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The party is not over: 1987-1997

Escrito por Guillermo M. Ferrando | Publicado el 26.06.2007
A mediados de 1987 el house había calado en Manchester como el agua sobre la tierra. Cientos de maxis procedentes de la Second City aterrizaban cada mes en las cubetas de tiendas como Spin In y Eastern Block. Mientras, varias radios locales comandadas por Picadilly Radio y Key 103 se encargaban de propagar aquellos ritmos sensuales por toda la ciudad. Pero si había un lugar donde el mensaje de Jack había transformado el ambiente, ese era The Haçienda. Cada noche una energía increíble sacudía las paredes del club, cuyas interminables colas dando la vuelta al edificio eran ya célebres. Al igual que en EEUU, la audiencia negra era por aquellos días la base de la cultura dance en el Reino Unido. Y es que mientras el grueso del público blanco apenas movía los pies para ir en busca de una cerveza, un reguero de jamaicanos se acercaba cada viernes por el club para hacer gala de sus nuevos progresos en materia de baile. Bastaba asistir a un par de minutos del espectáculo para darse cuenta de que aquello iba en serio: o dominabas el arte de jackin´ o eras expulsado de la pista de al instante. Eran días felices para el equipo de Factory Records: el sello contaba con un buen puñado de éxitos en el mercado y para entonces The Haçienda se había convertido en el club más importante de toda Inglaterra.

Durante la primavera de 1988 el acid house comenzó a entrar en el país y lo hizo de la mano de su inseparable compañero de viaje: el éxtasis. En lo que a The Haçienda se refiere, hablar de éxtasis era sinónimo de Bez y los Happy Mondays trapicheando en cierta esquina del local. Y es que unos amigos del grupo acababan de llegar de sus vacaciones por Valencia e Ibiza y lo habían hecho con los bolsillos cargados de magic pills. El resultado no se hizo esperar: en apenas unas semanas la serotonina corría por el club y una mezcla de delirio, euforia y sonrisas cómplices se apoderó de la pista de baile. Aquella sustancia consiguió abrir la mente de miles de jóvenes; de pronto podían apreciar detalles en la música en los que nunca habían reparado, y lo que antes no eran más que ritmos y melodías inconexas, ahora cobraban todo el sentido. En otras palabras, el éxtasis consiguió democratizar la música electrónica y hacerla accesible hasta para los oídos más tercos. Por desgracia esta nueva realidad no fue aceptada por el público negro, que por aquellos días apenas consumía drogas. Para ellos el hecho de salir a bailar era algo más que una simple actividad de ocio; se trataba de una forma de expresión individual, un sentimiento inculcado de generación en generación como parte inherente a su propia cultura. Cuando el público blanco aterrizó en masa sobre The Haçienda todo ese ceremonial desapareció de un plumazo. Aquellos jóvenes scallies, con sus ropas anchas, sus pupilas dilatadas y el smiley como consigna, se conformaban con cerrar los ojos, alzar los brazos y contonearse al ritmo de la música. Fue entonces cuando la comunidad negra, hasta entonces considerada clave en el éxito del club, decidió que había llegado el momento decir adiós e inventar algo nuevo.

El 21 de mayo de 1988 The Haçienda celebraba su sexto cumpleaños por todo lo alto: un enorme tren de la bruja fue instalado frente a la puerta del club, y a medianoche un espectáculo de fuegos artificiales cayó como un fogonazo sobre cientos de clubbers extasiados. Casi sin darse cuenta Inglaterra daba la bienvenida al primer verano del amor. Por aquellos días el club contaba con varias noches de envergadura entre las que destacaban la Nude Night, con su popular mano a mano entre Graeme Park y Mike Pickering, y Zumbar, una nueva sesión cuyo leitmotiv era una intensa mezcla de sonidos calientes con un componente latino. Detrás de esta iniciativa se encontraba Paul Cons, responsable de la programación del club desde que en 1986 Pickering decidiera dejar el puesto vacante para ponerse a los platos. Inaugurada el 7 octubre de 1987, aquella noche de estética trendy y aires decadentes rápidamente se convirtió en un éxito de convocatoria gracias al carisma de Cons, al savoir-faire de sus residentes Dj José y Dj Pedro –la versión más exótica de Laurent Garnier- y un repertorio de extravagancias que incluían números de cabaret, tragafuegos, contorsionistas y una ruleta de la fortuna. Fueron apenas nueve meses de existencia que se vieron bruscamente interrumpidos cuando el francés recibió una llamada de la madre patria instándole a realizar el servicio militar. Pero si algo le sobraba a Paul Cons eran ideas, y muy pronto supo encontrar un nuevo concepto con el que resucitar la noche de los miércoles. Así, el 13 de julio de 1988 veía la luz Hot, una sesión inspirada en el popular ambiente de los clubes ibicencos. Cada semana una piscina era instalaba en el centro de la pista, se repartían polos, se lanzaban pelotas hinchables y los focos emulaban la brillante luz balear. Por su parte, los clubbers acudían perfectamente ataviados con bermudas, gafas de sol, chanclas y gorritos de playa, si bien no era extraño que a última hora alguno terminara semidesnudo en el fondo de la piscina. A los mandos de aquel peculiar barco se encontraba el propio Pickering y su nuevo compañero de cabina, Jon Dasilva. Por desgracia Hot apenas llegó a las navidades, pero muchos de sus incondicionales la recuerdan como la mejor noche de la historia del club.

