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Crónica: L.E.V. 2019

Escrito por Xavier Puig | Fotos de Elena De La Puente | Publicado el 10.05.2019

Crónica L.E.V. 2019

Hacía 8 años que uno no pisaba Gijón, y más concretamente, el L.E.V o Laboratorio de Electrónica Visual. A estas alturas, todo fan de la electrónica, las artes visuales, y las cosas bien hechas, ya conoce el festival, y si no, tiene un grave problema. O le falta el remedio. Porque el LEV es pura medicina para el alma.

Como ya sabe todo el que ha asistido, éste festival es amor puro, un hecho más que constatado durante los cuatro días que duró el evento. La organización se encarga de todo para que el asistente tenga el máximo confort durante su estancia. Parece lo normal, pero no lo es, ya que como ya hemos visto, los empresarios de la noche pueden cortarte el agua de los baños para que compres botellas de agua, no devolverte la calderilla en la pulsera, o incluso dejarte morir atrapado en un túnel. El LEV, digamos, por ser un festival organizado desde dentro de la escena, siempre ha sido considerado el Hamlin & McGill de los festivales, pero en vez de proteger a viejecitas en un asilo, lo hace con nuestra comunidad de fiesteros culturetas, lo tenga en bandeja para un fin de semana perfecto.

El L.E.V, cómo Gijón, cuenta con un entorno privilegiado, una gente estupenda, y una gastronomía envidiable, sino que te localizan conciertos en un jardín atlántico o en un museo, o te dan bebidas a precios económicos, y con una cerveza edición especial hecha para el festival. Un festival hecho por gente que ama la cultura para gente ídem. Sin atender a intereses terciarios, sin buitres, sin políticos, sin carroñeros y sin mala gente en la ecuación. Un festival que sube tu serotonina como una pastilla, pero sin sintéticos, todo natural y bello, como sus actuaciones y organización inmaculada, y cuyo efecto dura años. En mi caso había durado ocho. Y no volverá a pasar tanto tiempo, eso lo puedo asegurar.


Jueves

Mathilde Lavenne - Tropics

La artista francesa, ganadora de múltiples premios con esta película, nos regaló una video-instalación cuya protagonista eran los lugares, entornos y descendientes de una colonia agricultural francesa que se instaló en la selva mejicana en Jicaltepec, Veracruz. La instalación se basó en renderings 3D de paisajes selváticos, antiguas haciendas y granjas locales, mientras personajes locales narraban historias sobre sus antepasados emigrados, salpicados por recuerdos, tragedias, y otras vivencias locales. El todo logró producir un un miasma de sensaciones hipnagógicas y hauntológicas a través de la bella y fría representación de un fantasma digitalizado: un lugar remoto, un instante preciso y el todo detenido en el tiempo. Una sensación de perdición y lejanía acentuado por el riguroso blanco y negro y los intermitentes glitches de la instalación, cuyos sutiles drones y grabaciones de campo de la naturaleza, risas, lluvia, diálogos, o sonidos de gente trabajando, te permitían entrar en ese momento ya pasado, ya muerto por doquier salvo en ese almacenamiento digital que podíamos revisionar. Un poco como entrar en el realismo mágico de cien años de soledad de García Márquez pero visto en el año 2340 y desde una nave espacial conectada a Matrix.

Melting Memories

Refik Anadol - Engram: Data Sculpture for Melting Memories

El hombre con nombre de medicamento turco y de origen ídem, se hizo con la iglesia capilla de la Laboral con su impresionante instalación. Una escultura-cuadro digital de estructuras moldeables y reactivas que iban moviéndose al son de una música ambient-digital, de corte sinfónico celestial y entrelazado con sonidos aéreos. Este tipo de instalaciones funciona especialmente bien como hoguera milenaria: un lugar en el que posar tus ojos y no pensar durante un rato, una inmersión en las llamas y sus crepitaciones, aunque en este caso fueran formas líquidas, gaseosas, digitales, blancas, azules, que morfaban en nubes fractales, grietas de glaciar, o chiclosas sustancias. La instalación de Anadol “recoge datos de los mecanismos neurológicos de control cognitivo a partir de un electroencefalograma que mide los cambios según la actividad de ondas cerebrales, y ofrece pruebas de cómo funciona el cerebro con el tiempo. Estos datos constituyen los bloques de construcción de los distintos algoritmos que el artista necesita para mostrar las estructuras visuales multidimensionales.” Como decía el texto del LEV, La instalación era espectacularmente bella y relajante, y recordaba lejanamente a Weightless de Marconi Union, una pieza creada por el grupo junto a científicos para reducir la ansiedad. A uno le encantan estas cosas ya que son sensorialmente muy impactantes, pero no dejan de parecerme una especie de programa reactivo al estilo windows media player pero en caro y enorme. Eso sí, si pudiese haberme llevado la pieza a casa para tenerla en el salón, no lo habría dudado ni un instante.

