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Especial: In-Edit 2010

Escrito por David Puente | Publicado el 08.11.2010
Una edición más del festival Beefeater In-Edit que va camino de convertirse en una institución en Barcelona en materia audiovisual. El gran volumen de demanda de entradas testifica un interés por el formato documental musical que parecía soterrado hasta que la gente de En Silencio decidió apostar por este festival que ya lleva ocho ediciones, todas ellas con un salto exponencial de público apreciable respecto a la edición precedente. Eso por lo que hace referencia a los números, en cuanto al nivel artístico pues lo de cada año. Unas películas muy bien, otras regulares y el resto, por suerte residual, que no aporta demasiado a esclarecer el objeto a documentar. En esta edición de 2010 los premios nacional e internacional se lo reparten Venid a las Cloacas: La Historia de La Banda Trapera Del Río y High On Hope, el relato de las fiestas warehouse en el norte de Inglaterra. Dos historias que, como bien dice la organización, parten de una premisa en común: la reacción de la calle a un medio que les resulta hostil. Ambas películas están reseñadas por suerte en este report junto a las otras ocho películas del bonus de 10 a que daba derecho la acreditación. Se nos quedó alguna en el tintero como la estruendosa Lemmy (Greg Olliver & Wes Orshoski/EE.UU./2010) que apuntaba a favorita por lo atractivo del personaje, la vida de uno de los fundadores de Motörhead, y alguna otra que tendremos que visionar en otra ocasión. A veces elegir las películas que pueden interesar a tus lectores no es un buen criterio de selección pero creo que de todas y cada una de las películas se puede extraer algo interesante. Es lo que ocurre cuando la vida asalta la pantalla.

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William S Burroughs: A Man Within
Yony Leyser - United States – 2010 – 88’

La historia oficial dice que los años 50 en EE.UU. fueron años de bonanza después del tsunami que supuso la finalización de la Segunda Guerra Mundial. La clase media estadounidense pudo comprarse por fin la deseada casa unifamiliar con piscina en esos barrios residenciales de las afueras de las ciudades del país. Pero la historia también se puede contar con letra pequeña y como nos recuerda el iconoclasta realizador John Waters fueron tiempos terribles en cuanto a estandarización de gustos y criterios. Un movimiento literario encabezado por escritos que intentaban dinamizar un movimiento de liberación espiritual se colaba por las rendijas de la contracultura norteamericana. De entre ese grupo de iluminados insatisfechos destacaba la presencia de William S Burroughs que fue el primero en hacerse famoso por hacer de notario maldito de aquello que la sociedad bienpensante intentaba esconder. “La pasión por la muerte que rezumaba Burroughs en sus escritos era lo que realmente asustaba a la moral del país”, comenta Laurie Anderson que estuvo muy ligada al movimiento beat (movimiento del que, por cierto, apostató Burroughs que durante toda su vida luchó a contracorriente por escapar del cliché comunal tal vez “por ser incapaz de sentir apego emocional con sus semejantes”). Otra de las musas del movimiento, la cantante Patty Smith nos recuerda que fue la música la que se interesó por el creador de El almuerzo desnudo y no al revés: “Palabras como heavy metal o Blade Runner cobran vida una vez fueron escritas por el mismo Burroughs”. El frontman de Throbbing Gristle y Psychic TV, el andrógino Genesis P. Orridge, también aparece ante nosotros para hacer hincapié en otra de las grandes obsesiones del escritor, “el control social y como cortocircuitearlo”. Su obsesión por el control social le llevó a un descontrol personal en el que las drogas jugaron un papel muy importante. En el documental de Yony Leyser se nos explica que el “jaco” se convirtió en una droga cool después de que las nuevas estrellas de la literatura como Burroughs la utilizara como válvula de escape y como arma arrojadiza contra el sistema (“en realidad Burroughs veía la heroína como otro elemento de control ya que inutilizaba la voluntad de la persona”). En realidad la película nos va mostrando las contradicciones del escritor en relación a sus obsesiones: La posesión de armas de las que Burroughs era un enamorado, su atracción por las serpientes que casi le cuestan la vida, su relación intelectual con otro coetáneo del existencialismo como Allen Ginsberg que escondía una atracción sexual no correspondida y, por consiguiente, su cacareada homosexualidad que decide camuflar con un matrimonio con una mujer que acaba matando mientras jugueteaba con una de las armas de su extensa colección, su desapegada y algo cruenta relación con su hijo Billy que acabó muriendo alcoholizado… En resumen, una vida de excesos de un hombre que se empecinaba en ser libre. Pero descuidó hasta muy al final de sus días lo más importante, que uno sólo puede ser libre con amor. “El amor es el gran calmante de este mundo” hubiera sido un buen epitafio para su tumba.