El segundo verano del amor de 1989 fue acogido con el mismo entusiasmo que el primero, con el aliciente de que para entonces el fenómeno rave proliferaba por toda Inglaterra. Un fenómeno que era heredero directo de otro muy similar que había sacudido el país allá por los 60: el Northern Soul. Contagiado por el optimismo, Tony Wilson decidió entonces abrir el popular Dry Bar (FAC 201), inaugurar una tienda de variedades (FAC 281) y lanzar Factory Classical, un subsello cuya misión era acercar la música clásica a una juventud cargada de prejuicios. Sin embargo, Wilson y compañía comenzaron a percibir los primeros indicios de que aquel sueño no duraría eternamente y que todo ese amor, fuera de la música, no dejaba de ser sintético. En primer lugar, en julio de ese mismo año una adolescente de 16 años llamada Claire Leighton falleció en el interior de The Haçienda como consecuencia de una extraña reacción alérgica al éxtasis. Tony Wilson consiguió evadir toda responsabilidad jurídica pero no pudo evitar que su nombre apareciera manchado en las páginas más amarillas de la prensa británica. A partir de entonces las autoridades fijaron la vista sobre el club y comenzaron a bombardearles con preguntas incómodas. El segundo problema afectaba directamente a las arcas del club que, como dijo el poeta, gozaban de una mala salud de hierro. Y es que a pesar de su éxito, The Haçienda seguía perdiendo dinero día tras día. La explicación estaba clara: la mayoría del público no consumía alcohol y a cambio se atiborraba a pastillas. Atraídos por el olor del dinero, los camellos no tardaron en ver la oportunidad de extender sus redes al interior del club y en apenas unos meses ya campaban a sus anchas.

A principios de 1990 el clima había degenerado considerablemente. Las calles de Manchester eran testigo de extorsiones, ajustes de cuentas y enfrentamientos entre bandas rivales dispuestas a cualquier cosa por hacerse con su pedazo del pastel. Una vez más The Haçienda se encontraba en el ojo del huracán; la tensión crecía por momentos, los abusos e intimidaciones salpicaban a los clientes y el club comenzó a llenarse de armas. Una noche varios agentes de policía se infiltraron en el local y llegaron a la conclusión de que la violencia, las drogas y The Haçienda eran la misma cosa. Las autoridades parecían decididas a revocarles la licencia y a los responsables del club no les quedó más remedio que acudir a los tribunales para hacerles comprender que, en realidad, ellos eran las primeras víctimas. Tras varios meses de tira y afloja los jueces decidieron dar la razón a Tony Wilson, con la condición de que atajara los problemas en un período máximo de seis meses. Como muestra de buena voluntad la dirección colgó carteles de drugs are not allowed in the club, volvió al sistema de socios y estableció un nuevo código de vestimenta que prohibía la entrada en zapatillas, lo que más que alejar a las bandas sirvió para dejar fuera a los pocos clubbers negros que les quedaban. Por fin, el 3 de enero de 1991 los magistrados corroboraron que habían observado un cambio positivo por parte del club, y que renovarían la licencia. Pero para entonces la violencia se encontraba más recrudecida que nunca y ya no había forma de controlarla. Cuenta Dave Haslam cómo una noche un joven se acercó a la cabina y, muy educadamente, le pidió sus discos a punta de pistola. Pocos días después el jefe de seguridad del club era encañonando por un miembro de una banda al que habían denegado la entrada. Con la dirección aterrorizada, el 30 de enero de 1991 Tony Wilson decidió hacer un alto el fuego y anunció que el club cerraría sus puertas de forma voluntaria. Pero ya se sabe que las desgracias nunca vienen solas, y dos meses más tarde el cuerpo de Martin Hannett era encontrado sin vida fruto de un ataque al corazón. Su adicción a la heroína y un sobrepeso a la altura de su talento le habían llevado a vivir desde hacía años en un estado deplorable. Manchester despedía así a uno de los productores más brillantes de los últimos tiempos.

