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Electromind Festival 2005 (Montpellier)

Quien no ha jugado en su ya lejana infancia, a meter en un frasco de conserva una araña, una judía envuelta en algodón húmedo y una mosca, o en su defecto un gusano de seda en una caja de cartón con hojas de moreda, para que todo termine en un infame capullo estático.

Pues bien, montemos un ecosistema de festín singular, el cual estará formado por unas fanegas de tierra lleca, un alumbrado de esferas voluminosas, cinco plataformas que rendirán como escenarios, un puñado de puestos ambulantes, quince mil personas no despegadas del suelo y como único brebaje alcohólico, vino de la tierra en botellas de plástico a temperatura ambiental, unas risas vamos... Resultado a todo este experimento, Electromind.

Dando hospedaje a tal argumento de película de ficción, Montpellier. Una ciudad francesa en total movimiento, donde sus gentes viven el día a día al aire libre, su entorno natural marcado por extraordinarias playas y un rico patrimonio histórico. Excusa para asistir, cualquiera... y más si ponemos que no existe evento embaucador por cartel ni formas en nuestra frontera.

Gran despliegue de agentes secretos, dan la bienvenida a un inhóspito paraje cubierto de matojos y arbusto que será el aparcamiento del vehículo durante las próximas horas. Un nuevo control rudimentario a las puertas, será quien te manosee y toque tus partes nobles hasta la gran meta final, un terreno polvoriento en el que podemos disfrutar del francés, Oxia.

Olivier (Oxia), tirando de su hard techno filtrado nos demuestra que ante tal apuro de darle una hora de último plato, nos puede hacer bailar a ritmo de groovy y electro marcado. Gran pulso en sus mezclas y filigranas a los platos, Oxia nunca defrauda... “24 horas” es lo que esperábamos, pero con dos de ellas ya nos dejo imaginar lo que nos depara nuestro futuro más inmediato, un galo como Obelix, grande muy grande!.

Un par de laptops, luces descontroladas, sirenas y Coder 23 a los aparatos. Es el alma “clubbing” de los míticos Front 242, ese sentimiento que empaña a todo legendario de la escena, que se han inventado este trasnochado “aka” para poder pinchar juntos y hacernos un batiburrillo de cortes electro, guiño a la tierra donde pisaban soltaron temas de Vitalic, Hacker, Carretta y suspiros de Black Strobe. Aun con todo esto, no piensen que el público franchute del festival se mataba por bailar y expresar el sentimiento de fiesta que puede uno esperar, que va... Anne Igartiburu, en “Mira quien baila” tiene más expresividad corporal.

Momento esperado y estelar de la noche 01:00 h, un grupo acid-house o por lo menos sus inicios e intenciones de finales de los ochenta, 808 State. Nombre que efectivamente proviene de aquella entrañable caja de ritmos analógica TR 808 de Roland, un instrumento de culto a día de hoy, dicen que todavía consigue el feeling de entonces, y así lo demostraron la noche del 23 de julio. Quizá no estén en plena forma, pero solo por lo que han hecho se merecen un respeto, sus colaboraciones y sus llenos de estadios, es mérito para verlos. Etiquetados de todas las formas, desde hardcore hasta ambient, pero lo que nosotros pudimos escuchar en Electromind fue paisajes ambientales de bosanova, enriquecidos con voces, bongos, flautas, batería, y ácido de los dos sintetizadores que supieron sacarles el jugo máximo, nada que ver con su largo “ Prebuild” . Música buena y diferente; música para la cabeza y los pies.

Adam Beyer, resonaba entre la mezcla de escenarios alineados. Con la ilusión de un Beyer al más estilo Fabric 22, es decir... atrevimiento de pinchar minimal punzante y elegante, nos dirigimos a su cuartel. Equivocación, techno sin mucho esqueleto a base de bombo y muy poco dinamismo, lo que te hace huir a por la milagrosa Bayer para el dolor de cabeza.

Entre todo este resquemor de sonidos y flautas sonantes, es curioso que un festival de este tipo no sirvan ningún tipo de bebida alcohólica, no tenemos en cuenta el vinacho de garrafón, no sabemos todavía si es por hacer un festival único en cuestión de “freaky” o es para que su público se divida en dos; los que van morados (no del vino) que te hacen escapar de tal escenario ya que la polvareda que levantan con sus bailes frenéticos es equivalente a la de una manada de nius en celo. O los que optan por echarse una manta a las espaldas y ver tal espectáculo. En fin, optemos por el producto nacional, combinado Coca-Cola & vino, refresco energy drink (Calimotxo, de toda la vida).

The Hacker, propone –live-. Lo que nos mostrara en una hora será su ultimo trabajo “Rêves mechaniques”, la cosa es que el trabajo en estudio esta bien producido y es elegante en el casete de tu coche, pero en directo... pierde. El sueño de las maquinas, se puede hacer pesado y al final producir justamente eso, sueño... su tech-house-electroclash-minimal no transmite a la pista, su vestimenta negra, su tupé y su grano no cuajan en directo, la verdad que se prefiere en set, mucho más ágil para las tres de la mañana, “Sleeping machines”.

Aaaahhh! Cuando uno oye la palabra electro, el primer nombre que le viene a la cabeza es, Anthony Rother. Pues sí, también nos metió en cuerpo y alma sus líneas gomosas, su ritmo robótico y sus efectos vocoder, una verdadera actuación gualtrapa con megafonía en mano. Rodeado de artilugios y toda una ingeniería galáctica, aquello parecía la silla de ruedas de Stephen Hawking . Divertimento para todo el personal, ritmos “Kraftwerianos” con mezcla del antiguo synthi-pop de los ochenta, conexión con el público como nadie en todo la noche, el definitiva una de las mejores actuaciones que pudimos encontrarnos, de verdad que si… para aplaudir y clavarse de rodillas. ¿Habéis comprado babero?

Nos lo imaginábamos con chubasquero o por lo menos vestido de algún monstruo esperpéntico, pero no… una camiseta con mascara de luchador mexicano, y no más… se ve que ha dejado los oportunismos del electroclash para centrarse en sonidos más rotundos y sinceros, ya saben… el electroclash ya no mola, aún así aunque lo quiera disimular, su pasado no deja de pisarlo. Hablo de Splank!, o lo que es lo mismo Zombie Nation, ese electro marrullero, guarro, musiquilla chillona de videojuego, satanismo zafio, EBM y micrófono en mano es lo que ofrece en sus lives, en este caso más de dos horas de duración, para que luego digan. Música que nos hizo bailar, música que funciona verdaderamente en la pista, y así lo hizo hasta el amanecer de la mañana francesa. De vuelta en el coche, una sonrisa de oreja a oreja se estampa, cruzando los paisajes galos de ciento ochenta kilómetros que nos separan hasta la frontera de la Junquera. Al final, el capullo estático se nos convirtió en una bella mariposa, en fin… cada uno le va la noche según con la fuerza que la viva, aprovéchenla.
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