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Crónica: Sónar 2016 - Sónar de Noche

Escrito por Sergio Andrés | Fotos de Sónar Festival | Publicado el 21.06.2016

Hace años que el verano en Barcelona no empieza la noche de San Juan, sino con la llegada del Sónar. El sol, el baile, la experimentación y la off week, ese universo paralelo que se ha evolucionado hasta okupar literalmente el alma de la ciudad. El clima este año, sin embargo, no ha sido benévolo, al menos conmigo, que he tenido que acudir con algo de fiebre fruto de esa mezcla de lluvia y sol que ha jugado en la ciudad a experimentar junto a la música. La asistencia ha bajado respecto al año pasado pero de un modo irrisorio. Mientras tanto el festival se expande a nuevos destinos y sigue creciendo. Yo que soy más raro que un perro verde intentaré llevaros a un Sónar más personal, básicamente porque tenéis en internet decenas de crónicas (y la verdad no me apetece escribir la misma). No nos engañemos, al final en estas cuestiones, el gusto o no por un tipo de música, si uno no tiene preferencias que tire la primera piedra. Así que, si me lo permitís, vamos de excursión con alguna reflexión.

Viernes 17

La cosa empezó en el Sónar de día y debo decir que es que entre el diurno y el nocturno no hay atardecer. Se solapan y quizá la culpa es de cierta ordenanza que impide alargar el amanecer y poder empezar más tarde. Y es que este problema hizo que el show de Jean-Michel Jarre comenzara con una sensación de desgana y frío que chocaba con el infierno caluroso que un año antes hizo sudar a todo un hangar como si de una sauna se tratara. Pero claro, es que a las once de la noche mucha gente, incluso que ya había entrado, buscaba algo para el estómago.

Tras ver la cola para entrar a escuchar a Niño de Elche pensé en el número de refugiados que hacen cola en las fronteras. Me resultó algo triste esa cola que no avanzaba y que resultó ser (pues no entré al espectáculo) la mejor definición estética del problema de los que buscan asilo (Los Voluble pusieron un me gusta a un tweet en el que lo comenté). Así que media vuelta y a SónarDôme para ver a Underground Resistance y largarme a comer algo. Mike Banks y compañía son de lejos carne de Sónar noche y para mí Detroit tiene que tener un homenaje infinito en la Fira de Hospitalet. El escenario retumbó entre saltos mientras, a pesar de algún descuadre, sonó jazz, sonó techno, sonó magia y los aplausos a UR fueron sinceros hasta las lágrimas. Strings of Live y Jaguar como guiño y me voy. En estas me encuentro con Garnier, al que vi en Berlín hace poco, y me agradece el jamón que le regalé. Bien, mañana más, prometí.

Al salir veo que a va a empezar Matías Aguayo y tuve la sensación de que algo se torcía, que Aguayo la podía liar y que hubiera sido mejor verle en el nocturno. Pero era el solapamiento y contra eso no se puede luchar. Así que tras cenar me acerqué a la Fira y la primera sensación fue de frialdad. Llegué a tiempo para poder ver un rato a Jean-Michel Jarre, con un espectáculo visual impresionante, para un SonarClub demasiado vacío. Brilló más la forma que el fondo y la grandeza visual se impuso a la música. Mea culpa, no fui a Anohni. Pero en aquel momento estaba exhausto de política. Entiendo que se revindique a través de la música, pero por un momento tenía en mente a los refugiados, el primer grito que había escuchar el Sónar diurno de "we don't believe in politicians", el atractivo de Snowden (para muchos más conocido que Jarre), el cual tiene el mérito de estar un año en Rusia sin ver nada raro y, eso, unido a las elecciones me pidió no entrar en otro discurso sobre drones y vigilancia. Lo que sí se comentó es que actuó con burka y que sus visuales de Naomi Campbell pusieron nervioso a más de uno. Extraño final para la reivindicación.

Ni Jarre, por lo visto, ni Anohni, por lo escuchado en el festival, levantaron con fuerza la que se supone que es la parte canalla del Sónar. Empezaba Kode9, que no consiguió retener al público, que en gran parte, como yo, se acercó a investigar el nuevo SonarCar. Para mí ésta ha sido la revelación y la estrella, para lo bueno y lo malo, de esta edición. Sónar en 2014 hizo un ejercicio de prueba con Despacio y el resultado no pudo ser mejor. Sonido trabajado y entorno que te conduzca al baile. Y eso es lo que era el nuevo SonarCar, el hogar de una película de David Lynch, sonido evolvente y terciopelo rojo. Un círculo privado en medio de un hangar, el club dentro del festival. Dos autos de choque y la noche entregada a un nombre. Pero no todo lo que brilla es oro y hubo dos consecuencias negativas. Si bien se ganó un local especial dentro del festival, lo cual en sí ya es meritorio, se perdió el ambiente del antiguo SonarCar, destinado principalmente a sonidos que no suelen llenar espacios grandes y apareció una cola nueva que puso a más de uno nervioso.

James Blake ya contó con un SonarClub entregado con incondicionales aunque, para mi gusto, la sala mantuvo el frío de toda la noche. Por su parte Flumese llevó el aplauso de los asistentes, si bien Red Axes salieron muy reforzados de su actuación, mientras yo preferí apostar por Kerri Chandler y dejarme llevar por su jugueteo house. Y ya, con el resfriado in crescendo, me dirigí a ver a Four Tet y constaté que SonarCar iba tener un problema grave el sábado de afluencia.

