierto. Álbumes como Ison o The Calling nos pusieron en alerta no hace mucho tiempo. Interpretó algunas piezas de estos trabajos, sí, aunque cabría destacar la puesta en escena de nuevas canciones como Darkest Hour o Martyr. En formato de tres (iba acompañada de violonchelista y batería) nos descubrió y colmó el espacio con su versatilidad y sobrado poderío vocal, que también con modelitos imposibles y alguna danza como poco, endiosada y seductora. Menudos movimientos. Menuda mujer. Fue en el SónarXS donde tuve la oportunidad de descubrir a Catnapp . No es precisamente el escenario por donde más me prodigo, pero en esta ocasión fue culpable de dos grandes descubrimientos. El de esta argentina de armas tomar el primero de ellos. Con una pista a rebosar, fantástica sintonía con el público, me hizo vivir uno de los mejores shows presenciados en este no hace mucho estrenado nuevo rincón de Sónar de Día. Uno donde por cierto ha mejorado bastante el sonido. Ahora me explico porque los nada bobalicones Modeselektor la ficharon para Monkeytown Records, ahí ha publicado trabajos como Fear, No Cover o Break, álbum de siete cortes lanzado este mismo año. Dureza consentida y bien llevada rebosa en su directo. Un live de músculo, rabia y batalla. Ya me la veo próximamente en la versión nocturna de este mismo festival. Lástima (y esto igual debería escribirlo con mayúsculas) como me chafaron el momento los empedernidos fumadores que tenía alrededor contando que estábamos en recinto cerrado –de esos que tienen serios problemas con el tabaco y el respeto- así como el brusco corte con el que finiquitó su actuación… ¿qué pasó ahí? Ni ella se lo esperó, en un tono algo sorprendido, pero frustrada dijo “bueno, lo siento, nos echan”. Y amigos, creo que sonaba precisamente The Mover, un temarraco con estructura urbanita y rave. La otra sorpresa en este mismo escenario fue Afrodeutsche. Me incorporé tarde y no la pude degustar todo lo que me hubiese gustado. Deseando estoy que regrese por Barcelona. Su propuesta, de la que ya ha rendido cuentas el sello Skam, está llena de eclecticismo moderno, magnetismo y buenas formas. ¡Potencial ahí estás!

Arca

Y ahora le abro la puerta a los contrastes: Fennesz versus Arca. Guste más o guste menos Sónar siempre ha sido un encuentro de antagonismos que acaban por juntarse. Este ‘versus’ sería un excelente ejemplo. Por un lado la quintaesencia del sonido ambient. Soberbio, hermoso, vanguardista y por momentos ensordecedor… obviamente me refiero al austriaco Christian Fennesz, quien presentó su nuevo disco Agora en el SónarComplex acompañado de la propuesta visual de Lillevan, ex miembro de la banda austríaca Rechenzentrum. Sobrecogedor y disfrutable de principio a fin. Por el otro la artista, cantante, DJ, performer y compositora Arca quien se ha convertido en un controvertido y auténtico fenómeno de masas. En su caso presentando Sal de mi cuerpo, un show teatral de no menos de 90 minutos un tanto radical inspirado en el vodevil y concebido en exclusiva para esta edición de Sónar. Dicho espectáculo arrancó con retraso (unos veinte minutos) y sumando una cola deforme de personas intentando acceder en el SónarHall. De hecho cuando nos dejaron pasar mucha gente se quedó fuera, eso que el espacio estaba a poco más de medio aforo. Razones, pues la primera por seguridad teniendo en cuenta la puesta en escena. Arca se movió de arriba-abajo por todo el pabellón por hasta tres pasarelas construidas exclusivamente para ella (unos árboles artificiales y su bizarro cuerpo de bailarines; demonio petado de músculos en el top nº1), varios cañones de luz, etc. Llegó incluso a tenderse sobre un ‘croma’ donde la mesa de mezclas central (a un metro de donde yo estaba), lugar en el que también estaba situado su pareja y artista visual Carlos Saez, realizando con solvencia su trabajo manipulando a tiempo real texturas, cables, jabones, sprays, silicona, masillas… sobre una cubeta de metacrilato. No es que haya inventado la pólvora con olor a frambuesa, pero bien en su oficio. Sobre la música de Arca, creo que no estuvo a la altura de su sorprendente carta de presentación en 2017. Incluyó material de su nuevo disco, pero faltó nervio. Cuando ‘guarrea’ con la electrónica es, al menos para mí, cuando demuestra cosas. Por lo demás: una diva del Siglo XXI al desnudo o presumiendo de vestuarios lascivos y un cúmulo de instantes insólitos para deleite o desconcierto del público. Ese momento ‘soy la lechera, quien quiere mi leche’… en fin jajaja

