Especiales

Crónica: Villamanuela Festival 2016

El festival Villamanuela, celebrado principalmente los días 7 y 8 de octubre, sirvió para dar el pistoletazo de salida a la nueva temporada en Madrid, que definitivamente confirma que año tras año se está poniendo hasta arriba de esteroides. La cuarta edición del festival también venía más cachas que la anterior: al acertado cambio de las salas Taboo y Ya'sta por la Sala 0 –Palacio de la Prensa– para los eventos nocturnos, se sumaban el Café La Palma, Clamores y, en parte, la Joy Eslava, ya que el año anterior sólo acogió los conciertos del tercer día.

A veces tanto anabolizante nubla la mente e induce a errores: obligar a la gente que compró el abono a pagar la entrada de los eventos nocturnos si querían acudir –finalmente resuelto con un irrisorio descuento de dos euros–, es un tanto ridículo. La prensa tampoco se salvó, como si los DJ's tuviesen menor importancia.

Viernes

Sabemos que desde que sacó Merciless en 2006, pero especialmente cuando inició la secuencia –multidimensional y todavía no cerrada– que va desde We Stay Together y Passed Me By hasta Too Many Voices, publicado este año, Andy Stott se ha convertido en una especie de guía, un ventrílocuo que con sus voces, texturas y ritmos derrumba muros aparentemente infranqueables para mostrar nuevos caminos que recorrer. También sabemos que en directo suele dejar de lado la polifonía de voces etéreas y candorosas, las líneas de bajos flotantes y, en general, todo el material expuesto en sus álbumes para promover estudios rítmicos que ponen el énfasis en el beat y reducen la importancia de las líneas superiores, convertidas ahora en meros rumores y figuras intangibles. Aunque menos profético, más convencional –en esta fértil línea del hardcore continuum no es el único: Rhythmic Theory, Pessimist, etc.– y bruto, a lo reptante añade lo contundente y se introduce en la vertiente del drum and bass deconstruido y tenebroso por medio de una ilusión de ralentización y fundiciones con techno.

El directo del Villamanuela, que no sobrepasó los cincuenta minutos, fue exactamente eso. Sirva de ejemplo la táctica empleada para llevar a cabo los dos primeros estudios rítmicos: el primero finalizó con una llamada al hardcore; el segundo incluyó dicha llamada para introducir inmediatamente afilados breaks. Pensándolo con detenimiento, conceptualmente no se aleja en exceso de sus álbumes. Si bien no interpreta ninguno de los temas, simplemente omite los pasajes ambientales, las melodías y otros aspectos para reformular el lenguaje hacia una pista que entiende como campo de pruebas. Andy Stott es una mente única, levantisca, que merced a su predisposición indagatoria no puede estar quieto –parece que eso le aburre– y necesita continuamente explorar y avanzar.

Normalmente, cuando de escribir una crónica se trata y las palabras no brotan libremente, el problema suele deberse a tres posibles motivos. Primero está el carecer del conocimiento necesario para analizar lo visto y escuchado. Segundo, que lo ignoto, arcano o complejo dificulte una lectura sustanciosa del asunto. En este caso, la paciencia –una descripción y análisis concienzudos– permitirá ordenar los elementos y que surjan las ideas. Por último, que el directo haya sido tal peñazo que ni rascando encuentres algo. Por desgracia, lo inmediatamente precedente es lo que ocurrió con Lena Platonos, que por primera vez realizaba un directo más allá de la Hélade.

Aunque a veces no lo debidamente reconocida, la griega, de formación académica desde que prácticamente estaba aún en el mundo preverbal, fue un eslabón prominente en los ochenta para la electrónica de su país. Una musa que regaló un puñado de álbumes notables –Gallop todavía sigue impactando a quien lo escucha por primera vez– que planteaban una curiosa simbiosis de poesía, modos antiguos y electrónica onírica, en una especie de lo que Baudelaire aseguró al revelar las analogías del opio con la música wagneriana, pero sin lo vertiginoso. En el directo se le vio desmejorada, cansada, y por este u otros motivos que desconocemos se quedó en un segundo plano, a un lado del escenario, sentada delante de un piano que apenas tocó y, lo que es peor aún, sin capacidad para articular alguna palabra que se escuchase a dos metros de su posición. Lógicamente, sus carencias intentaron suplirlas dos cantantes de ambos sexos, pero todo fue frío, anodino e incluso tedioso. Repasaron temas importantes de su carrera, especialmente del ya mencionado Gallop, desaprovechando una de las mejores salas de la capital, que el resto sí consiguió que sonara como merece durante los dos días.

En la sala Siroco, las japonesas Group A mostraron sus dotes no tanto musicales –pulso industrial, ruido y poco más– como de performance. La cantante, con una cresta ancha y larga, la boca pintada a modo de cinta aislante y ataviada con bragas y una tela que le cubría el torso hasta los pies, caminaba por el escenario y de cuando en cuando hacía algo de contorsionismo más próximo a un calentamiento que a otra cosa. La que portaba el violín –si digo violinista alguno lo tomará como sacrilegio–, con falda larga y dejando asomar el torso, tetilla incluida, realizaba constantemente movimientos como si de un Paganini grotesco y psicodélico se tratase. Nada nuevo bajo el sol.

Sábado

Sábado, 8 de octubre de 2016. Palacio de la Prensa, 18:00. Mecánica Popular –o lo que es lo mismo, vanguardia democrática– se dispone a realizar el tercer o cuarto directo oficial de su carrera. Si el dato baila es irrelevante porque la cifra no será muy superior. Los conocedores del dúo esperan impacientemente su reaparición. Los contrarios, simplemente, aguardan. Al finalizar el directo, todos son conscientes de que difícilmente olvidarán lo vivido esa calurosa tarde madrileña.

