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Autechre: Fin a diez años de tedio


Uno es susceptible de quedar como el culo si, ante aficionados a la música electrónica –digamos, intelectuales–, osa decir que Autechre no son para tanto, que con el tiempo han perdido punch, que te aburren o que, directamente, sus últimos discos te parecen un peñazo de alta consideración. Es entonces cuando llegan las miradas como navajas, de reojo, deseándote la más cruel de las muertes. Con Autechre no se juega, porque están en ese escalón superior desde el que observan al resto de mortales como a insectos, casi con paternalista condescendencia, y porque son de los pocos productores con máquinas en activo que pueden presumir de una ristra de obras maestras al alcance de muy pocos. Si ellos no se creen dioses, habrá quien lo diga en su nombre –y nadie está libre de pecado: para mí son divinidad en carne viva y me batiré en duelo a espada, previo reto con guantazo en el rostro, con quien intente refutarlo–, y con esto se ha llegado a una situación en la que de Sean Booth y Rob Brown sólo se habla si es para que de tu boca salgan rosas. La mierda te la puedes ahorrar.

Autechre - Rale (de Quaristice)

Autechre - R ess (de Oversteps)


Una vez escribió servidor de ustedes una crítica negativa de Untilted (Warp, 2005), y ocurrió algo similar. No llegaron anónimos a mi buzón ni nadie acabó plantando una cabeza de caballo a los pies del lecho, pero hubo quien pidió explicaciones. “Pero, ¿por qué? Es un disco complejo, un esfuerzo titánico, bla bla bla”. No diremos que no. Es ciertísimo que la huida hacia delante que han emprendido Autechre desde –pongamos por caso– LP5 (Warp, 1998) sólo se puede entender y apreciar desde el punto de vista de la técnica. En esta IDM que ya parece más un rompecabezas de 5.000 piezas que no música con espíritu, ellos intuyeron que la mejor manera de distinguirse y alejarse del pelotón de imitadores que asomaban por todas partes era haciéndolo más difícil, generando su propio software –y mantenido en secreto para que nadie tuviera acceso a esos sonidos que ellos habían extraído de las tripas de un Mac–, entrelazando melodías picassianas con ritmos que pudieran colgar del MoMA de Nueva York. Vaya por delante que aquí no hay nada en contra de la IDM retorcida, y que varios miles de euros ha invertido uno en construirse una colección de discos del palo, pero el encanto, la capacidad de atracción –llámese mojo, llámese knack, o chispa– se pierde también por el camino. Phoenecia también pasaron de ser un dúo que revolucionó el electro deconstruido hasta que, un día, algo ya no funcionaba. Hasta los más grandes, incluso Nacho Vidal aunque lo niegue, padecen gatillazos.

Autechre - Xylin Room (de Draft 7.30)

Autechre - Eutow (de Tri Repetae)


A partir del grisáceo Confield (Warp, 2001), disco de una sequedad intrigante y una complejidad creciente –hasta ahora, y para el que firma, su último álbum de entidad–, Autechre optaron por la reclusión monacal y el retiro del mundo, lo que se traduce en un discurso infinitamente más hermético que sólo funciona a través de sus propias leyes. Sin contacto con el mundo, una obra puede llegar a ser masturbatoria y solipsista, por tanto interesante sólo para el que la hace o comprende un código extraordinariamente privado: conceptualmente, el terreno es movedizo y fascinante; a efectos emocionales, esos discos posteriores de Autechre –Draft 7.30 (Warp, 2003), Untilted (Warp, 2005) y Quaristice (Warp, 2008; éste en menor medida)– serían como follarse una lata de Pepsi: el placer es cortante, forzado, o directamente no hay placer. Como dijo Leonard Cohen en la letra de “First we take Manhattan”, “me condenaron a 20 años de aburrimiento por tratar de cambiar el sistema desde dentro”. Lo que ocurrió con esos álbumes es algo que se resume con una teoría que el crítico Simon Reynolds trazó de una manera fugaz pero que para el caso funciona: la de la “zona de intensificación estéril”. Llega un momento, en música, en que un estilo ya no puede dar más de sí: una vez alcanzada la cúspide, cualquier intento de ir más allá parece que sólo es posible si se acentúan todos los elementos valiosos y se fuerzan hasta casi romperlos. En el caso de la IDM cubista de Autechre: si sus rasgos estéticos son el ritmo fracturado, un fraseo de notas inconexas y el tonelaje de ruidos –en Autechre la cumbre es LP5, disco barroco, abrumador, un chute de hipercomplejidad directamente al centro del hipotálamo–, la necesidad de ir más allá, cuando ya no se puede, es a base de más ritmo fracturado (a veces hasta extremos ridículos), más notas inconexas (ya carentes de emoción) y más tonelaje de ruidos (que es un caos insoportable). Esa intensificación, por lo tanto, es estéril, pues no aporta nada más que confusión, basura sonora que ocupa espacio y no sirve apenas para nada. No se nos ocurre un disco que resuma de mejor manera la idea de “intensificación estéril” que Draft 7.30 –y en parte el transicional Quaristice, que parecía que quería cambiar sin cambiar apenas nada (la obra compuesta en la década pasada bajo el nombre Gescom, como diría el refrán, es harina de otro costal)–.

