Especiales

Crónica: Sónar 2018 - Viernes

Raíces, bombos, divas y alienígenas

Me meto en la instalación Sónar Calling. Un lugar que representa ser el punto base desde donde el festival emite mensajes a La Estrella de Luyten, un exoplaneta a 12,4 años luz de la Tierra, en busca de contacto con vida extraterrestre. Artistas como Alva Noto, Squarepusher y Niño de Elche han enviado música al espacio, para ver si hay una respuesta. En teoría dentro de 25 años deberíamos tener algún feedback. Pero es sólo una suposición. Si realmente hay vida extraterrestre y es más avanzada que la humana, se saltaría todo el protocolo (los 25 años luz y todas esas teorías creadas por simples humanos) y dirían: "Tete, píllate el Ovni, mira el percal que tienen allí hay abajo. ¡Vámonos pal Sónar pero ya!".

Y qué deliciosa fantasía sería ver aterrizar a un par de aliens en medio del Village a plena luz del día: "¿Nos habéis llamao? ¡¿Qué queréis…?!". La gente del Sónar les recibiría entre vítores y aplausos. Y les diríamos: "¡Está to pagao! Porque el Sónar es un festival para compartir y disfrutar. Y aunque en esta edición hayan subido los combinados a 9,5€, los pagas igual. Porque no todos los días vienen aliens al Sónar. Y se les invita, porque en el Sónar no se mira la cartera.

En realidad salgo de Sónar Calling y no veo a extraterrestres. Sólo a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, con todo su séquito (por la noche también fue vista danzando con Harvey) acompañada por los directores del Sónar, que le invitan a visitar el espacio Sónar 360. Es una carpa con forma ovalada en la que se proyectan distintas piezas audiovisuales creadas especialmente para ser reproducidas en ese formato. El público se tumba en el suelo para disfrutar de la experiencia inmersiva… Y el trip está asegurado. Lo de tumbarse a dormir la mona en una carpa ya lo hacía en el FIB del 2001, pero esta propuesta obliga a re-pensar el medio. ¿Y si en el futuro en lugar de ir al cine a ver una pantalla dispuesta en vertical en 2D lo hacemos en una pantalla circular que nos envuelve por completo y en la que podemos ver la historia desde dentro? Para eso también está el Sónar: para invocar a aliens y plantear preguntas.


Sónar360

Salgo al exterior, son las cuatro de la tarde, y ya hay una cola importante para entrar en DESPACIO. No pasa nada, el jueves me dediqué al noble arte del pajareo y a meterme del tirón tres horas allí. Las sensaciones fueron las mismas que en la primera y celebrada edición del 2014. Cruzas a tientas un pasadizo a oscuras, sientes entrar en un "adult playroom", y cuando accedes a ese lugar coronado por una gran bola de espejos, es imposible no rendirse a la calidad del sound system circular de McInctosh. Literalmente se te saltan las lágrimas, porque la experiencia es extremadamente sensorial.

Más de 1500 vinilos dicen que se trajeron los hermanos Dewaele y James Murphy para sus tres jornadas. Todos exquisitamente dispuestos en más de una docena de maletas a sus espaldas. DESPACIO son ellos tres pero se nota cuando los Dewaele se ponen a los mandos. Tienen más oficio moviendo la pista, son los que consiguen los momentos más lúcidos y vibrantes de la sesión y los que imprimen el nervio. James Murphy ha mejorado mucho a lo largo de los años como DJ, y tiene muy buen gusto, pero se nota cuando introduce sus temas porque baja la intensidad de la pista o mete volantazos en el set. Ir a una sesión de DESPACIO también implica escuchar los temas empapados en delay. Desconozco qué mixer y efectos utilizan, pero sin duda son también elementos clave en la ecuación. Es algo muy significativo porque en las mezclas de DESPACIO los temas, más que mezclarse, 'se funden', y eso aporta una dinámica especial en la sesión. Hay ya algunos clásicos que siempre suenan, desde el Get It Up For Love de Ned Doheny o el Por qué te vas de Jeanette para las primeras horas hasta el Like An Eagle de Dennis Parker o el Here Comes The Sun de los Beatles en los momentos más épicos. Sería muy interesante que DESPACIO abriera la puerta a otros selectores. Un DJ Harvey en el contexto que proponen sería una gran experiencia.

Ya que le menciono, me salto la línea temporal de la crónica y voy a su sesión del Sónar Car. Si hay alguien que sabe medir los tiempos es él. Harvey es un DJ que controla tan bien la situación que aunque sepa que el público quiera algo, no se lo da, hasta que él considere que es el momento adecuado e intensifique el grado de recompensa en la pista. Eso es lo que hizo en su set de seis horas en Sónar Car: viajar por estilos y ritmos, siempre in crescendo durante la noche, hasta alcanzar un sabroso clímax a partir de la cuarta hora de su set. Si bien es cierto que la experiencia de verle en Pikes (me gusta también el Harvey diurno) es mucho más impactante por el entorno (recordemos: un comedor rústico), y la exclusividad (sólo puedes acceder mediante invitación), su sesión en Sónar Car fue una delicia. Supo defender su estilo al mismo tiempo que se alineó con el de Sónar (que es dar brío y bombo para todos los públicos). Y entremedio despachó desde house pianístico, hasta arrebatos de disco divas, funk de tintes folklóricos y descargas techies al estilo Innervisions, entre muchos otros palos.

