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Crónica: BLOC. 2016

Escrito por Carlos Añón | Publicado el 18.03.2016

El pasado fin de semana, entre los días 11 y 13 de marzo, se celebró la octava edición del festival Bloc en su emplazamiento habitual: el Butlins Resort de Minehead, un complejo turístico de la pequeña ciudad costera ubicada en la orilla sur del canal de Bristol, en Somerset. Como anunció la organización un mes antes del evento, también se trataba de la despedida definitiva porque según ellos han alcanzado el punto de máximo desarrollo de un festival que creció año tras año. Su próximo objetivo es canalizar las fuerzas hacia el sello inaugurado en 2015, los eventos de pequeño formato realizados tanto en territorio británico como internacional y, especialmente, hacia el nuevo super-club con estudios alrededor que abrirán en Londres. Desde que iniciase su andadura 2007 –los dos primeros años se celebró en el Pontin's Holiday Camp de Hemsby–, lo que supondría un adiós más mágico por aquello del número diez si no fuese porque en 2013 y 2014 no se celebró, mientras que en 2012 –única vez que cambiaba su ubicación para realizarse en la capital inglesa– se tuvo que cancelar por problemas logísticos, por el Bloc ha pasado lo más granado de la escena electrónica. Para muchos se trataba, sencillamente, del mejor festival del mundo porque era posible escuchar con un imponente sonido, del que hace traquetear el pecho y en ocasiones produce alguna arcada, a pequeños y grandes ídolos reunidos en carteles configurados con coherencia y selección minuciosa. Pero no era sólo eso. 

Al que escribe la crónica le gustaría no tener que recurrir a tiempos verbales pretéritos ni explicar, por tratarse de una despedida, algo ya bien sabido, pero las cosas son como son. Los ingleses inauguraron la era rave hace ya casi treinta años –al tiempo que ofrecían las más importantes revoluciones estilísticas del campo musical–, y como tal, saben qué hacer para pegarse una fiesta en condiciones. Ni periplos del hotel al recinto, ni tiendas de campaña, ni escasez. Para descansar plácidamente y reponer fuerzas, la entrada incluía una acogedora casa a escasos minutos de las salas donde se realizaban las actuaciones con cocina, baño, calefacción y televisión que permitía ver los cuatro canales de la organización, la famosa Bloc TV, que programaba tanto actuaciones en vivo como vídeos y películas en versión original de lo más culto y bizarro. Para alimentarse se disponía de un par de supermercados Spar y restaurantes entre los que no podían faltar los fast food –Burger King, Pizza Hut, etc. Además, abundantes pasatiempos, desde karts hasta un parque acuático –donde este año se realizaban actuaciones desde las 12:00 hasta las 16:00– o un espacio con todo tipo de maquinitas recreativas y tragaperras ubicadas en la inmensa carpa que servía de eje para las distintas salas. Para muchos de sus primeros asistentes el festival creció en exceso, no tanto por la concurrencia –que siempre gestionó un ambiente íntimo y auténtico gracias al tope de seis mil personas– como por alejarse de sus orígenes, aunque la naturaleza del propio Bloc, que era ofrecer música de vanguardia, obligaba a adaptarse a los nuevos tiempos. Para los advenedizos, ir a Butlins era una oportunidad única. Pero todos ellos coincidirán en una cosa: fue el Bloc, ciudad de vacaciones.