El 10 de mayo de 1991 The Haçienda volvía a la acción y lo hacía con un detector de metales flanqueando su entrada. Fiel a esa máxima que recomienda tener cerca a tus amigos pero más aún a tus enemigos, Tony Wilson sustituyó al equipo de seguridad habitual por varios miembros de la banda de Salford, la más peligrosa de la ciudad. Musicalmente, el club seguía contando con Mike Pickering, Graeme Park, Dave Haslam y Jon Dasilva como máximos representantes, pero la magia parecía haberse desvanecido para siempre. Mientras tanto, Factory Records seguía acumulando deudas y en septiembre de ese mismo año los primeros rumores situaron al sello al borde de la quiebra. Rápidamente varios pesos pesados de la industria discográfica como Mute, London Records o Warner Bros lanzaron sus respectivas ofertas, pero Tony Wilson consiguió salir del paso. A pesar de todos los esfuerzos, un año más tarde el sello terminaría por devorarse a sí mismo. Y es que, paradójicamente, las dos bandas que un día llevaron a Factory Records a lo más alto serían las encargadas de conducirlo a la ruina. Por un lado, New Order gastaron más de 400.000 libras en la grabación del discreto Republic, álbum que ni siquiera llegó a ver la luz en Factory. Por su parte, los Happy Mondays terminaron por inmolarse en una orgía de heroína, crack y coches estrellados durante la grabación de su último disco en Barbados. Aquella carrera de excesos fue acabando poco a poco con la inspiración de Shaun Ryder -y ya de paso con los fondos de Factory- hasta que ésta se ahogó definitivamente en las cálidas aguas del Caribe.

Tras la disolución de Happy Mondays y con The Stone Roses inmersos en una interminable batalla judicial con el sello Silvertone, el mito de Madchester llegaba así a su fin. En cuanto a Factory Records, la agonía terminó el 23 de noviembre de 1992, con el sello declarado en bancarrota ante su incapacidad para asumir una deuda que ascendía a 2,5 millones de libras. London Records intentó entonces comprar todos los derechos, pero pronto se dieron cuenta de que el de Tony Wilson no era un sello al uso, y que muchos de sus trabajos no estaban en venta. A partir de 1993 The Haçienda tuvo que enfrentarse a la dura realidad mancuniana sin el respaldo de Factory Records. La dirección hizo todo lo posible por mantener viva la llama del amor del 88, pero por aquellos días la violencia continuaba muy presente. Precisamente éste fue el motivo por el que un día Mike Pickering decidió abandonar el club para siempre. Fue el 21 de mayo de 1993, la noche en que The Haçienda celebraba su undécimo aniversario con la presencia de once djs internacionales en cabina. A medianoche el mítico residente fue amenazado con un cuchillo, y poco más tarde David Morales era recibido con un vaso sobrevolando su cabeza. Cansado de intimidaciones, Pickering decidió entonces poner tierra de por medio y no volver nunca más.

Durante los años siguientes el club siguió apostando por el sistema de noches temáticas. Así, bajo el lema-anhelo Keep the faith se encontraba Shine, la concurrida sesión de los viernes con Sasha como residente y Derrick May como invitado mensual. Los miércoles Mute Records organizaba Disobey, una noche orientada a un público más maduro que ofrecía directos de electrónica experimental de la mano de Chris Carter, Boyd Rice, Bruce Gilbert o los finlandeses Pan Sonic. Los jueves el club echaba la vista atrás para celebrar The Last From The Past, una especie de revival a cargo de Jon Dasilva y John McCready con el que se confirmaba aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. Por otro lado, el auge que por aquellos días experimentaba al drum n’ bass se materializó en Pulp Fiction, una sesión mensual por la que pasaron artistas como LTJ Bukem, Dj Krust o Hidden Agenda. A pesar de las dificultades económicas, The Haçienda continuó acogiendo a leyendas del house como Larry Heard, Robert Owens, Farley ‘Jackmaster’ Funk, Ce Ce Rogers, Lil´ Louis o Tony Humphries, así como una generosa agenda de conciertos que incluía las actuaciones de Pet Shop Boys, Oasis, Blur, St. Etienne o Lamb. Pero para entonces la clientela, formada mayoritariamente por estudiantes etílicos y turistas ansiosos por engrosar la lista de ''yo estuve allí'', había acabado con el espíritu original por completo.

