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In-Edit 2014: BCN, ¿Sello discográfico?

El estreno de BCN, ¿sello discográfico? en la presente edición de In-Edit se convirtió en un acontecimiento social que congregó a lo más granado de la escena barcelonesa que copa actualmente el atomizado circuito de Dj de Barcelona (incluso algún Dj que no aparece en los títulos de crédito se dejó caer por las dependencias del cine Aribau 1). Y es que había expectación por ver el resultado final de esta simpàtica foto de familia en la que, si algo deja claro, es que los miembros de la misma conforman un conglomerado bastante bien avenido. Como bien dice el periodista Javier Blánquez, su outfit con gorra entre lo más comentado del metraje, se han acabado los tiempos en los que los clubs parecían coto privado para los residentes de turno que defendían su territorio con uñas y dientes. Actitudes egocéntricas algo provincianas, combinadas con algunas decisiones empresariales algo mafiosas, nunca antes vistas por estos lares, como los de la dichosa exclusividad con tal o cual artista. Por poner dos ejemplos: Nitsa por fin programa a valores nacionales y Moog se ha quitado de encima un antiguo régimen que ha dado como resultado una variada programación donde no faltan nuevos nombres del techno local. Las escenas se entremezclan y cada vez es más complicado desbrozar las fronteras entre tu propio territorio y el resto. Porque la guerra ya no se despliega en los clubs, más bien en esa dimensión amplia y difusa que es el mercado infinito que propone internet. Y a ese campo no se le pueden poner puertas, ni hablar de escenas acotadas que valgan.

Había mucha expectación en el cine de la Gran Via mezclada con algo de temor ante la bisoñez de las realizadoras, Alicia Álvarez y Isabel Francoy -ninguna de las dos son barcelonesas de pura cepa precisamente- que echando mano de su exultante juventud y por tanto de cierta osadía emprendieron una empresa arriesgada y hercúlea de la que salen bien libradas por ese esfuerzo maximalista, tirando de unos medios minimalistas -un iPhone y un Super 8 que no sé si darán para grandes aventuras en un medio como televisión que posiblemente les compraría el producto, me comenta a la salida un  técnico de sonido- que nos ofrece un caleidoscopio de opiniones que da como resultado un fresco coyuntural (muy fresco) que hoy es así y mañana ya veremos (sin ir más lejos, alguna apreciación del documental queda anticuada y eso que la película ha sido producida en un tiempo récord para poder entrar en los plazos del festival documental barcelonés que, por cierto, también debería apuntarse un tanto en el buen momento de la escena barcelonesa).

El documental prometía desvelarnos las posibles claves del sonido Barcelona, atendiendo a sus características geográficas y urbanísticas que ponen el acento en la falta de espacio como telón de fondo de una escena constreñida en muy pocos metros cuadros -impagables algunas apreciaciones de especialistas en el tema que incluso conocen las particularidades del techno de Ángel Molina- si es que ese sonido en realidad existe que parece que según los múltiples testimonios que desfilan por pantalla durante los tres cuartos de hora, pero el resultado final no lo deja demasiado claro. Es lo de menos. Barcelona es una marca en la que caben muchas propuestas y todas suman para competir contra una verdad que Pere Solé de Downliners Sekt nos espeta en un francés perfecto: si los responsables de los clubs no apuestan de nuevo por potenciar el sonido de sala, todo lo que los productores preparen en sus dormitorios o estudios se verá reducido a muy poca cosa. Problema de base que no depende tanto de los protagonistas como de los propietarios que conciben la noche sin música a una calidad decente.

El proceso de creación del propio documental es además un ejemplo de manual de lo que entendemos por crowdsourcing (proyecto que también se empezó a cimentar en un crowdfunding en Verkami) o de red de relaciones bien aprovechada, accesible, en el que cada uno de los elementos exteriores se une al empuje inicial para poner su granito de arena para que el proyecto acabe resultando lo más decente posible, pese a esas reticencias iniciales ya desde el título. Barcelona es ya una marca, se ha convertido en la mejor tienda del mundo... Ahora falta ponerle el sello. Sea como fuere, la grabación de toda la pieza es un claro ejemplo del buenrollismo imperante entre los miembros de una escena que ya no es pionera en esto del clubbing y los Dj. Y se nota que ese discurso ‘apropiacionista’’ ya no es importante entre los jóvenes que protagonizan la noche barcelonesa. A todos, en menor o mayor medida, se les ve orgullosos de formar parte de un grupo de gente que hace música sin necesidad de aparecer en publicaciones o medios (una opinión importante que las más de las veces aparece despojada de estímulos mediáticos infoxicadores). Ya no se trata de poner banderas en la luna. Se trata de dar forma a la banda sonora de nuestras vidas de la manera más orgánica posible. Cosa nada fácil en una ciudad donde empieza a faltar el aire. Y en eso están. En eso estamos. Ahora toca pedir que la autocomplacencia no empañe el camino andado.  

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