Sonorama

Autor: Música Charlista

Título: Amarillo Mantequilla

Sello: CMYK Musik

Estilo: Techno | Nota: 9 / 10
Escrito por Diana Domingo el 27 de septiembre de 2004
El año que fuimos beatniks
En muchas películas, el protagonista entra en un bar, sudoroso y jadeante, a guarecerse del Malo, del perro mundo o de sí mismo.
Cierra la puerta tras sí dando un portazo y se apoya contra ella exhalando uno de esos sentidos suspiros que emergen desde las entrañas, baja (subrayo BAJA. Por aquello de la introspección) una escalera, preferiblemente de caracol (para acentuar el efecto plástico del estado mental en que se halla nuestro prota), y se encuentra en un bareto con el techo abovedado, de ladrillo visto desgastado, y con las paredes forradas de carteles de recitales de poesía de Corso, Ferlinghetti, actuaciones de Lester Young o exposiciones de Rothko.
La barra es pequeña y tiene una máquina de café exprés (la Cimbali, por ejemplo) En un lateral iluminado teatralmente por una coqueta lámpara de techo, destaca la silueta de dos músicos, Alex Under y Damián Schwartz (tres en realidad, si contamos con la inestimable, aunque fantasmal presencia, de “la inspiración en la sombra”, el sin par Jerome (aka, el amigo imaginario de los niños), como ustedes podrán leer en la galleta) La música se amalgama con la animada charla de los parroquianos. Nuestro prota, café humeante en el lado de acá, y con el “perro mundo” bien atadito y con bozal en el lado de allá, tamborilea el ritmo con los dedos sobre la mesa. Suave y amarilla es la noche.

I´m beat, man!
Decía que la charla se confunde con la música, hasta que ya no se sabe muy bien dónde empieza la letra y acaba el click. Las palabras se sonorizan gracias a la calidez de unas máquinas (para que luego digan que son trastos fríos y desangelados) que tienen mucho que contarse entre sí. Si se está atento, es posible pillar al vuelo fragmentos de acalorados debates, ideas descabelladas, vocablos inexistentes más expresivos que los de uso común, complicidades entre amigos, elucubraciones saltimbanquis, inventarios, palabras que son como un cerrojo descorrido, ensayos para una revolución. Música pues, viva y dicharachera, que atraviesa el fastidio rutinario de lo ya escuchado con anterioridad (unas cuantas veces) y masajea alegremente esas áreas del cerebro que, de puro aburrimiento las pobres, sobreviven como buenamente pueden con el piloto automático. En casos de desencanto agudo, sugiero la escucha repetida de este disco a modo de potente desfibrilador. Como diría mi abuela: “¡esto resucita a un muerto!”
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