Viernes

Schnitt + Gianluca Sibaldi

Decía el cartel del LEV que "El dúo Schnitt (Marco Monfardini y Amelie Duchow) regresan al L.E.V., acompañados por Gianluca Sibaldi, para ofrecer el estreno mundial de ScanAudience, una performance que plantea el escaneo del público en tiempo real como fuente de trabajo". Desde luego su set fue eso exactamente: frenéticos flashazos blancos, negros y rojos, líneas rectas avanzando mecánicamente con percusiones digitales epilépticas e impactantes à la Raster Noton o Ryoji Ikeda. Todo muy técnico y preciso, como una sucesión de análisis de big data vía fotos pixeladas del público y manipuladas por escáneres, renderings y patterns de gráficos dignos de una descodificación del canal+. Como si un robot estuviese deshumanizando al público para encontrar maneras más optimizadas de sustituirlo. Solo queda esperar que esta distopía robótica post-meta-kraftwerkiana de sustituir hasta el público, no suceda demasiado pronto.

Myriam Bleau - Ballistics

Pantallas en negro, “apaguen los teléfonos” y enseguida nos bombardean de humo. Con este percal, ya estábamos dispuestos a ver el capítulo 3 de la última de Juego de Tronos, pero no. La performance de la canadiense se basó en tres luces-bombillas pendulares y oscilantes en un escenario oscuro que pretendían ejemplificar una metáfora de estar perdido, de una nave matrixiana, aunque recordó más a un botafumeiro futurista jugando a tinieblas. El todo sobre un colchón de sintes digitales ásperos, electrónica glitches percusivos o arpegios que recordaban a la etapa morada de Joker. Esta oscuridad con las tres luces cobraba vida cuando un haz de luz horizontal de tonos bladerunnerianos (morados, lilas y naranjas sepia) atravesaban la pantalla. El todo me pareció muy efectista pero carente de narrativa, y con diez minutos me habría bastado (parezco el puto Boyero). El chiste más contado fue “cuantas Myriam Bleau hacen falta para desenroscar una bombilla en el Teatro de La Laboral”.

Elias Merino & Tadej Droljc

A Merino uno le seguía uno la pista desde su release en la maravillosa plataforma Audioatalaia, pero de eso hacía un huevo y medio. A mi gusto, fue de las mejores actuaciones del festival. Muchas veces estas instalaciones o directos no tienen una narrativa clara, o van a la experimentación por la experimentación, que está muy bien, pero no sale de la experiencia, no te llevas nada a casa, ni atesoras nada más allá de una sensación. Ésta pareja jugó a ser dios a partir de reimaginar la creación de un universo sobre un lienzo negro a base de disonancias a lo Ligeti, paisajes sonoros áridos, bofetadas de diseño sonoro generado de algoritmos en sistemas modulares de Serge y EMS Buchla, y síntesis geométrica 3D. Digo que jugaron a ser dios porque la obra fue un Guerra y Paz. Silencios de calma chicha, con locuras sonoras que harían cambiar de profesión a The Haxan Cloak. Un miasma de sensaciones contradictoriamente complementarias, con visuales de formas geológicas que se disuelven en estados gaseosos, calma y chicha multiespásmica. Jugaron con el tiempo como dios: momentos en los que el tiempo pasaba lentamente, contrapuestos con chorros sonoro-visuales. Hubo creación de ríos, magmas digitales y su superposición con geometrías naturales, todo inmerso en la oscuridad inabarcable del infinito. En resumen, lo suyo fue una música e imágenes cuánticas, tan científicamente plausibles pero sin embargo tan indescriptibles que solo pueden explicarse con religión. Fuera lo que fuera, uno creyó.