A finales de 1996 algo parecía estar cambiando por Whitworth Street. Por aquellos días el club gozaba de una gran popularidad gracias a Flesh, una cita gay con la que el local recuperaba todo el color de la mítica noche Hot del 89. Por su parte, los sábados Dave Haslam transportaba al público a aquellas mágicas noches de 1984 con una mezcla de rock, funk, hip-hop y electro. Muchos pensaron que por fin había llegado el momento de que The Haçienda renaciera de sus cenizas, pero para entonces el club había perdido el monopolio de las grandes ideas. Acosado por las deudas, el 28 de junio de 1997 el club cerraba definitivamente sus puertas. A pesar de la firme oposición de Tony Wilson, de la Manchester Civic Society y de miles de jóvenes cuya vida estaba ligada de alguna forma a aquel edificio de ladrillo rojo, un año más tarde The Haçienda era derribado por orden de la empresa constructora que se había hecho con el solar. En noviembre de 2000 algunos de los objetos que hasta entonces conformaban una buena parte de la fisonomía del club salieron a subasta pública. Cientos de ladrillos, pedazos de pista, bafles, sanitarios, columnas con franjas amarillas o incluso el Kim Philby Bar quedaron desde entonces esparcidos por el mundo. Sorprendentemente, por la cabina apenas se llegó a pagar 1.600 euros. Tres años más tarde la silueta de un misterioso edificio aparecía cubierta por anchas lonas de plástico con un lema impreso que rezaba ''The Haçienda. The party is over''. Hoy The Haçienda no es más que un bloque de apartamentos de lujo en el que, por la módica cifra de 900.000 euros, cualquier yuppie puede presumir de vivir en el que un día fue el club más cool de todo el planeta.

En una ocasión Peter Hook comentó que a New Order le hubiera ido bastante mejor de haber mandado a casa con diez libras en el bolsillo a cada uno de las jóvenes que en algún momento de su vida se acercaron por The Haçienda. Detrás de lo que puede parecer una simple anécdota se esconde el verdadero motivo por el que aquel club de las afueras de Manchester traspasó fronteras, llegó a convertirse en el epicentro del clubbing a nivel internacional y hoy alcanza el rango de leyenda: su exasperante y delicioso amateurismo, su obsesión por hacer algo distinto e ir contracorriente a costa de perder dinero en el intento. Una actitud a la que se mantuvo fiel durante sus 15 años de historia y que hoy se nos presenta como un auténtico modelo de sinceridad y amor por la música. Por desgracia, esta filosofía contrasta de lleno con el panorama dominante actual. Y es que durante los últimos años la música electrónica se ha convertido en un negocio colosal en manos de unos cuantos mercenarios decididos a rumiar los mismos ritmos una y otra vez a costa de renunciar a cualquier ápice de frescura. Porque mientras haya beneficios, habrá gente interesada en que nada cambie. Todo gira en torno al business, el marketing toma cualquier soporte susceptible de ser explotado y una nueva generación de djs superestrellas tocan el cielo avalados por unos sonidos prefabricados y anodinos. No hay lugar para la improvisación, para la sorpresa y menos aún para las pérdidas. Malos tiempos para los ideales. Cada semana miles de clubbers salen de sus casas con el guión aprendido, tratando de sentirse parte de una comunidad que no existe, persiguiendo las mismas sombras que un día dieron forma al pasado, escuchando unos ecos que hace tiempo dejaron de resonar... La fiesta no ha terminado. Simplemente se encuentra atrapada en un periodo de transición que ya dura demasiado. Sólo nos queda sentarnos a contemplar cuánto más dará de sí este mediocre negocio. Esperar la llegada de una idea capaz de romper las anquilosadas fronteras de la industria y traer consigo la próxima revolución musical. Pasó con el jazz, pasó con el soul, pasó con el punk y con el acid house. Y volverá a pasar, de eso no hay duda. Esperemos -esta vez sí- poder estar en el momento y el lugar adecuados.

''Now that's finished. You'll never see the hacienda. It doesn't exist. The hacienda must be built''
Ivan Chtcheglov, octubre de 1953.
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