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Johnny Mercer: The Dream's on Me
Bruce Ricker, Anthony Wall - United Kingdom – 2010 – 100’

Nos salimos de le temática más urbana del festival para introducirnos de la mano de Clint Eastwood en la carrera de uno de los letristas más prolíficos de la canción ligera norteamericana de mediados de siglo pasado. Harry El Sucio reconoce al compositor John Williams que nunca conoció a Johhny Mercer pero que su música le influenció sobremanera, en realidad como a tantos otros estadounidenses de clase media. El creador de la letra de filmes como Moon River, Charada y Días de vino y rosas forma parte del gran cancionero americano con canciones en las que se habla de la nostalgia del hogar y por ende de los campos de la América profunda (“Georgia on my mind”). Pocos documentos podrían hacer más por la causa nacionalista norteamericana que este The Dream’s on Me que es también una oda a la tradición literaria sureña con Flanner O’Connor, Faulkner, Truman Capote y Tennesse Williams como caras visibles para el gran público. La improvisación típica del sur de los EE.UU. –“mezcla de escocés, irlandés y africano”- encuentra en Mercer su gran aliado. Sus orígenes fueron muy diferentes a los de los compositores pertenecientes al show bussiness neoyorquino con el jaz, el blues, el country y el jazz como materias primas de su literatura (“yo soy hijo del gramófono”). Pocas películas ponen el acento en la creación de las letras del cancionero. El oriundo de Savannah tenía mucho en común con los creativos publicitarios: la clave de su éxito estriba en ganarse al público con una frase. Para Mercer las palabras eran maravillosas y por eso prefería complicarse la vida para conseguir la rima perfecta. En un nuevo salto cualitativo de su carrera –en los 50 el gran mercado cinematográfico importaba a los letristas conscientes de la importancia de una canción para que la película tornase en éxito- y consiguió ganarse el corazón de la industria. Supo describir la banalidad fatua de Hollywood de una manera inocente, feliz y sin estridencias. Henry Mancini que no tenía experiencia como letrista convenció al director Blake Edwards para que ficharan a Mercer como redactor de la eterna Moon River. Y entonces fue cuando Johnny consiguió entrar en los anales del cine. Se convirtió en el autor de la canción melódica que permanece en el tiempo y en los corazones. Tal vez tenga algo que ver que él mismo se declarase un tipo pasado de moda: “No me gustan las cosas que están de moda”. Y es que según que sueños, tal vez los más grandes y hermosos, también pasaron de moda.



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Venid a las cloacas: La historia de la Banda Trapera del Río
Daniel Arasanz - Spain – 2010 – 90’