El colofón a la primera jornada lo puso Daphni aka Caribou aka Manitoba con un DJ set de un par de horas. El canadiense abrió con el Backlash de Wehbba, aunque luego se fue decantando por esos géneros que tanto le apasionan como el house o techno de corte clásico (Logic 1000, Floorplan), el sonido disco-soul (The Invitations, Thelma Houston, Jo Tongo e incluso ese fantástico Chelsea Rogers de Prince) y un sinfín de pinceladas más, como las africanas (Kamazu, D.O. Misiani) o el hindi más excéntrico, como por ejemplo ese remix tan resultón del Saat Samundar Paar donde parece además que han sampleado a The Pet Shop Boys en It’s a Sin. Tampoco faltó más material ‘actual’ como Daniele Papini e incluso de Holden. Con su set no paramos de bailar. Resultó didáctico, atrevido, con variantes no fáciles de mezclar siempre… de lo más entretenido.

Viernes 19

Arrancó la jornada del viernes con triple ración de lazos cercanos. Los directos de Mans O, Ylia y Los Voluble. No en ese orden precisamente, ya que los primeros en asaltar un escenario fueron los Hermanos Jiménez –Los Voluble- quienes volvieron a deleitar al respetable sentado y no tan sentado en el SónarComplex. Pocas veces pasa, pero de vez en cuando esta sala donde bien me sentaría a ver una maratón con toda la saga de Alien si me diesen la oportunidad, se pierde un poco los papeles y el respetable lo disfruta tanto que le cuesta mantener el trasero en la butaca. Ocurrió con Francesco Tristano hace unos años, y volvió a suceder este mediodía gracias a ese gazpacho tanto musical -plagado de beats que van desde el drum’n’bass, al dub, o hasta reggaetón- como visual con mogollón de retintín, pellizcos y juegos de palabras. Los andaluces son chalaos de laboratorio. Reinterpretan y revolucionan todo lo que tocan. En este caso venían presentando su show Flamenco is not a crime. En él se apropian con suma destreza del flamenco, de su historia, para agitarlo con un discurso comprometido. Un sinfín de guiños de la actualidad político-social. Los Coldcut andaluces nos sacudieron esta vez con imágenes de sucesos o personajes que están en primera plana como Inés Arrimadas, otros que aunque aparcados siguen vigente por su espantoso ridículo (Mariano Rajoy), así como también dejando huella La Manada o como no, la posición del independentismo catalán. Tanto tamiz no paraba de conseguir reacciones entre los asistentes, y si a eso encima le sumamos el arte de estos señores, un espíritu revoltoso y el poderío de sus collages y beats electrónicos… ¿Para qué quedarnos sentaos? Todos tenemos nuestros derechos. Free party is not a crime!