Viernes

Tras escuchar parte de la sesión de Datassette caracterizada por esa facción de la IDM con patrones de electro, que por desgracia fue diluyéndose en su discurso, comenzaba el esperado directo de Sam Shepherd, más conocido como Floating Points. En conexión con su primer largo publicado hace menos de seis meses en Pluto, a la postre uno de los más interesantes del 2015, el directo representó la predilección que el compositor de formación clásica tiene por el jazz. Al fin y al cabo, la música de Shepherd es una traslación abstraída del lenguaje del jazz a medios electrónicos con vistas a una dirección densa, sinfónica y edificante, lo que le ha llevado a organizar conciertos con una plantilla orquestal formada por unos doce miembros. Acompañado en las teclas por batería y bajo, y pese al sonido con menos presión de todo el festival –que bien puede deberse al tipo de instrumentos utilizados–, hicieron un directo de los que se recuerdan dibujando esa traslación cartográfica apoyados por unas visuales de formas circulares, como un átomo de tono verdoso rellenado por cuerpos geométricos vibrantes, igualmente abstractos, que desdibujan sus límites.

Acto seguido, Carl Craig, uno de los compositores que más ha ayudado a asentar los fundamentos del techno y ofrecer nuevas vías, comenzaba con su proyecto Modular Pursuits. La opción de huir en caso de atisbar uno de sus anodinos directos fue proscrita cuando comprobamos desde el principio que en esta ocasión iba a construir algo sustancialmente distinto. Durante media hora se dedicó a crear raquíticos paquetes y ráfagas de sonido –como en el EP, del mismo nombre, publicado en 2010– seleccionando minuciosamente los timbres a partir del modular. Progresivamente fue conjugando ese ambiente experimental, que retrotraía a los primeros bocetos de los artistas electrónicos de la corriente seminal krautrock, con el techno mediante la añadidura de esas características secuencias armónicas que siempre le han acompañado, conjugando lo anterior con lo posterior. Sólo en la segunda mitad, a la media hora, sumó el bombo, y en el último cuarto las partes agudas de la percusión, pero nunca recurrió a un hit o nada que se le pareciese.

Antes de continuar, uno de los platos fuertes del festival era el set de Ed Chamberlain en el que seleccionaría sus discos favoritos de Johann Sebastian Bach: por desgracia, la organización anunció días antes que sólo se retransmitiría por medio de Bloc TV –probablemente en diferido, porque en la pantalla no se veía más que un fondo azul–, repitiéndose hasta la extenuación durante los tres días. Pudimos escucharlo durante algo más de una hora, pero las expectativas quedaron en nada al comprobar que el set simplemente se limitaba a reproducir sonatas, fugas, cantatas, oratorios y danzas barrocas sin ninguna conexión aparente. Demasiado pretencioso, quizá.

Gracias a un cambio de horario anunciado a última hora nos enteramos de que el B2B de Andrew Weatherall y Optimo cerraría el escenario FACT, lo que hizo que fuera posible escuchar a Ugandan MethodsRegis, suponemos que hasta arriba de alcohol como es habitual, se limitó principalmente a agarrar el micro para escupir voces típicas de la música industrial mientras la mitad de Ancient Methods se ocupaba del resto de parámetros. Aunque no ofreciesen nada nuevo, más pronto que tarde algunos comenzaron, acicateados por la inducción al trance que supone ese sonido ancestral, tan duro como oscuro, a menearse dando pasos de danzas africanas. Por último, el B2B de Andrew Weatherall con Optimo fue una delicia. Si el primero es una de las figuras más importantes de la historia de la música electrónica, polifacético y camaleónico como pocos, Jonnie Wilkes y Keith Mclvor son unos freaks de todo el vasto campo musical. Con turnos de unos dos discos cada uno, iban apoyándose e incitando al cambio de dirección del set. Hicieron un repaso a varios estilos, desde acid-house a house, disco o techno con el virus del dub infectando sendas partes, para acabar con algún himno desconocido y dos edits rarunos, de esos que desnudan al original, del Love Can't Turn Around y Los Niños del Parque.

Sábado

El Pub, más grande que el diminuto bar de estilo inglés de anteriores ediciones, acogía las actuaciones de la carismática Andrea Parker y Automatic Tasty. La primera hizo un set de illbient, electro y dubstep lento, denso y ruidista; el segundo dejó de lado su faceta electro y por medio de todo el cacharraje –JUNO 60, SH-101, TR-707, etc.– hizo uno de los directos más interesantes del festival, dirigido hacia el house al estilo de La Haya con sus melodías y líneas de bajo arquetípicas. 