Lanark Artefax

El Glaswegiano era uno de los platos fuertes del festival, aupado por la crítica como el regenerador de la IDM noventera, pinchado por AFX, remezclador de Björk -síntoma de que eres cuanto menos interesante-. El suyo fue el mayor despliegue técnico del festival, si no uno de ellos. Un portal que se iluminaba y proyectaba visuales, incontables palos de strobos, humo, proyecciones y una retahíla de pirotecnias varias. La mitad del show desgraciadamente fue solo eso: pirotecnia de flickers y piruetas sonoras a base de LFOs locas y glitches ultrawarpeados como si de un circo de la epilepsia se tratase. Un jugar a intentar sobrepasar a AFX, a rizar el rizo sonoro-visual, tan maximalista e impresionante como innecesario, y violento para el espectador. Sobre la mitad del set empezó a desfragmentar y reconstruir sus ya clásicas melodías Whities, tiró por un footwork à la Kuedo o The Host, y empezó a jugar al lasertag con síntesis FM ochentera o ramalazos hardcore-jungleros neo-vanguardistas, y la cosa mejoró de sobremanera. El final fue apoteósico, con lo que pareció una versión del Age Of Love remezclada por Mark Fell y una traca final turbadora de luz cegadora y titilante. Habría acabado con una nota muy alta de no ser por la virulencia innecesaria de los incomprensibles primeros 20 minutos. El ímpetu de la juventud, sin duda alguna.

Bliss Signal

Bliss Signal

Ya en La Nave, Mumdance y Wife parecían haberse puesto de acuerdo con Lanark para seguir con el flicker del infierno. Salvo por una diferencia: ellos supieron desde el principio darle una coherencia al uso de semejante efecto. La escenografía tenía a Wife y su guitarra difuminados por el humo y delante de una torre de amplis a lo Justice, y Mumdance a la derecha con su cacharrada. El directo fue lo que se esperaba y uno de los ganadores del Viernes, quizás por ser la música más innovadora y el concepto sonoro menos trillado del festival, por inclasificable. Si bien en directo los pads vitalistas del álbum se perdían un poco en los muros de sonido doom de la guitarra, el set fue impecable y muy parecido a su primer disco uy único disco: momentos de bellos pasajes ambient para enamorarse de la humanidad cual hippy new-agero, con pasajes gabber evangélicos y pastorales de quién ha visto la luz, pero la luz del Thunderdome o de algún antro de Rotterdam. Bliss Signal es básicamente como arrejuntar el gol de Iniesta con la patada de De Jong a Xabi Alonso, y en el LEV su señal fue sin duda la bendición.

Overmono

Los hermanos Russell se portaron muy bien y aportaron algo que ya le hacía falta al festival a aquella altura: ritmos de baile que sean sencillos y amables. Atrás quedaron los flashazos, los flickers, los arrebatos digitales, la violencia y la experimentación, para dar paso a la tranquilidad de un buen directo de electrónica de baile, y de baile espiritual. Su propuesta fue perfecta: alternaron una deconstrucción de sus temas para Polykicks y Whities -ricos en breaks y melodías ambient-techno-, con largos intervalos 4x4 que recordaba como si los B12 hubieran sido pasados por el tamiz del garage neoyorquino. Una cosa muy rara, que no fue sino amor hecho pista de baile, que era lo que pedía el cuerpo y el alma.

Hiro Kone

El directo de la neoyorquina fue maravilloso de no ser por lo que pareció un flagrante error de programación. Era imposible que nadie saliera más contento si hubieran cerrado Overmono con su vitalidad de intelligent hardcore refinado. En su lugar, la pobre Hiro tuvo el muerto de empastar su electrónica oscura, lenta y densa con la bella vitalidad propuesta por los anteriores. Su directo recordó a su material para Dais, melodías hipnóticas y sensuales, una música industrial muy femenina y étnica, con pasajes aéreos y preciosos y bombos que hacían temblar hasta la ya tristemente relegada columna del LEV. Desgraciadamente, si bien se disfrutó, el asunto quedó demasiado lento y cadencioso para las casi cinco de la mañana, hora en la que el español pide su ración de guantás que no obtuvo.

