Especiales

Crónica: Sónar 2017 - Viernes (Día)

Tarde de genios

Un cruce entre Matthew Herbert y Jim Carrey. Así es el parisino Jacques. Probablemente el artista revelación de esta edición en Sónar de Día. Apareció en el Sónar Hall vestido como un niño con llamativas ropas de colores y pantalón corto. Luciendo ese extravagante peinado a lo Pepe Viyuela (rapado en medio, las cholas a los lados) y acompañado por banderas de países ficticios. Él en medio del estrado rodeado de máquinas y cachivaches de todo tipo. Jacques llama a su música “transversal techno” y edifica su sonido a partir de loops y secuencias creadas con objetos de todo tipo. Graba a tiempo real el clic clac de un cenicero, el chasquido de unas tijeras, el boing de una placa de metal y construye entramados rítmicos orgánicos y pegadizos. También se defiende a las teclas, graba pasajes vocales e incluso se marca solos de guitarra, todo con un desparpajo hilarante. Plantea su set como una sesión sin fin en la que va encadenando ritmos y melodías que se debaten entre el house, el pop y la música tribal, siempre buscando la chispa y el humor. Jacques mira a la audiencia, pone caras cómicas e incluso sale a bailar frente al escenario como un Jerry Lewis del siglo XXI. Y te ríes, y bailas, y flipas con su genialidad. Cautivó a la audiencia de principio a fin, arrancó ovaciones y aplausos, y se despidió con su declaración de intenciones (y título de su único disco publicado): “Tout Est Magnifique”. (Todo es magnífico). Él, desde luego que lo es. Habrá que seguirle los pasos muy de cerca.


Jacques

Antes de Jacques pasamos a contemplar un rato el nuevo live de Ana Quiroga y Uge Pañeda (LCC). Volvían a Sónar tras su aclamada puesta de largo en el festival hace un par de años. Presentaron en primicia el material de su nuevo disco, Bastet, editado de nuevo en Editions Mego, y vimos a unas LCC explorando pasajes más áridos y ambientales, dando forma a esculturas sonoras basadas en percusiones chamánicas y desarrollos densos que se acompañaban por los visuales de Pedro Maia. Unas imágenes que mostraban destellos de territorios desérticos rodados en Súper 8, alucinaciones en negro y demás abstracciones. Ahora habrá que hincarle el diente a su álbum, que justo acaba de salir del horno, y asimilar mejor el mensaje que transmiten las asturianas en su nuevo trabajo.


LCC

En el Village estaba otra jefa a los mandos: Lena Willikens. La alemana demostró su versatilidad con un set nada acomodaticio. Fue una sesión que tomó los caminos más difíciles: slow techno, africanismos, garrotazos new wave, latigazos acid y oscuridades varias en un set que se hubiera disfrutado el triple en la penumbra del Hall o incluso en la cercanía del nuevo escenario SónarXS, un enclave que se ha coronado como el espacio más irreverente y desafiante del festival, y que en cierto modo viene a ser el relevo del antiguo Dôme en el CCCB donde a primera hora siempre podíamos ver las movidas más locas (a destacar la sesión de sonidos dembow que pertrechó DJ Florentino esta jornada o los sets marcianos de la joven Toxe y DJ Bus Replacement Service el jueves). Esperemos que tenga continuidad el año que viene. Eso sí, hay margen de mejora en su sound system.

El alemán Roosevelt ofreció su disco-pop para todos los públicos en el Village, con nuevo baterista y formación ampliada con teclista. Su sonido es accesible pero quizá demasiado convencional, aunque la cantidad de fans que se ha granjeado con tan sólo un disco hace prever que siga creciendo en el futuro. Sea como sea, hits como Colours, Moving On o su versión del Teardrops de Womack & Womack funcionaron a las mil maravillas en el Village a media tarde. Aunque los absolutos triunfadores de esa jornada fueron los neozelandeses Fat Freddy's Drop. Su directo es una apisonadora, sobre todo cuando arremeten con su material más enfocado a la pista de baile. La primera mitad de su show la dedicaron a sus sonidos dub, funk, soul y ska-reggae, pero en el ecuador de su directo arremetieron con el material más bailable de su último disco, Bays y se desató la locura. Sobre todo gracias a la energía que desprende en escena Joe Lindsay aka Hopepa (otro de los genios de la jornada), el trombonista de la banda, que no deja de bailar en trance vestido con una capa y unos shorts plateados. Sin duda ofrecieron uno de los conciertos más mágicos y entrañables de todo el Sónar de Día.

