Autor: James Ruskin
Título: The Dash
Sello: Tresor
Estilo:
Techno |
Nota:
7 / 10
Escrito por Xavier Puig el 05 de marzo de 2008
La primera imagen que me viene a la cabeza cada vez que nombro a James Ruskin, es de hace varios años. En ella veo al inglés sudoroso y alegre, que reparte bofetadas techno en una conocida sala de Madrid. Eran tiempos de Primates, Metas y Questions. Ahora muchos de los productores de aquella época dorada del techno han renegado de la misma o simplemente han pasado página, andando cada uno sus respectivos caminos y abrazando músicas y estilos más acordes con sus actuales inquietudes. A unos les sale bien la pirueta y otros pues se dan la galleta y pasan a engrosar la pandilla de productores minimaleros que publican sin gloria ni pena calcando patrones y sonidos que aburren. Pero todo esto ya está muy manido, así que ubiquémonos. El londinense fue uno de los mejores productores de la época, publicaba en Tresor, que ya es decir. Su dominio de la rítmica y de la sugerencia le permitía empastar en sus obras hip-hop, minimalismo, industrial y techno logrando secuencias de ritmos tan afilados, fríos y contundentes que con su escucha convertirían una disección para la clase de biología en una masacre de Texas. Tras seis años y pico de (supongamos) vagar por la estepa mongola o pasarse al ascetismo en las alturas Tibetanas, James ha vuelto a incorporar en The Dash las emociones, véase melodías, a su lenguaje musical y andar su propio camino. El disco, es un viaje a su corazón, donde la contundencia se brega con la inteligencia en una dicotomía que seguro afecta a muchos de aquellos productores y que impregna los resultados de sus obras haciéndolas incoherentes y deshilachadas. La impresión final es entonces consecuente, ya que para llegar a la altura de su anterior Into Submission, a este disco le sobran algunos tracks por insulsos y desaboríos: Under 3 o Surface como ejemplos, pero cuando se pone melancólico y sensiblero, es capaz de facturar temas bellísimos y profundos capaces de evitar que un maníaco depresivo se tire del tejado o por el contrario, de darle el empujón. Porque el capo del sello Blueprint puede estar despistado, pero tiene clase suficiente para dar lecciones a cualquier chaval con ínfulas. La introductoria Scene, una de mis favoritas (si es que a alguien le importa), tiene cinco minutos de una melodía preciosa que parece advertirnos que el disco se adentrará en los lacrimógenos parajes ya frecuentados por Donacha Costello en la serie Colors o en cualquier referencia de Nathan Fake o Border Comunity, pero de repente rompe con un beat dubero y cerebral, esquematizado à la Carl Craig todo sin olvidar el concepto minimalista, por el qué dirán. Road Trip recurre directamente al detroit más agorero y inquietante, mientras que, con el oscuro hip-hop a cámara lenta de Glasshoppers, el bueno de James nos quiere recordar que a él antes de caerse en la marmita del techno le molaba llevar los pantalones bien cagaos y ya de paso nos enseña que ha descubierto, tarde todo sea dicho, el puñetero plugin Dblue Glitch (de venta en su emule más cercano). Con el magnífico La Haine declara su incombustible pasión a la ciudad del motor, en un pepinaco místico, duro, bueno, que hará sonreír a los abuelotes y a la muchachada que tiene conciencia de que el techno no nació precisamente en las islas Baleares sino en un lugar mucho menos soleado. Izzygan es otro track con un desarrollo demasiado largo, pero que encierra una excelente melodía, y Outlined es un tema pistero de clara influencia acid-housera, pero reemplazando la 303 por una línea de sinte más digital y minimalizado hasta hacerlo en soso e insípido como el puré de avena. Y aquí empieza lo bueno: Jamaica vía Berlín y Detroit en la confortable y espaciosa Vox (¡chapeau!), breaks sombríos, melodías emotivas y abstracción hipnótica en la duradera, al menos en mi reproductor, JJ. La genial Your Journey despide el disco con sus sugerentes armonías y colchones.Lo irónico de este largo, es que encuentro al creador de asesinatos en doce pulgadas como Coda mucho más suelto cuando se deja influir por las emociones que cuando recurre al bombo y al crujido, que fueron las nanas de sus incontables noches sin dormir. Si es que nos vamos haciendo mayores.