“Un rockanroller no puede estar gordo como Miguel Ríos, tiene que estar chupado de vicio”. Se acabó la fiesta en Barcelona. Llegan los punks con su Banda Trapera del Rio para expresar la insatisfacción de una generación que vivía en los primeros bloques de pisos verdes del extrarradio de Barcelona. Finales de los años 70, llega la democracia y a muchos les pilla sentados en un banco cualquiera de una plaza despersonalizada de la ciudad satélite de Cornellà, en pleno Sant Ildefons. Un no lugar que vive de espaldas a Barcelona. O mejor dicho que los centros de poder en Barcelona ningunean porque están más preocupados de salir en la primera foto oficial de la democracia. El sonido de la periferia gasta mala leche y rabia ante un futuro que empuja a delinquir. Pero en la periferia, pese a lo que muchos piensan, también se crea. Se trapichea, es cierto, pero en ciudades dormitorio como Cornellà –“doce horas trabajando sin poder hacerte cargo de las obligaciones estudiantiles de tus hijos”- también puede nacer la banda más grande de punk de este lado del río Llobregat. O el futuro presidente de la Generalitat. El frontman del underground plebeyo Morfi Grey y lo suyos deciden salir de las cloacas para cubrir ese hueco rockanrollero que deja con el culo al aire a la mojigata transición (y que el discurso oficial quería cubrir con propuestas como Miguel Ríos y Ramoncín (“en realidad un pijillo farsante”) con unos berridos que todavía hoy resuenan en ese cabreo eterno y en espiral que se ha convertido en santo y seña de la ciudad de Barcelona. Uno de los “traperos”, el inimitable “Raf” Pulido lo deja bien claro desde el principio: “Barcelona era anti-trapera porque nos consideraban unos kinkis y unos “charnegos” analfabetos. Pero aún así se convirtieron en la pesadilla de la cançó catalana, los restos de hippies que venían de “Barcelona era una fiesta” y de toda la burguesía catalana. Y de su manager de por entonces: “Llegar a un local, tocar y cobrar era imposible con La Banda Trapera. Siempre acababan a ostias con el público”. Aún así consiguieron un contrato editorial para grabar su primer álbum en un sello tan “carca” como Belter con Los Pajaritos y Parchís en su discografía. ¿La razón? Una vez llega la descompresión con la democracia los sellos se afanan por buscar lo que “molaba”. Y los traperos no es que molaran, es que eran más auténticos que Kaka de Luxe que, por otro lado, anticipaban el desparrame new wave más superficial de la movida madrileña. La grabación del disco demostró que La Banda era incompatible con los grandes estudios, su forma de tocar fundía los plomos de cualquier ingeniero de sonido. Y del templo de la música intelectual de Barcelona que por entonces encarnaba Zeleste. Pero a su vez, también dejan claro que la lucha de egos entre los miembros de un grupo no es sólo monopolio de bandas super-pop como Oasis, también hizo estragos en la banda de Morfi. Tanto como las drogas. Las contradicciones de la autenticidad. Las contradicciones del undeground. Las contradicciones de Barcelona.



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ON/OFF: Mark Stewart (Pop Group to Maffia)
Tøni Schifer - Germany – 2009 – 87’

Ahora que parece que la escena de Bristol vuelve a dar que hablar con su importante papel en la renovación del sonido dubstep y derivados, este documental a mayor gloria de Mark Stewart se convierte, de rebote, en un documento de plena actualidad. Aunque en realidad es el propio Mark Stewart el que llena la pantalla con su físico y su actitud de artista inquebrantable. El responsable de grupos como The Pop Group o Mark Stewart & The Maffia es, ante todo, un artista de y con principios. Como decía Ángel Molina al finalizar la película: “Ya era hora de que reivindicarán la figura de este chico”. De este chicarrón, diría yo. Y tiene razón el dj barcelonés porque, no por nada a Mark se le considera uno de los punks más ortodoxos de cuantos hayan pisado un escenario. El mismísimo Nick Cave hace acto de presencia en la pantalla para informarnos de que en 1979 en Inglaterra sólo había dos grupos que colmarán sus ansias de “sensaciones musicales realmente nuevas”: The Fall y The Pop Group. El citado periodista y téorico de la new wave, Simond Reynolds nos recuerda que The Pop Group además de mezclar el punk con el bajo del funk y la música disco, algo no muy bien considerado entre los integristas de entonces, “era uno de los pocos grupos que pensaban sobre el escenario”. Precisamente su advenimiento como artista llega justo en el momento en el que el punk deriva hacia formas más comerciales que a poco de entrar en la década de los 80 llevaban al movimiento a un callejón con una única salida: la estandarización y, por ende, la banalidad en el fondo de su discurso. Pero ahí estaba Mark para coger al punk por los cuernos y llevarlo a un plano social y reivindicativo con unas letras que hablaban de Camboya, en vez de hacerlo sobre las miserias del amor. En el documental se nos habla de la importancia de David Bowie en la base artística de The Pop Group y de todo aquel que en una ciudad gris como Bristol sentía el punk correr en sus venas antes incluso de que llegará 1977 con los Sex Pistols. El documental ON/OFF nos habla de Bristol y de su pequeño tamaño, vital para que las diferentes comunidades que desembarcaron en su populoso puerto pudieran tocarse, confluir, respetarse, embutirse en música. De toda esa melaza nacieron productos como por ejemplo el trip hop. De hecho, en una de las imágenes de la película se ve al propio Mark charlando amigablemente el estudio de Massive Attack con dos de sus puntales, Daddy G (“Mark era como un pulpo, llegaba a todas las escenas musicales que se estuvieran gestando en la ciudad”) y Robert del Naja. Los efluvios jamaicanos tan característicos del Bristol de los 70 y 80 también llegaron a las narices de un Mark Stewart que decidió aliarse con el ingeniero de sonido dub más importante de las últimas décadas, Adrian Sherwood. Así, cuando a finales de los 70 parecía que se iba a acabar el mundo con el punto culminante de la guerra fría, la invasión de Afganistán por parte de la URSS y la llegada de Margaret Thatcher, nuestro héroe Mark se dedicó a poner el solfa una nueva manera de hacer reggae, tan festiva como explosiva en lo social con The Maffia: “Lo político es hablar de coches y chicas como hace Bruce Springsteen. Yo no hablo de eso. Yo no hablo de política”. En realidad Mark quería formar un grupo lo suficientemente grande como para hacer llegar sus ideas al mainstream. Hoy en día muy pocos de entre el gran público lo conocen. Y aunque no entendemos muy bien que es lo que se lleva entre manos ahora con las Chicks on Speed y Patrick Pulsinger, no es óbice para que lo consideremos más grande aún que la vida.