Suzanne Ciani, pese a ser una leyenda de los sintetizadores, pegó una turra considerable, a una hora y un escenario (el Dôme) poco adecuados para su propuesta. Enfilamos al Sónar Hall para ver al Chicho Terremoto de Tri Angle, con álbum a punto de ser editado en Warp, Evian Christ, quién ofreció un show de pirotecnia raver y sobredosis de subgraves. Ya antes del show vimos que la nueva puesta en escena del británico pretende jugar en las grandes ligas. Con un entramado lumínico capaz de hacerte vomitar de epilepsia, comienza metiendo un bombo infernal más gordo que el cipote de Arca para luego arremeter con su clásico "Fuck It None Of Ya'll Don't Rap" y… ¡Booom!: Lluvia de confeti. Evian Christ intentó que su show fuera una fiesta, pero una fiesta sólo apta para abyectos sónicos como él. El sistema de sonido del Hall crepitaba con cada una de sus descargas de graves. Combinó arrebatos gabber con cantaditas, zarpazos de grime, ritmos descompuestos y hasta metió pianitos noventeros (se calzó el "Children" de Robert Miles en los primeros compases). Su actuación fue un patadón en la boca, por el exceso de decibelios y la virulencia de su sonido, pero la recibimos con gusto. Después de él, el ya veterano de Warp, Clark, sonó mucho más comedido, "más profesional", disponiendo todas las frecuencias en su sitio y dando protagonismo a las intrincadas melodías y azotes rítmicos que conforman el universo de su último trabajo "Peak Magnetic". La combinación de luces estroboscópicas y bailarinas redondearon para bien su puesta en escena. Otro genio.


Evian Christ

Aunque no era mi primera opción elegí como final de fiesta el set de Damian Lazarus. Quería ver a Robert Hood y su hija Lyric (Floorplan) en el escenario de la RBMA pero llega un momento en el que tu cuerpo dice basta de muchedumbres y de sudores (la jornada del viernes se notó sustancialmente el aumento de público en el festival) y me instalé en un fresco y espacioso claro en el césped del Village para disfrutar de la sesión de Lazarus. Y no me arrepiento. El DJ inglés fue a dar espectáculo. Y me parece genial su predisposición. Es muy respetable el clásico discurso: 'Un DJ ha de anteponer la música ante todo' (lo que hizo Craig Richards el día anterior, por ejemplo). Pero también me parece más que elocuente que muchos DJs traten de llevar su experiencia a nuevos niveles y ofrezcan un show integral, con escenografía y diversos recursos para generar una mejor experiencia en la audiencia. Y eso es lo que ofreció Lazarus: un show. Salió maquillado y vestido con extraños ropajes negros, pinchando en una gran mesa ataviada con flores y candelabros. A pie de pista varias chicas repartían flores frescas entre el público, hacían enormes pompas de jabón y se metían entre la multitud con bengalas de humo de colores. Lazarus trasladó el sonido house cachondo y 'mdma-dero' del DC10 al Village del Sónar, y dejó al público flotando a base de house percutivo, descargas tech/soul, y subidones eufóricos (aunque contenidos). Fue una gran sesión de celebración: del Sónar, de la vida y de la química. Al final del set Lazarus se acerco al borde del escenario y pudimos ver con claridad sus ropajes. De repente tiró de una cuerda y de su espalda comenzaron a brotar docenas de pinchos hinchables que llegaron hasta el cielo… Y Lazarus se convirtió en un puto erizo de mar. Y el Village se rindió a sus pies.

Más información
Sónar: Web Oficial

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