Especiales

Monegros Desert Festival 2013

Monegros es un combate de boxeo. Una pelea visceral contra el púgil más grande, pesado y potente que puedas imaginar. Atraviesas a pie las extensas y polvorientas hectáreas del parking y se te acelera el pulso sin remedio. Una vez que te ponen la pulsera y cruzas la entrada, estás perdido. Monegros te coge desde el primer minuto y te pega, unas tras otra, dulces hostias en la cara. Sin descanso, sin tiempos muertos, sin posibilidad de tirar la toalla. No te suelta hasta el doceavo asalto (a la mañana siguiente, con el sol abrasándote la conciencia), en el que estás exhausto, con la mandíbula bailando samba, la nariz empapada en sangre y los ojos en blanco nuclear. Estás KO, pero el dolor se convierte en placer. No hay nadie que pueda con Monegros, nadie puede doblegar su furia. Y una vez te has medido a él, la experiencia te cambia para siempre.

Es interesante analizar el punto en el que se encuentra la rave por antonomasia del territorio español, la cual este año ha congregado a más de 38.000 personas procedentes de más de 60 países (aparte del mayoritario público nacional hay muchos franceses e italianos). A las puertas de su vigésima edición, y con el objetivo deseado y declarado de contar con Daft Punk como cabeza de cartel, Monegros Desert Festival vive un momento dulce. En las últimas ediciones, el evento promovido por la familia Arnau ha conseguido definir todavía más su personalidad (esa mezcla de macro-rave techno y espacio de fantasía, locura y libertad, como si de una Burning Man ibérica se tratara), convirtiéndose en un festival-desafío de 20 horas que te deja sin aliento y sin energías, pero en el que se respira un ambiente único. Ya sea delante de los escenarios o en mitad del recinto, la efusividad y la entrega del público es total. Puedes ver a un grupo de colombianas luciendo los colores de su país abrazándose con un chaval disfrazado de conejo, un colgado con una máscara anti-gas hacerse una foto con un tipo vestido con una camiseta de "Mariscos Recio", gente con la cara pintada y el torso desnudo bailando exultante en una reivindicación absoluta del libre albedrío. Habrá quién diga que lo que importa es la música, pero conseguir tal atmósfera de sano delirio, esa desconexión total con la realidad, es uno de los puntos fuertes de Monegros.

Este año la programación se ha concentrado en 4 escenarios. Los justos y necesarios si se me permite opinar (en anteriores ediciones llegaron a programar hasta 8 espacios). El escenario estrella fue el apadrinado por Burn, marca que nos invitó a vivir junto a otros compañeros periodistas la experiencia del desierto. Por el imponente Burn Main Stage desfilaron los grandes cabezas de cartel y es allí donde presenciamos, a una hora muy temprana, una de las sesiones más epatantes del festival. El culpable: Dave Clarke. El británico no conoce el significado de la palabra warm up. A las 19h de la tarde cogió los mandos del Burn Main Stage y puso en ebullición a la multitud que se congregó frente a él. Techno arrollador por encima de los 130 bpm's, a ratos rugoso, a ratos metálico, siempre de barniz old school; dibujado con su trazo grueso y dinámico, y adornado con sus inconfundibles juegos de faders y atronadoras ráfagas de ruido blanco. No sé cómo lo hizo, pero sonó muchos, muchísimos, db's por encima del resto de dj's y bandas que pisaron el escenario después de él. Fue un arranque brutal. Horas después, al amanecer, el techno también fue el sonido predominante e ideal para esa franja, con el live de Ben Sims, la actuación de Len Faki y la sesión del residente más duro de Berghain, con permiso de Dettmann: Ben Klock. Un dilema para los techno-heads porque al lado actuaban de forma consecutiva Surgeon y Óscar Mulero en la carpa San Miguel.

En el escenario de Elrow, Tale Of Us también estaban ya rodando en quinta marcha a horas tempranas, allanando el terreno a base de vigoroso tech house a un Marcel Dettmann que, sin lugar a dudas, está certificando su ascenso a la liga de los grandes dj's mediáticos. Y lo bueno es que lo está haciendo siendo fiel a sus formas y a su discurso. Seco, duro, áspero como un trago de lejía. Los imponentes árboles psicodélicos levantados por el artista sudafricano Carin Dickson que adornaban Elrow Stage temblaron como flanes con la descarga del alemán. Tras él, y en el prime time del festival, actuó un all-star de los dj's más importantes del momento en Ibiza (y parte del globo): Joris Voorn, quien ya abraza por completo el tech house de tonos vivos y ritmos tribalistas; Loco Dice, quien además de una buena selección de corte house tiró de carisma para incendiar la pista; y el siempre solvente Marco Carola, con su house de rebozado techie, y su porte hierático y marcial. Así pues, cuando Luciano tomó el mando, la pista estaba como una gata en celo: caliente y dispuesta. El chileno bordó una sesión chispeante, marca de la casa, muy bailable y fresca, con tramos latinos y africanistas, y en la que no dudó en incluir material de propia cosecha como la adictiva Los Niños de Fuera. Fue uno de los grandes momentos de la noche. Justo a la derecha de Elrow Stage se encontraba la carpa Bacardi, un enclave para los más valientes, aquellos con el oído educado a los ritmos rápidos y frenéticos. Hardtechno, schranz y derivados a cargo de artistas emblema del festival y de la historia reciente de Florida 135 como la reina nacional del corte y el crossfader, Fátima Hajji, el icónico Frank Kvitta, quién este año actuó en formato Live, o Pet Duo.