Sábado

La edad no perdona, y uno no pudo asistir a los conciertos de la tarde en el museo en pos de vegetar en el hotel, aunque corrió la voz de que Jailed Jamie aka el local Skygaze salió victorioso y casi a hombros y por la puerta grande con su directo de Hardcore-Jungle. La gente disfrutó de los directos sentada en el césped y con un solazo poco gijonés pero muy bienvenido. Para un servidor otra vez será…

Transforma - Manufactory

El colectivo Berlinés hizo precisamente eso: transformar nuestra resaca en sensaciones más aceptables a base de trabajo manual. Sí, digo de trabajo manual, ya que su performance se basó en manipular tamices, hojas, piedras, agua, raíces, palos de madera sobre un fondo de paisajes ambientales diseñados por un tal Apparat, igual les suena. Los siete miembros del colectivo a veces trabajaban lentamente, a veces frenéticamente, pero siempre mecánicamente, dejándonos perdernos en esa cadencia del trabajo, que fue posiblemente el germen de la música en los albores de la humanidad. Hubo momentos un poco histriónicos -ver a alguien ajardinando el escenario es, cuanto menos, curioso- y horticultura de club o aggrodrones fueron símiles que uno no pudo refrenar, pero cuya propuesta calmada y orgánica disfrutó de lo lindo, liberando la tensión resaquil.

Caterina Barbieri

Caterina Barbieri & Ruben Spini

El día anterior, disfrutando de la actuación de Elías Merino se encendieron las luces y vi que la diva de los modulares había estado sentada a mi lado toda la actuación. Mi fanboy interno luchó por salir, pero lo reprimí, no sin bastante esfuerzo. El caso es que tengo un soft-spot por la italiana e iba a ser difícil decepcionarme. Todo lo contrario, sus bellas melodías puntillistas dejaron la ciencia-ficción modular y se fueron a lo orgánico, apoyadas como estaban por los paisajes visuales de Spini, que bien podían ser verdes montañas o paisajes áridos en tonos sepia con un carácter ligeramente distópicos. O bien cámaras atadas a las alas de alguna avioneta o drones, o hélices de aerogeneradores. Hicieron aparición sus fugas modulares, sus arpegios inimitables y en general sus melodías atemporales, efímeras, capaces de quitarle la ansiedad a base de patchear cables, de desactivar bombas. Arte con mayúsculas y tonos puros, sin arabescos ni efectismos. Por momentos recordó a Glass o a Robert Aiki Lowe, e incluso cuando agarró el micro, sus cantos de sirena y capas de evangelismo sonoro pudieron recordar a los pads vocales de Vangelis o a la voz de Lisa Gerrard sobre unos stabs raveros. Pero mayormente recordó, recuerda, ahora y siempre, a la Barbieri, y sólo a ella. Es complicado entender como un aparato tan complejo, frío y robótico como es un modular, en manos de la italiana puede llegar a producir sensaciones tan bellas y sobretodo tan humanas.

Alex Augier & Alba Corral - ex(O)

Lo suyo fue una instalación de pantalla circular en la que se proyectaban visuales que se reflejaban en el teatro, estando los dos artistas dentro de la esfera. Pòr momentos parecía un Alexa con colores rosas chillones o azules intensos,o una especie de torre de babel futurista y alienígena de la que salían formas y colores imposibles. El todo fue muy visualmente impactante, aunque la música, una idm experimental, abstracta y efectista con un estilo muy Lovethechaos o Discontinuu tampoco me impresionó especialmente. Al contrario que las pinturas de Alba, que no son sino una capilla sixtina o un arte rupestre del año 3000. La imagen, al menos a mi parecer, se comió el sonido generativamente y con alevosía en lo que fue un bello set.

Klara Lewis

Otra artista a la que tenía muchas ganas después de gozar mucho de Ett y Too, ambos de Editions Mego y que curiosamente juntos conforman el apellido del futbolista camerunés. En fin, gilipolleces aparte, las ganas que le tenía al directo fueron proporcionales a mi decepción. La sueca se marcó un directo excesivamente lineal y plano, sobretodo para ser la primera artista de La Nave, ya que este era un directo para gozar sentado y a primera hora, no en una pista y con el cansancio acumulado del día anterior. Hubo algún destello de luz en esa densa oscuridad cuando introducía algún sample vocal, pero no llegó a conquistar, probablemente por desubicado. Siempre nos quedarán sus discos.