Regreso del futuro y vuelvo de nuevo al Village para contemplar la simpática sesión de la inglesa Jamz Supernova, representante de la Radio1Xtra de la BBC, que cubre todos los espectros de los sonidos urbanos (mucho r&b actual, accesos al trap y el hip hop, future bass), pero cuando la gente enloquece de verdad es cuando se calza el "Gypsy Woman" de Crystal Waters. Y es que por mucho que el Sónar siga avanzando, las raíces mandan. La DJ y periodista ugandesa Kampire sigue aportando color a un Village efervescente, con una sesión repleta de sonidos electrónicos y bailables de hechuras africanas, aunque siempre mirando a occidente (ya fuera al pasado –pone hasta temas calipso–, como al presente: booty, tropical bass y derivados). No termina de cuajar la representación del sonido Qqom –una suerte de house machacón y cuadriculado, sustanciado por la rítmica del kwaito– de Distruction Boyz. Veo el Village aburrido y huyo a outro lugar.


Rosalía

La locura colectiva está en otra parte. Concretamente en el SónarHall. Allí es donde la joven Rosalía se dispone a certificar su ascenso a las estrellas. Llevo años yendo al Sónar pero es la primera vez que mi madre se interesa por una artista del festival que ha visto en las noticias de TV3: "¿Viste a la Rosalía? ¡Qué buena! ¡Es como la Beyoncé cantando flamenco!". Rosalía ya ha cautivado a mi madre y supera estratos a una velocidad de vértigo. Cuando en tu cuenta de Instagram tienes un video de El Cigala declarándote su amor, cuelgas una story en la que sales cenando con Diplo, anuncias una colaboración en el último single de JBaldwin (uno de los artistas reggaeton del momento), y produces tu próximo disco junto a El Guincho, significa que eres una puta jefa. Podría parecer que se lo está yendo de las manos lo de ser tan transversal, pero es que su talento (tan magnético) habla por sí solo. Más de medio Sónar quiere verla. El SónarHall se revienta de público, de hecho a mitad de concierto cortan el acceso por motivos de seguridad, para abrirlo poco después porque la gente comienza a abuchear la decisión.

La cantante catalana dio algunas pistas de por donde van a ir los tiros de El mal querer, álbum que está produciendo junto a El Guincho y que verá la luz a final de año. Asistimos pues a un show en construcción, que ganará empaque y dinamismo (debería hacerlo, sobre todo, en las transiciones) durante los próximos meses. Y vemos a una Rosalía poderosa, muy segura en la defensa de su particular colisión del cante jondo con la música urbana de raíz afroamericana. Basculando su show entre momentos de cante intimista para luego comerse el escenario como una diva total con números de baile a la Beyoncé. Es la nueva diva del Sónar.

Más divas en otros contextos. Mejor: anti-divas. Una en el Complex: Laurel Halo. La norteamericana se adentra en su nueva propuesta, Dust, en muchos terrenos pantanosos, para dar forma a un sonido sugerente, entre el cabaret, el ambient y el free jazz. Una propuesta en que los ritmos intrincados, casi imposibles de entrar en compás, del baterista y percusionista neoyorkino Eli Keszler (colaborador también de Oneohtrix Point Never) sirven de base a mantras sonoros en los que Laurel compagina momentos de spoken word, cantos narcóticos y soliloquios al piano. Música difícil e intrigante. La escucho y me acuerdo del David Lynch de "Eraserhead", desprende misterio y desconcierto, a muchos también aburrimiento porque las fugas en el auditorio son constantes. ¡Ah! La paciencia en los festivales: ese don.

Otra anti-diva –esta todavía aún más desconcertante–, está agitando el Dôme. El show de la reina de PC Music, SOPHIE (más una performance que un concierto al uso) combina la actitud del punk con el azúcar del dance de los 90s, como si Genesis P-Orridge se fusionase con Rebecca (sí, la de Duro de Pelar). SOPHIE es un personaje alucinante, como un Iggy Pop venido de un futuro plástico y distópico (se tira al público, enseña sus pechos, destroza un atril, hace coreografías junto a sus dos bailarinas y su cantante Caila Thompson-Hannant), y se retuerce al ritmo de Inmaterial, Is It Cold In The Water? y el resto de canciones de dance-pop agudo, sintético y chicletoso. Muchos la tienen por una avanzada a su tiempo, pero yo creo que mira más al pasado que otra cosa. Eso sí: representa su papel con gran estilo, porque ella es una diosa.


