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In-Edit 2013: The Sound Of Belgium

Escrito por David Puente | Publicado el 29.10.2013

Si viviste los 80 en plenitud de condiciones es posible que salgas de The sound of Belgium con una protuberancia en la entrepierna bastante considerable. Es lo que tienen estos “frescos” que intentan reflejar el espíritu de una escena. Pantalla grande y sonido en condiciones para disfrutar de la que ha sido la música más sexy del planeta: sonido arrastrado como la cópula de un reptil armado con riffs morbosos que podía escucharse toda la noche durante horas en locales como Boccaccio o Popcorn y sin necesidad de drogas (que las hubo en grandes cantidades porque el fenómeno coincidió con la “democratización de las drogas”). El new beat original se disfrutaba mejor a la mitad de velocidad que es como se pinchaba el Flesh de Split Second, tema fetiche del sonido arrastrado. New beat es igual a la diversión Made in Belgium. La cultura propia de un país que busca reconocerse a sí mismo y que llegó a ser cruce de caminos para media Europa como lo fue Valencia para toda España en fechas muy parecidas (así como la importancia de los coches y las carreteras en el desarrollo de la red de clubes que se fue tejiendo por todo el país). Pero si lo que buscas en The sound of Belgium en cambio es un documental de tono arty bien estructurado y mejor documentado entonces este repaso de Jozef Devillé te puede desilusionar un poco por irregular y poco riguroso con la cronología. Pero el tono embarullado y poco riguroso de la peli encaja como un guante con la filosofía de un movimiento musical que en realidad era un pastiche de muchas con el que Bélgica, se supone, dominó el mundo electrónico de mediados de los 80 a mediados de la década siguiente con productores anónimos (“el new beat es una música producida por ingenieros de sonido”) que se hincharon a bajarle el pitch a temas que se habían quedado en el limbo de la popularidad y que acabó cediendo el testigo a sellos como R&S y productores con firma como CJ Bolland o Joey Beltram que entonces jugaban como "asimilados" belgas.

Llama la atención ya de inicio la introducción algo extensa en la que se intenta contextualizar históricamente el fenómeno y en la que sobretodo se recalca la idea de que Bélgica es un país que está en medio, como el jueves. Vamos que ha sido paso estratégico para los ejércitos que querían dominar el centro de Europa y campo de batalla hostil para militares imbatidos como Napoleón. Un país pequeño y artificial que, no olvidemos, es capaz de funcionar sin gobierno durante un tiempo récord. Un país donde se ha trabajado mucho para salir de las ruinas de las dos guerras mundiales Y en el que se ha festejado más duro aún para combatir el gris de sus cielos (“los días en Bélgica son grises, las noches esplendorosas” o algo así se dice en el documental). Un país que se inventó un sucedáneo de sonido que al final resultó ser tan excitante que se convirtió en rotonda para otros sonidos que marcarían los 80 como la EBM (de la que se habla más bien poco aunque se escucha de fondo a Front 242) y que fue dinamizador clave para algunos de los productores rave ingleses (aparecen tantos ingleses en el documental como belgas y algún escocés como Keith McIvor de Optimo que es actualmente uno de los mayores garantes de este sonido con algunas incursiones, reedits y reediciones en su propio sello y nos habla de lo reconocible del sonido belga y Keb Darge, uno de los mayores headz hunters del northern soul, que aparece como de repente en pantalla sin mucho ton ni son para hablar de cómo aquellos hijos de puta de los belgas compraban en los 70 todos los discos raros que tenían a tiro de soul). También dio como resultado a engendros como Confetti’s o el Yo Yo de Plaza que se convirtieron en la cara del new beat (aunque el rostro del new beat en la película sea el de Nikkie Van Lierop de Lords of Acid que luce mejor que en los 80 y que no tiene pelos en la lengua para reconocer que el playback era ágil y muy funcional si tu objetivo era actuar en la mayor cantidad de clubs en una misma noche y cobrar buena suma por ello, claro). En resumidas cuentas, un documental que es un rompepiernas en forma de subida acelerada a los picos del clubbing con la creación de macrodiscotecas con Bocaccio a la cabeza como banco de pruebas en el que se podía llegar a probar in situ hasta dos veces un mismo tema que estaba aún a medio producir. La locura conllevó un esperado descenso al infierno de la mediocridad que en tan solo un par de años acabó campando a sus anchas entre tanto clon y tanta fórmula machacada. El resto es historia. El techno cogió el relevo y ahí los belgas contaban con varias cabezas de ventaja que acabaron desperdiciando con el tiempo. Y eso que unos cuantos ingenieros sin nombre habían conseguido destronar en los charts a La isla Bonita de Madonna. Pero la felicidad es efímera y sólo se aprecia por el espejo retrovisor. Para entonces el abultamiento ha bajado en intensidad pero ha vuelto a arreciar el mito. (7/10).

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