Al bueno de Mans O no pude catarlo esta vez. Pero si a una artista que me ha fascinado desde siempre. Lleva haciéndome cosquillas algo más de un par de décadas. Me refiero a Ylia . Susana Hernández tomó puntual el escenario de SónarDôme para presentarnos en directo algunas de sus últimas composiciones. Incluyendo piezas aún inéditas. Lo primero que hizo fue introducirnos por senderos dub para de repente seducirnos con un exquisito nivel de electrónica esencial. Analógica y visceral. Desconozco el segundo track que disparó, pero me pareció asombroso. En mis oídos y en mi mente algo de kosmiche musik. Poco a poco nos fue revelando sus secretos, y lo hizo con certeras pinceladas techno. Unas veces hermanadas con el acid, otras con escenas de ciencia ficción. En una ocasión humeantes y con trazos orientales. Me vino a la mente una película estrenada en 1982 ¿te imaginas cuál? Lo de Ylia es de otro planeta. Lástima que a veces hasta los astros se alinean mal unos segundos y nos hacen la puñeta. A ella le ocurrió al colapsar bruscamente su portátil precisamente al cuarto bombo de un tema que pasados unos minutos retomó. Como una campeona en apuros reaccionó interpretando con una de sus máquinas otro corte no menos bailable, hasta que por fin ese cerebro tecnológico principal resucitó. Los grandes se curten a base de vivencias como esta.


Más puntos de interés nos esperaban en este segundo envite diurno: Holly Herndon presentando PROTO, el regreso del héroe nipón Dj Krush , la corriente galvánica de Lorenzo Senni y la británica Maya Jane Coles introduciéndonos en su particular Nocturnal Sunshine. Menudo deleite visual y desfile de vocales con la primera. Avant-garde score en un show híbrido donde la artista todoterreno se ayuda de Spawn, una máquina que manipula y genera pesadillas. Jerarquía experimental y una perfeccionista lección de Inteligencia Artificial (AI) y sonidos vanguardistas en ocasiones extrañamente hermosos. Otro que me hizo disfrutar a lo grande fue el italiano Lorenzo Senni junto a su banda Stargate. En esta, destaca una barbaridad Eddy Current, a todas luces el guitarrista melenudo. Menudos punteos se marcó este hombre. No recuerdo, jamás, haber escuchado un rosario de notas de guitarras tan rock-heavylongas en Sónar. Y oigan, buenísimas al conectar a las mil maravillas con el desmelene dark rave, analógico, modular y psicodélico que plantearon durante un concierto lleno de canciones de largo recorrido. Batallando e imantando al personal con composiciones circulares donde tampoco faltaron instantes de blues rock. Un poco Moby pero con más mala baba. “Me gusta la mezcla que hacen estos chicos”, decía una joven que tenía a mi derecha. Y no le iban a gustar, si lo estaban bordando.

Salido del trance me presente en las mismísimas narices de Dj Krush . Suyos eran los platos –para dar más detalles: los archiconocidos Technics SL-1200 con la “cápsula gorda” y alienados vinilos rojos vigilados de cerca por Serato- del SónarVillage aprovechando que por fin la condena del sol iba poco a poco menguando. Su hora y media de discurso fluctuó entre sus celebrados beats abstractos, vaporosos y hip hoperos de siempre. Por los que está claro es y será siempre recordado. Pinchó por ejemplo proverbios propios (ロムロムの滝 junto a OMSB por ejemplo), así como música ajena teñida de whale step, bass insolente, dub e incluso trap. Sonaron artistas como Chee, Cvpellv, Peet, Crimes! o Ivy Lab. Como se podía esperar brilló con su despliegue de turntablism. Scratchings, balance rápido de fades, beat juggling y retazos muy efectistas que mandaba desde su mesa Vestax. Han pasado los años, pero en este sentido sigue firme y sobrado.

