Crónica: Electrónica en Abril 2018

Escrito por Carlos Añón | Fotos de La Casa Encendida | Publicado el 16.04.2018

Electrónica en Abril ha sido desde sus inicios un festival que opera como un radar, registrando tendencias en el delta al que John Cage aludía para referirse metafóricamente a la existencia de un gran número de corrientes musicales, e interpretando posteriormente los datos reunidos. Y es una labor que aprueba con nota, sin precisar del nepotismo que rodea a Cifuentes, porque consigue seleccionar lo más interesante de los diferentes brazos y canales en un momento histórico en que el accidente geográfico intensifica su crecimiento. Si, además, logra mantener el equilibrio y la variedad, aun dependiendo de una programación reducida, la tarea es un tour de force. Pero los dos últimos años ha empezado a mostrar puntos débiles.

Una de las causas más evidentes es la presencia de trap o reggaeton estandarizados, ya sea el año pasado con Fernandito Kit Kat, o este con el salmantino Merca Bae, que acompañó su sesión con salpicones de dancehall y visuales de corte oriental que recordaban a Mortal Kombat, con la aparición esporádica de la palabra “agresivo”. El problema no estriba en la elección de este u otro género, sino en programar actuaciones fundamentadas en la reconciliación de la universalidad del estilo y lo particular del objeto específico. Al igual que los diferentes sistemas filosóficos son superados merced a la inclusión ordenadora de aquello que excluían, el proceso análogo se hace evidente en música a partir de la concepción del estilo. Dicho con otras palabras, cuando el estilo perentorio es perfilado y sus límites quedan cartografiados, con su lenguaje, su sintaxis y su vocabulario, respuestas autóctonas de lo negativo amplían los confines. La representación fenoménica de un concepto previamente cerrado a cal y canto produce que la estructura musical se mantenga intacta, y la inclusión superflua de un material sonoro distinto sólo sirve para atrofiar al propio material en un esquema rígido. Si la historia de la música popular comenzó a ser eminentemente dialéctica fue, precisamente, si bien no en todos los reductos, porque consiguió incluir elementos de la esfera de su antítesis, lo mal llamado culto, para revelar nuevas formas y procedimientos inauditos en su seno.

Sirva como contrapartida el DJ set que Endgame realizó en el auditorio. El productor inglés que dirige el programa Precious Metals en NTS Radio introdujo los ritmos latino y caribeño nombrados anteriormente en la guarida pétrea coronada por su propio nombre en forma de graffiti retorcido, casi ininteligible, que confeccionaba los visuales de Werkflow, y los infectó con la mala baba del grime, melodías de corte gótico, poso industrial –hasta el punto de rozar el gabber en el tema final– y tendencia a lo instrumental. El resultado suena a la venganza que se toma el reggaeton en un mundo de reggaeton estandarizado, a la austeridad vocal respondiendo al exceso de Auto-Tune y a la regresión del lenguaje, al recurso a los tópicos.


Endgame

Otros que ejercieron el derecho a martillear un concepto fueron Jana Rush, Ikonika y Visionist. El primero realizó un DJ set reiterativo de footwork y juke desnudos, sin los típicos alardes de técnica ni elementos que modificasen el insistente patrón rítmico. Apoyada por visuales compuestas mayoritariamente por gameplays de GTA y Need For Speed, Ikonika presentó su último álbum en Hyperdub, el flotante y retrofuturista Distractions, un ejemplo de algunos de los tumbos de los que hace tiempo da muestras el sello y la productora. El encargado de abrir el festival, Visionist, se centró también en su último álbum, Value, otro acercamiento más a esa música digital con discursos que contraponen hombre y máquina, caos y orden, mundo exterior y mundo interior. Es cierto que el directo funciona mejor que el álbum, pero éste cuenta –dejando de lado la indicación programática, perfectamente ilustrada en las visuales del respetado artista audiovisual Pedro Maia, acerca del estrés y la necesidad de encontrar relajación– lo que ya nos han contado y, además, con una paleta tímbrica tan reducida como manida, donde la distorsión y la disonancia, limitadas a formar paredes, no generan ningún conflicto con el aparente candor suscitado por unas voces y un piano tratados –al contrario que sucede con Andy Stott– pobremente.

Electrónica en Abril fue también, como siempre, plaza de grandes momentos. Es el caso de James Whipple, más conocido como M.E.S.H. Aunque Hesaitix, su último álbum, ya se aleja de las manifestaciones habituales de este tipo de proyectos de música digital, construyendo un mundo con vida propia gracias a la fricción mediada de conceptos, el DJ set que realizó fue eso y mucho más. Siguiendo la línea autechriana de la abstracción y el cubismo sonoro, y elevando el CDJ o XDJ a instrumento musical, exprimiendo todas sus posibilidades –él fue uno de los artistas mencionados en el polémico artículo The Art Of Disruption: How CDJs are changing Djing, publicado en Resident Advisor–, Whipple logró crear minuciosos enlaces y yuxtaposiciones de ritmos oblicuos, quiebros, espacios sin tempo obvio, intrincados pasajes y materiales dispersos para ofrecer probablemente la actuación más sugestiva del festival. Atención al colectivo berlinés del que es miembro, Janus, que programa eventos centrados en la experimentación en torno a la parte asocial de la música de baile.