SOPHIE

En el mismo escenario, el SónarDôme, se erigen como triunfadores de la jornada la dupla local formada por Clip y Cora Novoa. Despliegan antes ellos un arsenal de sintes modulares y cajas de ritmos, y desde el inicio del show se muestran compenetrados y dispuestos a vivir el momento. Sonríen y bailan, se les nota sin presión. La lían parda a base de descargas de techno áspero y robusto ante un escenario, el de la RBMA, lleno hasta los topes. Los primeros del podio en ese enclave seguidos de los jefes de Studio Barnhus, los cuales presentan un show especial. Vienen acompañados de bailarines (muy freestyle, todo hay que decirlo), van conjuntados de amarillo y decoran su set, más uptempo y crujiente de lo normal, con los coloristas visuales de Leolyxxx. Bailan, ríen, beben y nos recuerdan que, de momento, lo mejor que podemos hacer en este lado recóndito de la galaxia es bailar la vida. Y si es en el Sónar, mucho mejor.

Llego pronto al Sónar de Noche para ver a Gorillaz. Son las 22h pero el SónarClub está a rebosar. La banda de Damon Albarn, algo embotada en el primer tramo, se presenta a lo grande acompañada de un coro gospel y dejando sus icónicos visuales en segundo plano. Damon Albarn rinde a un gran nivel. De hecho incluso parece más cómodo y resuelto que en su come back con Blur hace tres años. Vienen a presentar su nuevo trabajo, The Now Now, pero en realidad basan casi todo el show en el material de sus primeros discos. Lo mejor son sus hits: Clint Eastwood, Feel Good Inc (uno de los mejores momentos), su reciente Humility –en el que colabora George Benson–, y Melancholy Hall. Correctos, aunque no epatantes.

Unos pocos metros allá, en el SónarLab, Oddisee & Good Company, despliegan su concepción del groove. Oddisee tiene un flow prodigioso, y se hace acompañar de una banda solvente que ofrece desde p-funk sudoroso, hasta tórrido modern soul, pasando por momentos de hip hop orgánico. Presentan los temas de su sobresaliente "The Iceberg" y rescatan pelotazos pretéritos como That's Love u Own Appeal. Todo un bálsamo dentro de la programación de la jornada. Y sí, mucho más excitantes que los cabezas del cartel.

Tras ellos comienza "La Noche de Truchas". Porque la ruta de este cronista se base en cazar a los mejores exponentes del techno de la velada. Comienzo por Benjamin Damage, el cual ofrece una hora de show de techno en la onda de la mejor tradición berlinesa. Un artista que ha crecido en el ya extinto sello 50Weapons y que ahora es el nuevo niño mimado de la mítica R&S. Su próximo álbum verá la luz en julio en dicho sello y visto lo visto en el SónarPub el viernes, promete ser algo muy gordo. Si hay algo que define el techno del inglés es la tensión y la limpieza de sus composiciones. Tiene un sonido prístino y poderoso, todo ello a base de maquinaria, sin computers de por medio, y consigue mantener la atención y el baile sin bajar nunca el pie del acelerador. Uno de los directos de la jornada junto al de los Bicep, cada vez menos housies –que no menos bailables– y entregados a un sonido más sobrio y monolítico.

Pero… ay. Llega Ángel Molina, un símbolo del festival, y el cielo del SónarPub se parte en dos. Llevábamos años viéndole pinchar a primeras horas, abriendo para muchos cabezas de cartel (Duran Duran, Yazoo, Pet Shop Boys o Roxy Music, ente otros) o demostrando algunas de sus múltiples facetas. Pero un artista como él, en la edición del 25 aniversario, merece un spot privilegiado. Y así es como en mitad de la noche entra en acción al Molina más puro, entregando una sesión de techno que va a una velocidad desbocada, uniendo puntos entre el techno de nuevos códigos, el de toda la vida (esas raíces del Sónar…) e incluso ramalazos de EBM. Mezcla con precisión y golpea en el pecho con subgraves demoledores. Recibo un WhatsApp de un amigo techno-head: "¡Vaya truchote el Molinaaaaaa!". No hay espacio para la duda: una de las mejores sesiones del género que recuerdo en toda la historia del Sónar.

Me imagino a Helena Hauff viendo a Molina entre bambalinas, enviándole también un WhatsSpp a Miss Kittin, que cierra el Lab junto a Kim Ann Foxman, y diciéndole: "Der Truchote Molina!" y mordiéndose las uñas nerviosa por si no da la talla… Pero no. La Hauff es una bestia tras los platos. Y sí: la única en toda la jornada que veo pinchar con vinilos. Su set es una descarga de techno rasposo, latigazos electro y EBM acelerada con sabor a coca sin cortar. Todo mezclado con una precisión envidiable. Me acerco a ver cómo le va a Miss Kittin y Ann, mucho más techies y comedidas, mientras que A-Trak suena fofo y perdido en un SónarClub prácticamente vacío. Vuelvo corriendo para la Hauff. Presidenta Hauff. No hay duda: el techno vuelve a ser el ritmo imperante en las noches del Sónar.

Más información
Sónar: Web Oficial

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