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Brian Eno - Another Green World
Nicola Roberts - United Kingdom – 2010 – 60’

Brian Eno es un pionero de la música en mayúsculas. Quizá por esa razón se considera ante todo un cowboy. “Me encanta descubrir lugares en los que nunca ha estado nadie”, nos comenta con un inglés perfecto que da gusto escuchar. Su cuidado y reposado inglés es un bálsamo para el oyente. Casi tanto como sus producciones. “Empecé a componer porque quería construir una realidad más confortante”, por esa razón su música, ya desde sus primeros escarceos con el ambient en el seminal Music for the airports, contiene un plus que va más allá del escapismo y pone el acento en la sanación del que la escucha. El documental producido por la BBC nos adentra en los preceptos que empujaron a Brian Eno a dejar de lado el ruido estridente que suponía Roxy Music para adentrase en la música ambient (“dejar de lado ciertas cosas es otra manera de innovar, eso es el ambient”). Según el veterano productor inglés, de nombre real Brian Peter George St. John le Baptiste de la Salle Eno, la vida moderna nos empuja a potenciar esa falsa sensación de tenerlo todo bajo control. Pero por otro lado a los humanos lo que realmente nos gusta es vivir ese estado de trascendencia en el que precisamente hemos perdido el control y tenemos la sensación de que flotamos. A Brian Eno, que nace en el seno de una familia de carteros católicos, más que la música per se, lo que le interesa sobretodo es la comunicación. Brian Eno es un gran comunicador. Con la palabra, con sus gestos que tiene algo de curita, con sus sintes anómalos, con sus instalaciones visuales en los que todo cambia muy despacio... Por eso en la pantalla nos confiesa que ahora lo que más le preocupa es descubrir cual es el interés real de los jóvenes por la música. Para poder comunicarse mejor con ellos. Y ha llegado a la conclusión de que lo que realmente motiva a los jóvenes es compartir (“cuando yo era joven la gente se interesaba por la carga ideológica que poseía la música. Por eso me transvestía en el escenario con Brian Ferry y los demás. Ahora, es diferente. El éxito de fenómenos como los festivales se basa en la experiencia del intercambio entre los jóvenes”). Su estudio de la cibernética precisamente va en esa línea, en apariencia simple (“los simple puede llegar a evolucionar hacia formas complejas: el ser humano nace del cieno y eso nos hace más humildes”), descubrir qué es lo que nos ayuda en ese mundo de conexiones en el que vivimos. Y en ese mundo harto complicado Eno ha abrazado la causa gospel porque este tipo de música del alma te obliga a desprenderte del ego para alcanzar un todo que es nuestro universo. En definitiva, un documental que debería ser exhibido en clase de teología. La música al servicio de la espiritualidad. Un documental divino.