Autechre - Pro Radii (de Untilted)

Autechre - Fold4, Wrap5 (de LP5)


Esta intensificación estéril, que no es única en Autechre, no es en sí misma mala. A veces salen buenos discos. Pero sí es frustrante, porque es la larga, eterna fase en la que no aparecen ya obras maestras que amenacen con cuestionar la hegemonía de discos anteriores. El drum’n’bass es un género que explica muy bien esta dinámica: el techo se tocó con Bad Company, Ed Rush & Optical y Matrix, y desde entonces ya es imposible acercarse a la variante techstep de la cosa porque todo es lo mismo pero más exagerado y peor. ¿Cómo se deshace este nudo gordiano? Sólo de una forma (por eso es gordiano): cortándolo en dos y empezando en otro lugar. La IDM que ha prosperado en la última década ha sido, por este orden, la que ha bebido de la melodía pop –la indietrónica según Arovane y Ulrich Schnauss– o la que ha tirado del glitch y el bestialismo rave –kid606 y Jason Forrest aka DJ Donna Summer– o, directamente, otra electrónica no-de-baile que ha fundamentado su lenguaje en otros inputs rítmicos. Por ejemplo, Jimmy Edgar buceó en el electrofunk y el R&B y sacó algo nuevo; Prefuse 73 se restregó en hip hop e inauguró una nueva etapa en el gremio; incluso Jega ha sido más hábil al domesticar sus rompecabezas con texturas pastorales a lo Boards of Canada. Y, en general, esa fascinación por lo abstracto y lo cerebral se ha mudado de barrio, y donde antes era Ciudad Autechre, ahora es Ciudad Dubstep, o lo más fresco que pueda darnos la actualidad en cada momento. Lo peligroso es estancarse, porque de ahí ya no nace nada. Darse una vuelta por espacios desconocidos, indagar en ellos, respirar aire puro, siempre ayuda a progresar.

Autechre - Eggshell (de Incunabula)

Por eso, Oversteps (Warp, 2010) es la más grata sorpresa del año. He de admitir que era escéptico de entrada con el nuevo álbum de Autechre, porque conociendo su historia reciente y su reticencia a adoptar influencias ajenas lo razonable era de esperar un nuevo peñazo insoportable –perdón, que esto no se puede decir– que acabara por incitar a refugiarse, ya por frustración, en la genial trilogía de los orígenes, los intocables Incunabula (93), Amber (94) y Tri-Repetae (95), el oro, plata y bronce de la electrónica angulosa, extraterrestre y envolvente. Pero había signos que podían anunciar una variación a mejor antes de Oversteps: la predisposición de Autechre a tocar en festivales, a ver la luz del día y escuchar otras músicas más allá de su hip hop, su electro y el bostezo elefantiásico de sus ordenadores: algo de techno, algo de dubstep, algo distinto a lo que nos tenían acostumbrados. Prometieron unos directos más “rave” cuando salieron a tocar después de Quaristice, solicitaban estar en el cartel a eso de las cuatro de la mañana, después de que pinchara Carl Cox: una de dos, o querían que les tiraran tomates, o en efecto había una intención de reforzar los beats y ganar en energía.

Autechre - Teartear (de Amber)

Oversteps no es un disco enérgico, ni tampoco es un regreso consciente a las oleadas ambientales –parecía la banda sonora de un documental sobre la exploración de Marte– del glorioso Amber. Pero tiene algo de ambos extremos. Primero, se perciben leves matices en la construcción de breaks. El principio, que tiene algo de textura propia de Burial, tiene esa cadencia dubstep meets 2step que podía encontrarse en Untrue. Es un fogonazo que dura un abrir y cerrar de ojos, pero está ahí. Más adelante, los breaks se muestran más sencillos, más líquidos –uno de los remedios contra la “intensificación estéril” es dar un paso atrás y volver al punto en el que todavía existían alternativas (cuánticas o reales) y evitar el error original que llevó al estancamiento; la manera más fácil es desdoblar una realidad alternativa a partir de una opción nunca desarrollada y otra más fácil aún es cambiar de estilo–, y Autechre revisten todo el disco de texturas húmedas, en las que la carga emotiva se percibe a flor de piel. Esto es esencial, porque desde ciertos pasajes de Confield –y yendo más atrás habría que remontarse a Envane (Warp, 1997)–, los de Manchester no se atrevían con un disco con tanta intención etérea, ni con tanta frase de clavecín. Antes las máquinas eructaban, y ahora vuelven a llorar. Mucho del ruido que espolvorea las piezas no es un ruido abrupto de ordenador a punto de reventar por sobrecalentamiento, sino polvo de clicks’n’cuts como si fuera un disco del sello 12k o de la edad dorada de Mille Plateaux, o incluso bajos porosos del dubstep, o del nuevo ambient que pueden estar sirviendo nombres como Celer, Nest o Chihei Hatakeyama, que es tan etéreo como polucionado. Hay, en definitiva, una intención de renovarse, de salir de la encerrona –o callejón sin salida– en el que se habían metido y que muchos fans seguían aplaudiendo por miedo a decir “oigan, que Autechre han perdido el norte y donde antes nos hacíamos unas ofrendas a Onán ahora nos echamos unas siestas”, que era lo que la mayoría pensaba. Ahora, con Oversteps, nos daremos cuenta de que este cambio tendría que haberse producido antes, porque es el disco que de verdad merece un nombre de la categoría de Autechre: el mejor alimento para el cerebro y una cura para el cáncer de alma. También un disco que se merecía la IDM como género a reivindicar: no hay otro trabajo así en el mercado, y habrá imitaciones en menos que canta un gallo –que serán tan fake como los fakes que antes de su publicación, el 18 de marzo, algunos bromistas han ido colando por la red para que los incautos piquen–. ¿Estamos ante otra obra maestra? Aquí está el fuego, aquí está mi mano. La pongo.
Más información
Ficha: Autechre
Web Oficial: Autechre

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