Crónica: Lapsus Festival 2017: Electrónica Democrática

Escrito por Javi López | Publicado el 03.04.2017

Ikea. No había pillado el rollo de la imagen de la presente edición (obra de Basora, como en años anteriores) hasta que llegué el sábado por la tarde al CCCB y vi que en la entrada repartían mini lápices como los del gigante sueco. El muñeco minimalista, las cajas apiladas, las formas limpias y espartanas, esas tote bags azulonas del merchandising ¿Y el desconcertante amarillo y gris del cartel? El color de las pilas: positivo y negativo. El concepto del llamado diseño democrático de Ikea trasladado a un festival que muestra diferentes vértices de la electrónica actual.

Lapsus Festival celebraba una nueva edición recuperando el espíritu de la primera: menos artistas, menos nombres mediáticos, pero mucha calidad y confort en todos los planteamientos del festival. Lapsus cuenta con muchos puntos positivos a nivel organizativo: el espacio (muy acogedor), la buena sonorización del lugar, los precios más que razonables en las barras… Uno se siente relajado y cómodo en el Teatre CCCB, donde el termino festival (normalmente asociado a masificación, colas y público pasado de vueltas) adquiere otro significado. Mención especial para el equipo Lapsus: siempre majos, currantes y apasionados. Esperamos que sigan creciendo y aportando su particular visión de la electrónica durante muchos años.

La jornada arrancó con la propuesta de SKY H1 (una de las dos mujeres artistas presentes en el festival) que por lo visto pidió expresamente actuar sin visuales. La protegida de Bill Kouligas ofreció un show correcto a caballo entre el ambient mutante y formas pop hidrogenadas. Bien para entrar en calor, pero aburrida en ciertos pasajes. Hay un aspecto que comienza a ser un problema para el que esto firma. Creo que ha llegado el momento de exigir algo más a algunos artistas que ofrecen live shows con laptops. Los directos con ordenadores son muy restrictivos (lanzar secuencias, añadir efectos… y poco más si el performer no se aventura a tocar o cantar). A veces se echa en falta que algunos productores salgan de su zonza de confort y arriesguen más en sus planteamientos de directo. Es por eso que el primer tramo del festival me pareció algo anodino y más después de ver la que estaban liando los chicos de Atzar en la Sala Raval con sus cacharros. Seis horas de jam se cascaron los 4 miembros del colectivo, basculando entre diferentes deformaciones dub y techno.

El ex-Emeralds Steve Hauschildt, aunque no contó con visuales arrebatadores, convenció al auditorio. Su música es balsámica y hermosa, con recuerdos a Klaus Schulze y al Brian Eno más clásico y una interesante subversión de las formas new age. Su paleta de sonidos sintéticos también es amplia y atractiva y además toca el teclado en vivo en muchos pasajes de sus temas (es lo que tiene haber formado parte de una banda). Sin embargo, no fue hasta que llegó MNLTH aka Dave Monolith con su sonido cien por cien Rephlex, que el ambiente comenzó a caldearse en la Sala Teatre. El inglés trituró ritmos ácidos, se puso eléctrico y junglista a ratos y dibujó una IDM sin lugar a la sorpresa pero cargada de nervio, pulso rítmico y que invitaba al baile. Mención especial a la labor del video-artista Miki Arregui bajo su alias Prisma, que redondeó la propuesta en pantalla.

El baile se volvió turbio con Anastasia Vtorova aka Machine Woman. La artista rusa lleva unos cuantos años moldeando un sonido techno rocoso y desafiante, con releases muy notables en sellos como Tesla Tapes y Peder Mannerfelt Produktion. En el CCCB su actuación fue un navajazo. Bruta, en la penumbra, escupió formas techno indefinidas, como si fuera la novia apócrifa de Actress. Y después del ruido, emergió la melodía. La sala siguió a oscuras (recuerden su icónico Sound In a Dark Room en Hefty Records). Una luz blanca y tenue y un apoyo visual mínimo fueron el telón de fondo para el retorno de Joshua Eustis para defender el legado sonoro de Telefon Tel Aviv. Fue la actuación más personal de la jornada, intimista y emotiva, que mostró la vigencia de su propuesta: entretejiendo IDM, sensibilidad armónica y paisajes vocales. A muchos se les hizo corta.

El riesgo y la rabia la puso Clip. El barcelonés tiene un directo muy serio, edificado a partir de sintetizadores modulares, de sonido abrasivo y subgraves de infarto… Y lo mejor de todo: abierto a la improvisación y sin corsés de ningún tipo. El caso Clip no es justo. Su propuesta merece la mejor de las suertes y tendría que hartarse de tocar en clubs y festivales en el futuro. Los chicos de Lapsus lo saben, por eso le concedieron el honor de cerrar el festival.

Un festival que, aunque este año haya jugado a ser un Ikea, esperemos que mantenga su carácter único, íntimo y mutante en sus próximas ediciones.


Más información:

Lapsus: Web Oficial

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