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Speaking in Code
Amy Grill - United States – 2009 – 94’

Mirada íntima puede, pero de reveladora nada de nada. Y a veces las miserias mejor guardarlas en casa no vayan a producir vergüenza una vez se revelen en público. La verdad es que muy mal tienen que estar las cosas en materia electrónica en EE.UU. para que salgan productos como este Speaking in Code que, por el tono ingenuo del mismo, pareciera se filmó hace diez años. La mirada ingenua de una pareja de norteamericanos locos del techno que está pasando por un mal momento sentimental – ella sugiere tener hijos pero él descuida sus obligaciones porque está obsesionado con montar un club de techno en Boston- produce movimientos de culo en los asientos hasta llegar a una sensación de irritabilidad total que va haciendo crecer la almorrana a cada metro de peli. El resultado de los contínuos viajes de la pareja de directores en busca del santo grial del techno europeo y la historia paralela en plan psico-drama arroja como resultado un documental demasiado afectado sobre la escena techno. Que además llega tarde. Quizá demasiado. Total que o yo no he entendido el código al que se refiere el título o la película parece más la justificación de un capricho de estos norteamericanos por conocer la escena de minimal europea en todas sus vertientes que un producto con fuste pedagógico: la visita a Jena el pueblo de la ex RDA de los “ewoks” Wighnomy Brothers (“en nuestro sello Freud Am Tanzem llevamos una gestión de lo más comunista”), las oficinas de Kompakt que parecen más tétricas que nunca con el jefazo Wolfgang Voigt abriendo el embalaje de unas cajas con promos mientras Tobias Thomas afirma que es un tipo muy currante (“todo el mundo aquí en Colonia quiere trabajar en nuestro sello” o “llevan un estilo de vida techno que yo también quiero seguir”), la oportunista aparición del periodista de Pitchfork Phillip Sherburne (“quiero ir a vivir a Barcelona porque allí tienen un estilo de vida techno que me apasiona”), el estudio de un hiperactivo Monolake (“Vivo rodeado de máquinas pero no descuido mis plantas que riego cada día”), la actuación de Modeselektor en el Sónar de Hospitalet con Miss Kittin todavía en el escenario ondeando la bandera con el logo del mono… Una manera como otra cualquiera de regodearse en una supuesta escena que parece más autocomplaciente que nunca… justo ahora que está a punto de despeñarse por un barranco de fondo infinito. A ojos de los europeos no debería pasar de un intento por legitimar continuamente el techno de una manera edulcorada, deslavazada, bastante alejada de la realidad del viejo continente... Un sinsentido vamos. Que se pare el tecno que yo me bajo.



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Upside Down: The Story of Creation Records
Danny O'Connor - Ireland, United Kingdom – 2010 – 101’