La lluvia no ayudó en una noche en la que destacó la apuesta arriesgada que dejó un poco de lado el baile, la alegría y la frescura del calor que da el baile. Eso sí, a partir de las 3, Hawtin, que empieza a parecer la consulta de un dentista con tanta máquina, sin llegar a la profundidad que se podría intuir por algunos a partir de “From y mind to yours”, dio el inicio oficial al baile. Y aquí ya a gustos, Kölsch, con un live fresco y optimista, SonarLab entregado al techno y Four Tet en su universo paralelo. La primera mitad del Sónar noche estuvo encaminada hacia la sutilidad y sufrió además del frío la grandeza de la Fira, más evidente que otras veces. El mejor sitio para estar era el SonarCar con Four Tet. Dicho lo cual el agotamiento y el frío hicieron mella en mí y al día siguiente había que encontrarse con Monsieur Garnier.

Sábado 18

Llegué cuando sonaban los bises de Blue Monday y Love Will Tear Us Apart. Y además de disfrutarlos constaté que el sábado era el día de bailar. Si el Sónar de día fue reivindicativo y el nocturno de viernes asumió riesgos, la noche del sábado fue el momento de la fiesta. De un Sonarclub bastante desolado se pasó a otro con gente sonriendo cuando New Order rememoraba esas canciones que todos hemos escuchado mil veces. De ahí al SónarCar para comprobar lo dicho, se iba a quedar pequeño para el maestro de maestros. Y es que a Laurent Garnier le das siete horas en el Sónar o en Nepal y la arma igual. En este momento yo hice una breve excursión, con justificaciones propias del centro de inteligencia, y conseguí llegar hasta el escenario para entregar el jamón. Que lo prometido es deuda. No cabe decir que el trato humano del Sónar es para mí una de sus señas de identidad y que te traten bien y puedas hablar con alguien sin que te ignore es uno de los valores que no debe perder nunca.

Recuperé mis siete controles de paso hasta volver al SonarCar donde disfruté como un enano durante un par de horas. Ya entrar resultó más complicado que cruzar el festival para entregar un jamón. Las colas empezaban a ser largas y generaban alguna que otra molestia. Dentro el desparrame era maravilloso, pero en ocasiones se hace necesario salir para no olvidar que estás en el Sónar. Y eso hicimos, llegando a los autos de choque para seguir cargando alegría. Y volví al SonarCar lo cual, dicho así suena fácil, pero por entonces la cola era apoteósica. La lentitud fue compensada una vez dentro con el hombre que te hace bailar, bailando. Yo ahí olvidé el resto del Sónar y me dejé llevar por la música hasta que, lo reconozco, antes del cierre me marché a casa. Hubo momentos en los que la multitud complicaba el disfrute de bailar. Pero eso es un problema mío, porque de verdad el paraíso estuvo anoche siete horas sonando entre terciopelos. Pero también me gusta respirar.

Y llegamos a la parte reflexiva de lo visto. En primer lugar felicitar al Sónar porque la idea del SonarCar, que para mí ha sido LA noticia del festival, es un invento maravilloso, estéticamente es impecable, su sonido magnífico y probablemente el club ayer más bello del mundo. Por otro lado dejar constancia de que el antiguo SonarCar, además de refugio de valores a los que ofrecer un “rincón” en el que pinchar, era la zona de descanso, charla y recuperación. Los solapamientos son algo que no se puede arreglar, pero SonarCar prosigue la idea de Despacio y juega con una novedosa idea de club. El riesgo es mayor de lo que parece, montar un club en un festival es una idea casi tan loca como hacer el primer Sónar.

Problemas, varios. El acceso es un horror y se ha generado una cola nueva. Ya los festivales son lugares donde bailas tanto como esperas, pero en este caso hemos pasado de una Fira con pasos gigantes para moverse entre actuaciones, a un espacio detenido en el que el festival entra en pausa. Una vez dentro es una maravilla, pero todo ese tiempo futuro supone una interrupción repentina que choca con lo habitual. Es como si de repente hubieras salido del Sónar y estuvieras haciendo la cola de cada semana (los que la hagáis cada semana, que yo estoy mayor). Por otro lado, de repente no queda ningún rincón para artistas que necesitan rincones porque el número de gente que atraen es más reducido. Ver el SonarClub a medias mientras Jarre está en el escenario tuvo algo de tristeza.

Por otro lado, totalmente a favor de volver a las noches largas, al all-night set. Mi pregunta es si ¿no sería mejor que los clubes tomaran nota del Sónar y fueran ellos los que empezaran a regalarnos nuevas noches como la de Garnier ayer? Los clubes se han convertido en festivales por donde pasan varios artistas y casi no los puedes disfrutar. Creo que el aviso que Sónar nos ha enviado este año es que al final lo importante es la música y eso significa, un sonido que valga la pena y un dj que tenga tiempo para poder contar una historia. En realidad, el Sónar ha hecho su mayor locura desde mi punto de vista. Ha abierto un club de los de antes. En medio del progreso, Despacio nos recordó que el sonido es una base. Y los sets de siete horas nos han recordado que bailar es la otra. La cuestión es si este mensaje va a llegar a algún sitio. Porque hace no mucho tiempo, una noche de siete horas de Garnier era algo habitual. Ahora tiene que recuperar el Sónar ese concepto. Algo habíamos perdido por el camino.

Por cierto, el año que viene The Belleville 3. Detroit pica a la puerta. Ya hablaremos.

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