La estudiante de composición Holly Herndon, ahora centrada en el doctorado que desarrolla en la Universidad California, aportó la música más vanguardista, compleja y revolucionaria. Fascinada años atrás cuando descubrió en Berlín las posibilidades de la electrónica, con su particular discurso está ampliando las fronteras de estas músicas, en constante evolución, mediante la adopción de una cuidada estética que bebe del inmenso campo de redes que supone Internet. Irreverente ante las convenciones académico-musicales, para ella los paquetes de información que viajan a velocidades lumínicas pueden ser traducidos, como una fuente inagotable de sonidos, a ritmos, texturas, timbres y píldoras melódicas pop. 

En esta ocasión se trataba de un directo especial según los textos introductorios –“because is a big live”–, sumándose la voz de un tercer miembro que, además de apoyar el repetitivo canto entre ingenuo y angelical de Herndon, dio pie a un par de momentos de virtuosismo vocal psicodélico a la manera de Amon Düül. Las adictivas visuales plantean diferentes escenarios, unos reales y otros imaginarios e infinitos, en los que se introducen figuras en diversos planos, desde formas humanas sin profundidad a escaneados y modelados 3D. Mientras, para aportar dinamismo, van incluyendo entre temas textos escritos en tiempo real –y con la webcam encendida– bajo una mirada tecnológicamente humorística. Y todo ello con un potentísimo sonido que en más de una ocasión hacía que se te moviese hasta el pelo. Centrada principalmente en su último álbum –el directo comenzó con Interference, para continuar con otras como Chorus o Morning Sun– pero sin renunciar finalmente a un beat cada vez más marcado, construyó su original universo musical, aquel que reformula los fundamentos de diversos estilos, del ambient al techno. 

Tras los veinte minutos que supuso el cambio de escenario, comenzó el cabeza de cartel más sonado de todo el festival: Thom Yorke, el divo del rock alternativo. Él es propietario de una de las voces más singulares de la historia del rock, de amplio rango vocal –en torno a las cuatro octavas– y con ese característico falsete tan delicado como vibrante que le permite efectuar cambios de color distantes, de lo grave a lo agudo. El plan general alterna piezas rápidas y baladas ingrávidas que incitan a cerrar los ojos y dejarse llevar –como la flotante y preciosista Nose Grows Some– apoyadas por impactantes imágenes de nebulosas y diversos cuerpos lumínicos en movimiento que viajan de un lado a otro de las tres pantallas. Tres fueron los participantes: Thom Yorke, también con guitarra, otro más con portátil y alguna máquina y otro más para las visuales. El directo sirvió para despedir el proyecto Tomorrow Modern Boxes con un volumen ensordecedor, por lo que el setlist fue el mismo que el de anteriores ocasiones: inicio con The Clock, otras del mismo disco de 2006, Eraser, como Black Swan o Cymbal Rush; varias piezas de Tomorrow Modern Boxes y un par bajo el seudónimo Atoms For Peace, como la que da nombre el disco, Amok, o la atractiva y extraña Default para finalizar. 

A día de hoy hablar de joven promesa para referirse a Objekt suena a tópico manido. Pese a sus 29 años, las sesiones del DJ británico afincado en Berlín, cada vez más compactas y menos alargadas en sus extremos, no dejan indiferente a nadie. Ahora la macroestructura está más calculada, como un mosaico formado por diversas piezas conectadas tanto cuantitativa como cualitativamente y desarrolladas en pequeñas oleadas. Combinando ritmos, técnica, selección minuciosa – por ejemplo, la oleada final comenzó con el hipnótico y resonante UK74R1405036 de Aleksi Perälä, perteneciente al tercer número de la serie Colundi– y coherencia de forma pasmosa ofreció un set de cariz principalmente techno pero aderezado, algo típico en él, con electro, que esta vez se hizo esperar más de lo habitual.