Érase una vez un sello de guitarras que tiró de cantera musical hasta convertirse en uno de las escuderías más influyentes parida nunca por la industria independiente británica. El documental que se estrenó ayer en el continente europeo durante la jornada del miércoles en el Festival Beefeater In-Edit, Upside Down, nos narra con un ritmo vertiginoso la ascensión a los cielos y posterior caída de Creation Records. El sello británico al que se le apareció el acid house en forma de éxtasis divino para combinar el indie con el dance contaba con un dream team que copó portadas y colgó carteles de no hay entradas: de los seminales The Loft a Jesús & Mary Chains pasando por House of Love, Primal Scream o Ride. Un sello que tuvo que vender su actitud pandillera par salir del caos de drogas y alcohol que lideró uno de los mejores ojeadores del la historia del rock: Alan Mc Gee. Un idealista como tantos otros en el mundo del rock – “no es que el rock sea banal, es que tiene tantos sueños que no puede cumplirlos todos”- al que se le fue la mano con el subidón. Antes de que llegará el colapso por combinación de drogas y éxito desmesurado se nos habla de la importancia de grupos como TV Personalities en la creación de la línea artística del sello y de la culpabilidad protestante típica de los escoceses: esa que dice que hay que trabajar para ser productivos en este mundo. ¡Y vaya si lo fueron! Protagonizaron el último arreón indie ante las murallas insalvables del fortín de las majors (“su propio orgullo de sello independiente les hace ver la vida en una sola dirección y eso les impide trabajar como una empresa grande”, comenta un ejecutivo del a casa Sony que acabó devorando al sello pequeño). Se nos da un somero repaso a lo “who is who” del papel de las bandas más significativas que pasaron por las multitudinarias oficinas de Creation Records. Con un punto y a parte en la trayectoria de unos Primal Scream -definitivamente su frontman Bobby Gilespie es el que mejor se conserva de todos los testimonios de esa edad dorada del brit pop- que con su tema Loaded y la mano de Andrew Weatherall consiguieron fundar el indie que se podía bailar. De a grabación del totémico álbum Loveless de My Bloody Valentine se nos dice “que fue una pesadilla porque su líder Kevin Shields sufre la enfermedad del perfeccionismoque le impide acabar un trabajo”. De Teenage Fun Club se nos comenta “que era aquel grupo escocés que quería sonar norteamericano”. De los Super Furry Animals se explica “que eran una banda de anarquistas galeses a los que se les recomendó que cantarán en inglés para que tuvieran mucho más éxito”. Y entonces llegó Oasis y todo saltó por los aires. Porque los hermanos Gallager eran más grandes que Dios y no tenían cabida en una familia disfuncional con un tipo “peligroso” al mando al que encima se le iba la castaña con su coctel de sustancias prohibidas. Una película para muy fans del sello y toda su cohorte de grupos, pero que al acabar 1) te entran ganas de recuperar toda su discografía y b) de montar un sello. Aunque sea disfuncional. Nunca se sabe. Y si la cosa falla ahí estará Sony para echarle la culpa..



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High On Hope
Piers Sanderson - United Kingdom – 2009 – 72’

Hubo un tiempo en que la siniestra ciudad de Blackburn se convirtió en una fiesta (por lo menos mientras pudo). La ciudad del norte de Inglaterra pudo disputarle a Londres la capitalidad de las fiestas nocturnas y alevosas  durante unos meses en los que sus habitantes tuvieron motivos para sentirse orgullosos de ese cielo color cerumen que corona cada día sus pelirrojas cabezas. High and Hope es un documental típico en sus formas: testimonios del momento, borrosas imágenes del momento, regreso al lugar de autos… Aunque en esta película la voz emana de gente anónima que disfrutó de unas fiestas con un mucho de casero. Lo principal era disponer de un soundsystem esencial para empezar a levantar unas fiestas con la técnica japonesa del: “just in time”. Es decir,  se montaban a medida mientras la gente ocupaba sus respectivas baldosas a la espera del primer bombo con el que levantar los brazos. Más que una revolución, musical o de ocio, la movida de las warehouse de Blackburn era un modo de evadirse de las apuestas corte social de una Margaret Hilda Thatcher que por entonces estaba en su mejor momento. Un momento de herrumbre industrial que empujó a muchos jóvenes a dedicarse al estúpido arte del trainspotting o a pensar durante siete días en la próxima nave industrial a ocupar.  Fiestas montadas con cuatro cañas que dotaron a los lugareños de estas recias tierras de un orgullo provinciano nunca antes visto por esos lares: “Por primera vez en nuestras vidas podíamos ir a Manchester de juerga sin sentirnos seres inferiores”. Y es que de 1989 a 1991 Blackburn le llegó a disputar titulares a las urbes de la Prèmiere League del ocio nocturno (y de paso puso en el mapa el primer acid house  de corte inglés): “Chicas semidesnudas bailan acid house en naves industriales”. Menuda promoción para unas fiestas para sacudirse complejos. Y menudo baño de realidad para unos jóvenes alienados que empezaban a pensar que los medios oficiales les estaban escamoteando la realidad. Esta presión mediática empujó a  los policías a irrumpir en el interior de un recinto que desde entonces se habían limitado a observar desde fuera. Pero no para ver chicas en bikini si no para sacar a los Blackburn ravers por los pelos. Hasta 836 personas fueron detenidas en la redada de julio de 1991 en Gildermore que marcó el principio del fin de esta carrera que a partir de entonces formaría parte del imaginario del pueblo y alrededores. “Esas fiestas mejoraron mi manera de ser. Espero que esos cambios permanezcan en mi vida”, comenta una habitual de esas fiestas que veinte años después sigue con la misma cara de felicidad de los que disfrutaron su paso por la mili. “Nuestro delito fue crear una comunidad que es lo más peligroso que existe para el poder”, asegura uno de los organizadores de esas fiestas con pinta de “pepito piscinas”. Y es que la revolución consistió en que por una vez los mozos del pueblo dejaron de tirarse piedras como gallitos para abrazarse a ritmo de Pacific State. Una revolución no tan ingenua y baladí para los habitantes del condado de Lancashire. Como tampoco lo fue la primera ruta del bacalao para los valencianos. Lo que no entendieron ni Tatcher ni los medios es que de lo que se trataba realmente era de abrirse al mundo de las emociones. Y lo consiguieron mientras tuvieron a la policía pisándoles los talones.  De haberse entendido ambas partes su hubieran ahorrado muchas divisas gastadas en Ibiza. Si, Blackburn también fue una fiesta.