En el Burn Main Stage, la sesión de Justice fue un bálsamo, una cura a base de algodón y mercromina, tras la paliza que nos metió Dave Clarke. El contraste fue absoluto, pero muy agradable, ya que los franceses ofrecieron una sesión (buena parte de ella bajo la lluvia) que combinó algunos de sus hits con electro de vocación indie y muchos clásicos de la cultura popular en modo Jukebox: Del Windowlicker de Aphex Twin al Rasputín de Boney M, del Get It On de T-Rex al Move Your Feet de Junior Senior. Con ellos se vivió uno de los momentos más delirantes del festival. Monegros se convirtió en el reverso oscuro de Disneyland, cuando Justice pincharon el Be My Baby de las Ronettes y un enorme dragón metálico de color fuego irrumpió en escena paseándose desafiante entre los asistentes. Se trataba de un engendro de La Fura del Baus. Y es que es un gran acierto la apuesta de Desart. En su segundo año de existencia, la programación teatral de Monegros ha contado con las actuaciones y performances de colectivos como Comediants, Planete Vapeur (Francia) o Close-Act Theatre (Holanda). Resulta estimulante dejarse llevar por las imágenes y personajes que uno se va encontrando por el recinto, hacen que la experiencia se convierta en un viaje alucinado y de tintes oníricos: Un enorme caballo metálico cabalgando entre la multitud, dos monstruos alados pilotados por un enano, una pléyade de piratas con rostros monstruosos mezclándose entre los asistentes... El que se comiera un tripi debió pasarlo putas. O no.

Siguiendo con el repaso a los triunfadores del festival hay que mencionar a Public Enemy y Vitalic, ambos programados en la carpa San Miguel. Los norteamericanos ofrecieron un show extenso en minutaje y plagado de guiños a lo mejor de su discografía, con una gran respuesta de la audiencia, lo que demuestra el firme matrimonio de Monegros con el hip hop (también, aunque en menor medida, con el dubstep y la bass music más espumosa liderada este año por Nero y Feed Me). Aunque la cuota sea pequeña, siempre es muy bien recibida. Duo Kie y los hermanos Tote King y Shotta, contaron también con el favor del público, sobre todo los segundos, quiénes intercalaron repertorio. La de Vitalic fue, probablemente, una de las actuaciones más celebradas. Pascal Arbez venía a presentar las nuevas canciones de Rave Age, su último álbum, aunque ofreció enérgicas remodelaciones de sus hits pretéritos (My Friend Dario, La Rock 01, Second lives), en un derroche de sintes maximalistas y ritmos desbocados. El resto de cabezas de cartel contaron con distinta suerte y repercusión. En el caso de Underworld, no gozaron del favor mayoritario del público pese a su digno show. Siempre han sido una banda personal, ofrecen diferentes ritmos y niveles de energía en sus directos, y has de conocer su cancionero para disfrutar de su propuesta. Eso sí, Born Slippy la corearon hasta en la caseta de Telepizza. No pasa lo mismo con The Bloody Beetrots, ese cruce (im)posible entre Fugazi y Prodigy con guiños al electro histérico de coordenadas francesas, su show híper-efectista y salvaje conecta enseguida con la audiencia. Lo cierto es que actualmente no tienen competencia en su nicho sonoro, además de que saben integrar a la perfección en su discurso los elementos clásicos del rock con las posibilidades de la electrónica.

A nivel de infraestructuras Monegros aprueba con nota. La acústica de los escenarios es excelente y el tamaño del recinto muy asumible: no hay que caminar largas distancias. Eso sí, como en casi todos los festivales que servidor ha pisado el principal aspecto negativo es el de los servicios: insuficientes, poco cuidados y desprovistos de papel higiénico. Algunos asistentes también reclaman más espacios con sombra para refugiarse cuando el sol hace acto de presencia... Pero Monegros es así, un desafío que hay que aceptar con sus pros (la oferta musical, el ambiente de diversión y libertad) y sus contras (la incomodidad del enclave, el excesivo e intimidatorio control policial fuera del recinto, la demonización del festival por parte de la prensa generalista). Un desafío que, sin embargo, vale la pena repetir año tras año (sin miedo y a pecho descubierto) aunque acabemos con un puñado menos de neuronas y lamiéndonos las heridas durante toda una semana.

Más información
Web oficial: Monegros Desert Festival

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