Voy con las decepciones personales de la jornada: Maya Jane Coles y Virgen María . No tengo nada, absolutamente nada que reprochar a la música de la londinense. Me encanta como encara el eclecticismo electrónico. Especialmente cuando se trata de ritmos rotos. Cuando hila drum’n’bass bajado de tempo, lo hace genial. Piezas suyas como U&ME son gemas para estos oídos. Y la verdad que percibía como un puntazo enorme comenzar a descubrir gracias a Sónar su nuevo disco con el seudónimo Nocturnal Sunshine que sale antes de acabar este 2019… pero de su anunciado como ‘live’ me esperaba mucho más. No a ella mezclando con CDJs –y poco más- los temas uno tras otro. Vale, eso y unos visuales bastante normalitos. Me fui con la sensación de que fue todo un detalle inmortalizarnos, descubrirnos algo que aún no ha salido, pero que aún no tiene listo realmente para defender en directo. Con el tiempo seguro que sí, y ahí me tendrá de nuevo. Porque esta mujer me apasiona. Me encantaría decir lo mismo de Virgen María, pero no me sale. Mucha era la curiosidad que me invadía para por fin ver sobre las tablas a la irreverente hija de Verónica Forqué. Pero su ensalzado carisma y radicalidad se me quedó en un quiero y no puedo. Al menos, por lo que percibí en su show dado en el SónarXS. Vale que está muy bien poner patas arriba al personal con trompazos maquinetas a medio camino entre el parking de la valenciana Spook, o una nave industrial-ravera-hardcore del Rotterdam de los 90. Me gusta que lance caña y que su universo musical sea el que le dé la gana. Una lástima, porque su propuesta escénica –al menos esta vez- no me tocó ninguna glándula positiva más. Se despertó con pereza, luego demasiado rato hierática, sentada con una corona de leds haciendo los cuernos con una mano mientras con la otra sostenía el micro. Su pool dance que no alcanzaba nunca a desarrollar… Esta vez no la van a censurar. No sé, he seguido vídeos y propuestas suyas que me llamaron poderosamente la atención. Pero en mi primera oportunidad de verla en directo me pasó como con esa cerveza que se recalienta, no me la llegué a acabar.

Sábado 20

Bendita la jornada del sábado en Sónar de Día. Mereció la pena reservar fuerzas y el semi-madrugón. Mejor dicho no enredarme de noche hasta las tantas. Mis pies se dirigieron primeramente hacia el SónarHall donde pasadas las dos del mediodía arrancaba el directo de Territoire. Este proyecto itinerante liderado por el galardonado con un Goya Olivier Arson me cautivó a las primeras de cambio. Vinieron para presentar el LP Alix –publicado el año pasado por Humo y coproducido por Óscar Mulero- y lo bordaron. Buenas dosis de electrónica cinemática en constante tensión y evolución. Acertando en todo momento con las capas, el valor de los sub graves así como una encomiable sintonía entre síntesis y experimentación acústica, la que sobretodo generaba el batería trasteando ya no solo con su set de percusión, sino también con cadenas e incluso un pequeño pico con el que creó extrañas texturas metálicas. Menudo colapso technoide se marcaron en el tramo final. Lástima que el recinto estuviese desangelado, más de lo que sin duda alguna se merecen.

Y vaya, del infierno al cielo en cuestión de minutos. Lo agreste y tenebroso mutó en hermosas sensaciones y puro colorido con el show Piano AV Live de la aclamada estadounidense Kelly Moran. En su caso, un discarral que mostrarnos en directo: Ultraviolet, publicado por Warp. La de Brooklyn nos desempaquetó con fascinante soltura su virtuosismo al piano. Un Yamaha levemente modificado que se iba debatiendo entre soniquetes de pianola y clavicordio. Melodías y cuerdas percutidas que sonaron como besos para nuestros oídos. Los del público, esta vez con un respeto absoluto, congregados en el SónarComplex. Repartiendo emoción como una barquillera lo haría dentro de un bonito sueño. Es una delicia como desliza su música a través de composiciones de índole vanguardista, minimalista, que también sensibloide. Para colmo interpretaciones muy bien acopladas con visuales plagados del lado más microscópico de la naturaleza y momentos acuáticos que dejaban muy pillado. Sobre todo cuando desde la profundidad del agua penetrada por la luz negra los sentidos se debatían con extraños elementos fosforescentes. Uf, fue salir y darnos de bruces con su antítesis. La brasileña Lyzza y su endemoniada tralla.