Tras comprobar que Ceephax sigue siendo el personaje idóneo para someterte a un vapuleo físico mientras el técnico de luces se lo pasaba pipa, comenzaba el cierre –a última hora Move D anunció, debido a la baja de Steffi, que cerraría el escenario FACT con un set especial de los 90 a partir de discos que acababa de adquirir en el stand de vinilos del festival– de Jeff Mills. El astro más importante del techno, aquel que ha logrado difuminar las a veces difusas y deletéreas líneas que separan la música popular de la académica, vio su tiempo recortado media hora a causa de los cambios de escenario. Pero dio igual. En un símil futbolístico, el extraterrestre ha modificado su juego al igual que Messi: ha ampliado el campo de acción sin renunciar a sus raíces, moviéndose a su antojo. El viaje, que conecta la jungla con lo cósmico, estuvo aderezado desde el principio por su instrumento fetiche, la TR-909. De vuelta a casa un compañero de viaje me comentaba que tal vez lo mejor era no salir más, porque tras veinte años Mills sigue siendo el mejor. Pensándolo bien, eso significa que no podemos estar en vilo, que tenemos una especie de guía: cuando sus manos se ponen a trabajar, el techno se expande al igual que el universo. Luego, en el “after”, de 6:00 a 10:00, Scottt Fraser y JoeHart hicieron una sesión idónea para aquellas horas de house, uk garage y techno de influencias claramente británicas.

Domingo

El último día del Bloc, que siempre es el más corto, estuvo dedicado principalmente al Segundo Verano del Amor y la era rave. En el escenario Jak, una especie de bar, Billy Nasty hizo una sesión de acid, tanto añejo como actual –sonaron varios Gesloten Cirkel. DMX Krew –que esperábamos hiciera directo– aportó, mezclando velozmente, hits de los estilos característicos de los años inmediatamente anteriores a los 90 con un final, según me contaron, tendente al hardcore. Jerome Hill, que influenciado por el contexto tal vez echo mano de demasiados clásicos, exprimió mediante su exquisita técnica de turntablism el techno, el breakbeat y el acid, amén de una mezcla de las que te dejan en el sitio que unió Substance Abuse –lo que significa que Richie Hawtin hizo acto de presencia musicalmente hablando, porque la gente se pasó por el forro la temática de los disfraces de este año– con Mind You Don't Trip. El plato fuerte llegó con Altern 8.

Cuando vas a ver a Altern 8 quizá sea todo previsible. Quizá incluso conozcas cada uno de los temas. Pero de eso se trata: ellos son los que tienen la autoridad para hacer un homenaje a una etapa única. No encontramos mejor forma de despedirnos del Bloc que acudiendo a la radio fórmula de himnos del hardcore, aquel estilo que logró que música electrónica y cultura de masas se uniesen hasta nuestros días. Era música exenta de pretensión. Era música que buscaba darte una satisfacción instantánea. Era música para levantar los brazos durante largas horas bajo el influjo del éxtasis. En ningún otro momento del festival una sala se tornó en semejante caldera, alcanzando un calor casi insoportable. Hubo llantos. Y gritos. Y cada tema fue cantado como si fuese el último. Para nosotros el festival termino allí. Después, Omar-S, encargado de cerrar oficialmente el festival durante tres horas, dedicó la última media hora al techno duro y seco de los 90, utilizando varios de los temas de su podcast para Resident Advisor. Por suerte, se alargó media hora más en clave house: la última mezcla del festival, que no llegó al minuto, combinó la voz de Colonel Abrams con It's Money in the D. Esbozando una sonrisa entre agradecida y nostálgica, finalizaba la década del Bloc. Esperemos que vuelva pronto. 


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