Dont Look Back
D.A. Pennebaker - United States – 1967 – 96’

Que los padres no bajen la guardia no vaya  a ser que Bob Dylan no sea una moda si no algo más grande y poderoso. ¿Un pájaro? ¿Un avión? En realidad un poeta más que un cantante de pop. “Más que cantar, sermonea”, explican las crónicas del momento. Alumnos de comunicación audiovisual vengan a ver este panegírico a mayor gloria de Bob Dylan. No se arrepentirán y encima obtendrán las claves del documental musical de corte más clásico. No hay puertas de camerino ni de habitación de hotal que valgan con esa cámara omnisciente que siempre está donde debe estar: un lugar preferencial a la vera del mesías. ”¿Por qué en un año te has convertido en algo tan grande?”, le interroga un chico en la ronda de autógrafos pertinente. “Pues no sabía que lo fuera”, responde la estrella. Hubo un momento en que Bob era todo ternura ante los fans. “Tocamos tus canciones en formato banda. Pensarás que destrozamos tus canciones”. Y Bob Dylan mirando con una condescendencia que escamoteará a periodistas pusilánimes : “¿Qué saco hablando contigo? ¿Por qué crees que me interesaría conocerte?”. Debería haber añadido: con el pedazo de manager que tengo siempre a mi lado asegurando cada uno de mis pasos. Mr Albert Grossman, productor del mismo documental grabado en 1965 durante la exitosa gira de Bob Dylan por Gran Bretaña y que se volvió a remasterizar hace tres años, es el hueso que hay que roer hasta llegar al tuétano Dylan (atención a su manera de negociar exclusivas con las televisiones Granada TV y BBC). Lo más gracioso es que Dylan por entonces se preocupaba del lugar que ocupaban sus hits en los charts de música pop de UK.  De todas maneras el trovador parece conocer muy bien a su público: “¿Las letras de mis canciones?  La gente viene a verme para entretenerse”.  Y a los medios de comunicación llegados de todo el mundo: “Los periódicos y las revistas tienen mucho que perder si cuentan la verdad. Por eso no les hago caso”. Los significados de un jeroglífico llamado Bob Dylan que intentó desvelar uno de los directores homenajeados en esta edición de Beffeater In-Edit 2010: D.A. Pennebaker. Nadie como él supo sacarle todo el jugo al ácido de Dylan. Una película significativa por lo que explica y por lo que deja intuir. Like Dylan in the Movies.



In-Edit 2010 1
Barcelona era una fiesta
(Morrosko Vila-San-Juan - Spain – 2010 – 56')

