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Opinión: Mucho sync y pocas nueces

Este pasado verano del 2017 será recordado, entre otras cosas, como el de la vergüenza ajena por (parte de) nuestro clubbing nacional. Particularmente, de buena parte del público que supuestamente lo nutre. Un verano que nos ha dejado dos momentos que retratan el sentir de un abultado sector de esa comunidad, que se ha manifestado en forma de carga explosiva o petardazo, detonado por un grupúsculo de templarios protectores del santo grial de la fiesta, aka “la mezcla perfecta”, rasgándose las camisetas blancas de cuello ancho y estampando sus controladoras a diestro y siniestro, por sendas sesiones de Fran Lenaers en el Sónar y de Nina Kraviz en el Dekmantel. Ambas armadas con vinilo. Precipitándose en ambos casos una reacción en cadena de indignación por sus aberrantes y flagrantes fallos técnicos en las mezclas. Petardazo cuyo estruendo y humo se disiparon tan pronto como llegaron. Mucho ruido y pocas nueces. Todo son opiniones, y todas son respetables, por supuesto, pero siempre es bueno separar el grano de la paja, o el sync del pitch.

Interior. Sónar. Noche.

En escena Fran Lenaers en cabina, cargado como siempre con sus tropecientos vinilos. Se le puede ver ya desde un buen principio del set quejándose de su plato derecho, al que no le funciona bien el pitch. Un set, recordemos, de 50 minutos, cuando el valenciano viene de haber pinchado sesiones, toda su vida, de entre seis y doce o catorce horas. Sí, seguidas sí. Se le puede ver hablando –quejándose, visiblemente– con el técnico de sonido, e incluso se le intuye soltando algún taco que otro, ante la ¿irremediable? y jodida situación. Porque por lo visto allí no había otro plato de sustitución, ¿…?, asunto que merecería otro texto aparte. O por lo menos eso fue lo que me contó Lenaers, que a partir de ahí decidió seguir con la sesión, encadenando sucesivos descuadres en varias de sus mezclas. Unos más evidentes y dolorosos que otros, cierto, pero la mayoría circunstanciales y suplidos por las sobradas tablas de este enorme dj, con una selección musical entre manos para besar el suelo de la pista. A pesar de todo sigue, y lo hace por la gente que le ha venido a ver, por respeto a ésta y al festival que le ha contratado, y por pura profesionalidad. Y así, tras cincuenta minutos de sufrimiento y puro equilibrismo, termina con la sala llena, tras haber empezado con ésta semivacía. Y lo que sigue a todo esto después, es una encendida, lamentable y penosa ristra de opiniones críticas en las redes por tamaña ofensa al ejercicio y cultura del dj. Una escena de vergüenza ajena. Con virtuosos selectores saliendo de debajo de las piedras, con sus camisetas blancas de cuello ancho hechas jirones, señalando cada uno de los momentos de descalabro técnico y profiriendo todo tipo de lecciones sobre el buen hacer del dj y, bla, bla bla. Desconecté tan pronto como pude del soporífero espectáculo verbal del grupúsculo del petardazo, me fui por patas de allí. Incluso algún camarada periodista llegó a sumarse a la verbena y publicó su alineada opinión, interrogándose sobre la (poca) necesidad de seguir pinchando en esas condiciones, para concluir que un dj de esta categoría y leyenda, no podía de ninguna de las maneras dar semejante espectáculo. A todo esto, pues, habría que ver, de entre el valiente y ensordecedor grupúsculo de templarios del sync, cuantos han pinchado alguna vez con vinilos. Cuantos si quiera tienen o han tocado alguna vez un plato. Y ver, de paso, cuantos años han pasado rebuscando en cubetas de ignotas tiendas de discos para pillar si quiera uno solo de los vinilos que pinchó Fran Lenaers. Porque sólo de este modo sabrían que la mayoría de estos son de los ochenta y que muchos son tan difíciles de encontrar como de pinchar, ya de per sé, porque su estructura rítmica está muy lejos del estable 4x4. Ya no te digo con el pitch del plato jodido. Se percatarían, por ejemplo, de que puso un flexi-disc de Joy Division que debe ser de los pocos que llegaron a España en su momento. Fácil de pinchar, lo que se dice fácil, tampoco es el flexi. Ves, estos problemas con el sync y con la controladora, no los tienes. En todo caso, la peor parte se la llevó Nina Kraviz…

Exterior. Dekmantel. Día.