Eugenio Muñoz y Luis Delgado, ingenieros de sonido y versados en teoría musical y estética, se conocieron a finales de los años setenta cuando trabajaban en los imponentes estudios de RCA en Madrid, algo así como su segunda casa. Durante las largas noches se divertían investigando y experimentando con el innumerable equipo que les rodeaba, compuesto por los últimos avances tecnológicos. Más tarde pensaron que habían reunido material suficiente para publicar un álbum, que paradójicamente salió a la luz en 1984. Optimistas con la tecnología y conscientes de que bien utilizada siempre nos hace más libres, saben cuándo hay que emplear el término experimental –por desgracia, excesivamente manido y utilizado a la ligera, probablemente porque da un aire distintivo y característico del buen gusto–, y no es precisamente cuando se trata de explicar cómo son sus composiciones. Al igual que los bocetos preceden al objeto, Mecánica Popular emplea los resultados de sus investigaciones para construir productos pop al alcance de cualquiera. Libertad, curiosidad, asombro y constancia son conceptos básicos en la carrera de estos dos –como diría Ralf Hutter– trabajadores musicales.

No es que fuera el mejor directo del festival –que también, y además de largo–, porque eso da igual. Hablamos de una delicia, de un goce perenne intensísimo en forma de antología poética compuesta por versos electrónicos que conectan sonido e imagen, ser humano y tecnología, historia y ciencia, vanguardia y música popular. La ejecución fue perfecta; el sonido, maravilloso; la paleta tímbrica, producida por un número importante de instrumentos y aparatos, guitarra incluida, fastuosa. Siempre hubo algo nuevo que oír, algo que escuchar. Dinámico y trufado de matices, estuvo dividido en cuatro secciones, diferenciadas por poemas dadá –uno de ellos sirvió para construir una composición de gran belleza por medio de manipulación vocal–, puntos de inflexión aparentemente discordantes, como el tributo a Once in a Lifetime –que necesitó de la presencia de una cantante– de Talking Heads, o la inclusión de una potente batería ejecutada por un tercer miembro detrás de la pantalla de visuales para que sólo se visualizaran las sombras. Por si fuera poco, no sólo son didácticos en el hecho de acercar usos y prácticas ajenas, en teoría, a la música popular por medio de una inteligente readaptación dentro de formas –estrofa, estribillo, etc.– habitualmente utilizadas en dicha música. Cada uno de los temas –Neguentropía, Los Quimógrafos, Disposición Emotiva, La Edad del Bronce o Daguerrotipo– estuvo ilustrado por cuidadas visuales en las que se incluían textos explicativos sobre historia, ciencia o aclaraciones acerca de conceptos u objetos: neguentropía, esquizofonía, estridentismo, quimógrafo, etc. Lo dicho: inolvidable.

En la Joy Eslava, los veteranos alemanes Faust hicieron un directo algo irregular. Con una alta dosis de improvisación, krautrock lisérgico a raudales y sin olvidar la característica hormigonera a modo de atrezzo, Jean-Hervé Peron, excéntrico vocalista y guitarrista del grupo, confirmó que le sigue encantando llamar la atención y vestirse de cheerleader. Los repetitivos ritmos que ejecutaba Werner Diermaier con los instrumentos de percusión sirvieron para que Peron montase el espectáculo, convirtiendo aquello en un happening al romper piezas de madera a base de hachazos, que posteriormente lanzaba al público y éste devolvía, o haciendo lo análogo –esta vez utilizando las manos y la cabeza– con una tabla de corcho. También tuvo tiempo para bajarse del escenario con la trompeta del absurdo característica de Faust, e irse a tocar al puesto del técnico de sonido.

El turno posterior era para una obra importante, Nommos, del más importante todavía Craig Leon. El compositor, productor y arreglista ha trabajado con grupos como The Ramones o Blondie y colaborado en grabaciones de música clásica en las que participaron cantantes de la talla de Pavarotti o Andreas Scholl, entre otros muchos. Flanqueado por Cassell Webb, como es habitual, en esta ocasión la interpretación de Nommos la realizó junto a un cuarteto de la Escuela de Música Creativa. Si bien estaba claro qué íbamos a encontrarnos –Nommos con ciertas variaciones, al igual que el directo de Boiler Room que cualquiera puede visualizar en Youtube–, siempre se agradece escuchar, correctamente ejecutada, una obra de la importancia de Nommos, al tiempo que confirmamos que Craig Leon está en plena forma y se anima dirigiendo al resto de músicos. Se le vio relajado, sonriente y disfrutando, por lo que al final, gracias al ambiente íntimo –unas cincuenta personas, ya que el resto se había marchado a ver a Death in Vegas– y agradecido, decidió regalarnos un bis de reducida extensión junto a Cassell Webb.

En el Palacio de la Prensa actuaba, con un set de tres horas, uno de lo DJ's más importantes de la actualidad, DJ Sotofett. El noruego, propietario de Sex Tags, es uno de esos personajes esquivos, del que no hay excesiva información y que se dedica a hacer, aparte de producir, lo que mejor se le da: investigar y seleccionar discos desconocidos para la inmensa mayoría. Sólo por verle desempolvar joyas rarísimas merece la pena. Aunque a veces los saltos estilísticos son algo inconexos, el tipo tiene el valor de comenzar un set con free jazz, pasar inmediatamente al disco, al funk, irse al house plano y lleno de groove y plantarse con un pasaje de dub y dancehall. Y claro, los últimos veinte minutos fueron un repaso monumental de electro. Es un DJ como la copa de un pino, un freak especial, ideal para poner el broche final a una edición del Villamanuela que, como ya sabíamos, venía fuerte. Esperamos con ansia viva la siguiente.

Más información
Villamanuela: Web Oficial

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