Tras recargar combustible intenté aterrizar en el final de Nicola Cruz . Pero esta vez el recinto –el SónarHall- estaba a rebosar de público. Imposible entrar. Sí que una hora más tarde (esta vez con los deberes hechos y en primera fila, pegado a la valla como un campeón) decidí ver el espectáculo propuesto por Actress . Desde el principio. Bien hecho, gracias a esa decisión logré dejarme llevar y finalmente imbuirme en el concepto -sobretodo visual- expuesto por Darren Cunningham y su alías basado en la inteligencia artificial denominado Young Paint. Fuimos todos asimilando poco a poco ese alter ego digital o ‘segundo yo’ generado y articulado por un avanzado programa de aprendizaje informático. Un proceso bidireccional que emula los potenciales de su creatividad, dotando de vida a su propio sonido y lo que es más interesante en este caso, transformando al hombre detrás de ese cigarrillo que no soltaba ni a la de tres, los botones y las máquinas, en un ser paralelo unas veces cromado como el mercurio, otras como personaje sombreado por una viñeta de cómic underground. Cuesta al principio, comienza flemático, pero poco a poco uno se va uno enganchando con la historia, con el desarrollo de ese personaje que le dobla sobre un pantalón partido en dos. Su desdoble se remueve en la cama al no poder conciliar el sueño, luego se levanta para componer música en el mismo escritorio de su cuarto… para poco a poco ir desvariando y acabar escapando de esos 5 m² de habitación para ponerse a bailar como un condenado. La narrativa musical por supuesto en consonancia. Desde un extraño blues sintético y alicaído complicado de asumir, hasta techno o house dub de raigón contestatario, crítico y experimental. Algo distinto y disfrutable si te acabas contagiando de la ficción. Al principio tenía mis dudas, pero el concepto acabó poniéndome palote.

Sónar

Y con permiso del jefazo Theo Parrish , a quien por supuesto visité un par de ocasiones para descubrir cómo sigue siendo un apasionado de los sets con recorrido -3 horas tuvo el de D.C., pero consagrado sobre todo por su aportación y presencia en Detroit-, sesiones a los platos que son verdaderos pictogramas de jazz house, disco funk, ghetto techno, temas propios como el Synthetic Flemm e incluso salsa neoyorquina ¡soltó ese mítico Los Mareados interpretado por Ray Barretto!… me dejé ‘flotar’ por la magia audio-visual del irlandés Max Cooper . Desde hace un lustro, y gracias a álbumes como Human, Emergence o One Hundred Billion Sparks uno de mis artistas de electrónica preferidos. Y se lució. Desplegó durante hora y media su inteligentísima música –en su versión más bailable- arropado por unos visuales no menos finos. Lo suyo, bien planchando vinilos como defendiendo su material en directo, una auténtica exhibición de ilusionismo y buen rollismo. Original y cuidadoso en la formas, pero sin cortarse un pelo en ese eclecticismo electrónico que porta por bandera. En este caso las melodías y cientos de elementos volátiles que envuelven sus temas discurrieron –repito, en una versión más dinámica de lo habitual- entre IDM, Witch house, techno contagioso e inclusive algo hermanado con el Balearic y como no, mutando a drum’n’bass que es como finiquitó por todo lo alto su repertorio. Otro de los grandes momentos del sábado en su formato diurno.

Sin embargo el cierre del Sónar de Día 2019 iba a estar en manos de otro británico –este con ascendencia turca y mucho más desafiante haciendo pequeñas las barreras que puedan existir entre electro, rock, techno modular, UK rave, EBM, beats noventeros y el mismísimo demonio- ¡nada menos que Erol Alkan ! Su set de dos horas fue de lo más pendenciero. Frenético y certero. Tanto en los discos que nos disparaba como por sus mezclas dinámicas y seguras. Suya fue la guinda perfecta para una ‘room abierta’ y hasta las trancas en ese momento como la del SónarVillage. Bombardeó a base de 4/4 generosos, estimulantes y como decía, con mezclas muy bien resueltas. Fue todo un acierto tenerlo ahí dándonos los últimos empujones. No faltaron a este gaudeamus de ritmos, electro y jolgorio analógico temarracos como el Spectrum (Matrixxman Highway Remix) o todo un clasicote de la factoría R&S Records: el siempre inflamable Vamp de Outlander. Bailé y me divertí tanto con el de Phantasy que acabé como una algofifa después de diez fregaos…

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