Segundo día del Dekmantel, y en la carpa de Boiler Room presentan la sesión de Nina Kraviz, sin anunciar, tras su set el día anterior abriendo el escenario “Selectors”, pinchando casi exclusivamente vinilos de old school house, acid y demás hierbas añejas. El mismo escenario que Lenaers en Barcelona: vinilos en su mayoría de los ochenta, unos 12”, otros álbumes, diferentes planchados, dinámicas cambiantes… y los descuadres de Nina. A la que se podía ver dando bandazos y sufriendo, pero también disfrutando. La dj optó por transiciones breves, mezclas cortas, y recursos varios como el spinback. Como siempre se ha venido pinchado y mezclado todo este percal old school, vaya. Dado el impacto y alcance mundial de Kraviz, lo que vino después fue una auténtica carnicería perpetrada no sólo desde las redes, sino desde los medios de comunicación especializados. Sin ir más lejos, uno español se refería al asunto así: “El set de Nina Kraviz es de los peores que hemos escuchado en los últimos tiempos. No habitual de un artista que viene cobrando bastantes ceros en su fee. Una cosa es escuchar cómo se varía la velocidad de un vinilo, y otra muy diferente es que se tenga menos tacto que un cirujano con manoplas. Una cosa es que se te vaya una mezcla y otra es que parezca que suena el 7º de caballería entre vinilo y vinilo. Si a esta sesión le quitáramos el nombre del artista y dejáramos únicamente el sonido, muchos podrían creer que estamos ante la sesión del peor dj de un concurso de discoteca de pueblo.” ¿Ah sí, en serio? Porque yo aquí estoy escuchando muy buena música oiga, y estoy disfrutando, la verdad. Que las mezclas me la refanfinflan. Está claro que no tengo criterio, será porque yo también debo ser un petardo de los buenos pinchando, y la debo liar parda con los platos. Pero en este caso, lo que me sorprendió especialmente fue la reacción de algunos djs veteranos locales, que vienen de la escuela del vinilo. Que no daban crédito: que si este nivel técnico es inaceptable, que si está sobrevalorada, que si vaya pastizal cobra y no lo vale, que si hay tantos djs mejores que ella que lo harían mejor. Ellos mismos, supongo. Y que si esto y aquello. Leer para creer. Puedo entender que el templario entre al trapo desde la ignorancia, y allá se las vea con su controladora. Pero no doy crédito al fanático del vinilo que, conociendo al dedillo los entresijos y dificultades de la manipulación de este formato, sobretodo en discos anteriores a los 90, entre a degüello a destrozar las sesiones públicas vinileras con fallos más o menos evidentes. Me produce el mismo tipo de vergüenza ajena.

Los del petardazo criticáis lo que no comprendéis y no conocéis, porque sólo de esta manera se puede entender toda esta petulancia gratuita y provinciana. Reventáis estas sesiones y ensalzáis otras tantas planas y a golpe de sync, imposibles de distinguir las unas de las otras, ya que suenan todas igual. Coger el top 100 de Beatport de deep house y ordenarlo por BPMs en la lista del Traktor y encender la controladora, está en las antípodas del origen y de la esencia de este noble arte del dj. Y cuando menos, conviene tener el respeto y la decencia de saber de lo que se habla, de saber estar. Con todo, la triste conclusión que se va sacando, es la de que este perfil es, lamentablemente, el que predomina en la escena de clubs española. Donde estas actitudes no ayudan en absoluto a crear complicidades, sinergias y conexiones. Al contrario. Si vamos a criticar a Fran Lenaers o Nina Kraviz por salir de sus respectivas zonas de confort, cada uno a su manera, y por el contario sólo nos alimentamos de atún-con-pan, vamos mal, pero muy mal.

Luis Costa es también Dj Lui, residente y jefe de prensa de Razzmatazz Clubs (Barcelona). Es autor del libro ¡Bacalao! (Contra, 2016)

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