El documental con el que da inicio el In-Edit  de este año no podía llegar en mejor momento. O en el peor, según se mire. “Barcelona era una fiesta” dirigida por Morrosko Vila-San-Juan podría parecer un título coyuntural ya que en realidad se centra en un corto periodo de tiempo. Pero qué tiempos aquellos… ¡y qué fiesta!. La película se centra en ese terreno espacio-temporal que se gestó en Barcelona mientras el país entero vivía abonado al caos y a la incertidumbre (y a la vez muy estimulante para unos jóvenes con ansías de experimentar: con la música, el sexo, las drogas…) surgida a raíz de la muerte del dictador Franco en 1975 y que se dilató hasta 1978 que es cuando irrumpe la ansiada democracia (aunque en realidad ésta se convirtió en el tiro de gracia para el movimiento libertario al que se refiere constantemente el film y que remató la llegada masiva de la heroína). Ahora que se habla tanto de la decadencia de la cultura de clubs, en particular, y del ocio nocturno, en general, de  Barcelona, ese “era” del título denota que Barcelona ya nunca más se mostró tan salvajemente festiva como lo fue durante esos tres años mágicos en los que Barcelona estuvo a punto de convertirse en una ciudad libertaria con todas las letras después de las masivas jornadas de julio de 1977 (concretamente del 23 al 25 de julio de aquel año clave en lo que después se conocería como la transición).

Durante aquellos años los madrileños envidiaban de manera sana y natural todo lo que se oía decir de Barcelona porque por entonces ésta parecía Londres. Se convirtió en el centro de la movida contracultural de la península. Y es que la cultura no oficial pasaba por fin por Barcelona (hasta entonces había pasado de largo con dirección a  Francia) para quedarse aunque sólo fuera por un tiempo.  Era un momento en el que, una vez muerto el generalísimo,  todo estaba por hacer. Entonces unos cuantos jóvenes decidieron convertir la ciudad en un constante ir y venir de ideas transgresoras que en la película quedan reflejadas en esas imágenes del pintor transformista José Pérez Ocaña (imágenes tomadas de la película que le dedicó Ventura Pons en 1978 con “Ocaña: Retrato intermitente”) bajando por las Ramblas del brazo del mítico ilustrador Nazario con el culo al aire. “Éramos unos cuantos los que nos lo pasábamos muy bien. Que quede claro que éramos unos pocos”, comenta uno de los testigos de aquella época al salir al escenario  de la sala 5 del cine Aribau para presentar la película. Y es que si algo queda claro en el documental de Morrosko es que el movimiento underground en la Barcelona de finales de los 70 era residual (“el batallón de despistados que se unían a nosotros era muy extenso”, dice otra de las voces autorizadas del documental. Otra de las ideas que quedan claras desde el primer momento, y que se encarga de remarcar un Pau Riba con ganas de morder la pantalla, es que el movimiento contracultural no buscaba acabar con los rescoldos del franquismo, si no romper con el sistema capitalista que ya estaba plenamente integrado en la sociedad occidental. Pepe Ribas, director de la mítica revista Ajoblanco, gusta decir cuando se le pregunta al respecto: “al principio intentamos cambiar el mundo, después nos conformamos con cambiar un poquito España”.  Aunque el que realmente deja caer los comentarios más estruendosos es el diseñador Javier Mariscal que antes de hacerse conocido por su mascota Cobi formó parte de la cuadrilla de artistas alternativos de esta ciudad: “Las jóvenes francesas que por entonces llegaban a Barcelona hacían muy bien el amor. Parecía como si les enseñaran a mamar en la escuela” o “con el amor libre que pregonábamos como hippies que éramos se sufría mucho. Sobretodo cuando era tu novia la que se enrollaba con otros. Si, en realidad lo pasabas mal”.

La droga se utilizaba para lograr la espiritualidad que hasta entonces había sido monopolio de la iglesia católica más abotargada. Hasta que llega la heroína y entonces la fiesta se acaba (“hasta entonces no había yonkis por las calles, así que nos tiramos de cabeza porque estaba muy mitificada por el rock”). El movimiento libertario empieza a perder fieles por culpa del caballo y por las ansias de algunos de  aparecer en la foto de la flamante democracia. “La izquierda y la derecha nos miraba con escepticismo”, comenta Luis racionero. “No queríamos hacernos con el poder hasta que llegó la democracia y entonces llegaron tiempos plomizos con UCD ya instalada en el poder”, matiza el escritor que también fue hippie y vivió la experiencia de una Ibiza rural “en la que no había ni comadronas”. “La dictadura de Franco dio paso a la dictadura de los partidos”, apostilla un incisivo Pau Riba. Con el juego democrático sobre la mesa Barcelona pasaba  de ser libertaria (y libertina) a ser cívica. Cedía el testigo a Madrid y su movida de los 80. Y hasta ahora.


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