Robin Fox

Robin Fox

Uno se había guardado alguna sorpresa por descubrir y es que no tenía ni pajolera de lo que hacía este señor. Este hombre cincuentón y muy barbudo, llegó con un set consistente en un láser colocado en mitad del escenario y drones percusivos digitales titilantes, como de escáner de cajera del Lidl o láser de discoteca de Benidorm. La música, una suerte de Ryuji Ikedismo de manual. Empezaba a oler a nimiedad y soserismo manido, y por ello la hostia que nos llevamos fue espectacular. Cuando pasamos del lateral de la pista al riguroso espacio tan buscado por Rivera y Casado estos días -el centro-, la cosa tomó una dimensión de nunca vista. Los láseres se convirtieron en una cúpula, apoyada por visuales aéreas y de humo proyectadas como por dentro de dicha cúpula, y aún sigo sin entender muy bien cómo demonios puede hacerse semejante prodigio técnico. Por momentos el láser dejaba de pintar cúpulas y se convertía en el hermano mayor de los láseres de discoteca, y la música rozando los 170 bpms se combinaba con los millones de colores histriónicos del láser formando una especie de rave organizada por el hermano bakala del agente Smith. Acabó su set con un haz de luz blanco y épico que bien podría haber sido la Bliss Signal referida por el grupo homónimo. Brillante e inesperado.

Gazelle Twin

Lo siento pero no pude. Lo intenté, pero esta escenificación forzada, esa pose exagerada, ese vestido-disfraz pudo conmigo y con mis nervios. A estas alturas uno ya no está para Celebrities, para caricaturas, para merilotismo, y eso fue exactamente lo que la propuesta de la alemana me pareció. Sacó una flauta y por momentos parecía que iba a arrancarse a hacerse un Detweiler. Tocó Hobby Horse e intentó imitar la voz de Yolandi de Die Antwoord vestida con un pijama-homenaje al Sporting de Gijón. Pero no me pidan más, ella hizo todo lo que pudo, no fue ella, fui yo.

Iglooghost y Broken English Club

No pude verlos por cansancio, pero me dijeron estuvieron a la altura, sobretodo el eterno inglés, que al parecer soltó una astracanada industrial digna de las suyas -que raro, ¿verdad?-.

Domingo

Yamila

La española afincada en Bélgica tuvo suerte. El domingo amaneció con un sol espléndido y una moderada brisa atlántica, escenario perfecto para madurar la resaca sentado en las tablas del escenario del botánico. El directo quizás empezó un poco seco, con la artista y su acompañante la pianista Lucía Rey aún frías y desperezándose. En seguida el asunto cambió y el directo tomó los tintes vitalistas de las bellas melodías de On The Road o Just Breathe, intercalados con discursos en contra del sobrepensar, de la ansiedad y en pos de disfrutar del momento y de ser más plantas. El asunto vino al pelo porque más de uno venía del fin de semana sin dormir y en estado vegetativo. Especialmente relevante fue su versión de El Humo, en la que la cantante tiró de bombo a negras sobre las percusiones shackletonianas y las castañuelas reverberadas tocadas por Lucía Rey, obviando la vocal del Niño de Elche. Si a Camarón o a Rosalía asustaban a los puristas del flamenco, esta tonada del tormento gótico-jondo practicada por la pareja los habría hecho correr despavoridos. El todo recordó a la BSO de The Terror y por otros a Björk, Haxan Cloak o a Fever Ray. La voz de Yamila y su cello, por momentos cavernosos y oscuros, y otros celestiales y vitalistas, dejaron momentos de gran belleza y son precisamente estos claroscuros lo que hacen su música especial e interesante, y dejaron a los asistentes la piel, ya no de gallina, sino de cóndor.

Yamila

Oliver Coates

Este inglés de humor fino y socarrón y personalidad afable, tuvo el difícil papel, después de los beats gordos del Antrik de Yamila, de marcarse un directo más ambiental y también con cello, que probablemente habría quedado mejor antes. Sin embargo, y contra los elementos, el inglés también logró conquistar el botánico con un set más barroco de lo que muchos esperábamos. La mayor parte del directo fue sólo su cello aunque en algunos momentos metía algunos drones, glitches, y con un bello momento en el que tapizó el suelo sónico con unos tambourines que parecían de 808 sobre unas melodías clásicas que bien podría haber sonado a una rendición del 4 estaciones de Vivaldi susurrado suavemente al oído por Dj Rashad. El suyo fue un precioso final al L.E.V., o al menos a mi edición, ya que el viaje en coche esperaba, perdiéndome las actuaciones de esa tarde con Irisarri como bandera. Una pena, pero al menos pude recargar las pilas a base de sidra y electrónica de altos vuelos, en éste, el que para servidor es el mejor festival del mundo.

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