Continuando con las coordenadas del dancehall –este año el peso de éste fue eminente– pero añadiendo otras provenientes de África, el italiano Simone Trabucchi presentó su proyecto STILL, cuyo álbum de debut, I, editado en 2017 en PAN - parece que a la organización le pirra el sello, y con razón -, es una especie de modernización del concepto de Fourth World Music. Entre I y el directo hay, aparte de la sensación de estar presenciando una versión entre italiana y progre del chiste del inglés, el francés y el español, dos diferencias. Por un lado, pérdida de dinamismo a causa de disminuir los detalles y procedimientos en torno al interesante riddim. Por otro, proscripción del carácter espiritual que emanan algunas piezas del álbum, sin perjuicio de ofrecer curiosas polifonías y monodias africanas gracias a dos de los tres cantantes afro-italianos que acompañaron al productor. En cualquier caso, ambas diferencias se deben a las exigencias del directo, algo que no sucedió con Equiknoxx. Con ellos no se negocia.


Equiknoxx

Gavin Blair y Time Cow, las dos cabezas principales de Equiknoxx, forman parte, sin duda, del grupo de mejores artistas jamaicanos de la última década. Cuando apareció en DDS, el sello de Demdike Stare, su primer álbum - Bird Sound Power, una compilación de temas producidos entre finales de la década pasada y 2015 - , ya eran profusamente valorados por Mark Ernestus, en las oficinas de Boomkat segregaron testosterona hasta niveles altísimos, y desde Hardwax no dudaron en colgar el aviso de “Highly recommended, essential album!”. El año pasado llegó, en el mismo sello, Colón Man, cuyos temas fueron compuestos específicamente para el álbum.

La desconexión entre la parte instrumental y el micrófono –a un volumen netamente superior– con función animadora de Shanique Marie debida a la frialdad del público y al horrible sonido no fue óbice para mostrar el estilo propio confeccionado por Equiknoxx, esa original mutación del dancehall producida por un móvil juego de espejos donde se cruzan On-U Sound y Prospective 21e siècle, Chain Reaction y psicodelia jamaicana, profundidad tridimensional del dub y estructura rítmica repetitiva. A veces, uno tiene la sensación de estar en un futuro lejano, o en universo paralelo, en el que intérpretes jamaicanos a merced de su estado de ánimo tocan instrumentos, aunque procesados, típicos del mento –como la marímbula– o el calipso –como steel drums–, y en ese sentido tiene un aire tradicional, incluso vulgar, pero el grado de sofisticación y obsesión con el sonido es sorprendente. La textura, poblada de detalles y numerosos timbres, es densa unas veces y liviana otras, y la continuidad musical está señalada por un ir y venir de ideas contrastantes, saltando de cierto sentido místico al drop desconcertante, de arcanos conjuros a cinemáticos cantos del colocado Colibri Portacintas Piquirrojo, endémico del país. Y todo ello sin perder un delicioso y exótico sentido del humor.

Tampoco podía faltar, como siempre, la parte clásica de la música electrónica. Caterina Barbieri interpretó en el auditorio su único álbum en solitario, Patterns Of Consciousness, un ejercicio de ambient y minimalismo estructurado en pares: el primer tema evoluciona mediante la sustracción o adición de las partes de un patrón dado, construyendo fugaces arpegios y densificando la textura, mientras el segundo prosigue con el drone anterior y una dilatación de determinadas partes del arpegio, ralentizando el tempo. Hay también una combinación de lo clásico y lo contemporáneo, visible en el tratamiento del material o en la predilección, más evidente todavía en el directo, por buscar relaciones del timbre electrónico con la flauta barroca o el clave, produciendo curiosas transformaciones. El resultado global indica cierta intención impresionista, causando estupefacción y fascinación el reflejo subjetivo de los estímulos que producen los matices de lo observado ante el rápido movimiento de fotografías del mismo espacio.

En resumen, esta edición de Electrónica en Abril ha servido para generar expectación y ánimo investigador alrededor de algunos artistas, pero también sopor por la inmovilidad de algunos estilos que el festival debería evitar para sí. Y, por supuesto, no se puede pasar de puntillas ante la pésima calidad del sonido del patio, incrementada en su efecto por un público dedicado más a la verborrea que al tomate, la auténtica condena de la música electrónica de baile explícito o implícito. Es cierto que el poder socializador está en la esencia de estas músicas, pero en función de un contexto marcado por la calidad y volumen del sonido y por las propias características de la música estaría bien inspirarse, aunque sólo sea por deferencia, en el respetable de la música sinfónica, o en el del cine, y menos en el tertuliano de Telecinco. El que quiera, que vaya al circo. Veremos el año que viene.


Más información:

La Casa Encendida: Web Oficial

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