Crónica: Electrónica en Abril 2017

Escrito por Carlos Añón | Fotos de La Casa Encendida | Publicado el 06.04.2017

Pensaba el filósofo y sociólogo de la Escuela de Frankfurt Theodor Adorno que el arte es como un sismógrafo de la sociedad, y desde Electrónica en Abril insisten en confirmar la veracidad de este aserto con una programación, confeccionada por el periodista Abraham Rivera, que es como un barrido de la actualidad sin perder la variedad como máxima ineludible. Imponía ver la lista de los sellos donde han publicado los artistas de la última edición, celebrada entre el 30 de marzo y el 1 de abril en La Casa Encendida: Warp, Blackest Ever Black, 4AD, Modern Love, R&S, Houndstooth, Pan y Habibi Funk.

El festival alcanzaba su decimoquinta edición y, como es habitual, las entradas volaron rápidamente. La prensa, Telemadrid o La 2 –que suele estar al quite de lo que sucede en LCE, todo sea dicho– anunciaban la llegada de la primavera, y si algo destaca de Electrónica en Abril es precisamente eso, su capacidad para convocar a un público heterogéneo y mostrarle nuevas músicas. Además, este año había importantes novedades relacionadas con la escenografía. El arquitecto Jorge López Conde, en colaboración con Eva Seijas Marcos y Mónica de la Peña, dispuso el escenario –contrariamente a ediciones anteriores– a lo ancho del Patio, que contó con una pantalla colosal, y redujo la altura con diversos materiales, ofreciendo un ambiente más cálido. Pero lo mejor es que el sonido mejoró, porque lo del año pasado fue para mear y no echar gota.


Jueves

Han pasado casi dos años desde que la norteamericana Holly Herndon publicó su revolucionario Platform, aquel álbum que desafiaba las clasificaciones de la organología clásica, elevando el portátil a instrumento expresivo supremo, y reinterpretaba los fundamentos de diversos estilos merced a un salto cualitativo producto de la original operación realizada con estructuras y métodos de la música pop y de las vanguardias: el frío mundo digital surge de lo académico, pero aquello depende de la humanidad, representada por lo popular. La puesta en escena, que en esta ocasión duró unos cuarenta minutos, sigue siendo la misma cuando está acompañada por Mat Dryhurst y Colin Self, esto es, el primero randerizando y comunicándose con el público en tiempo real vía texto, el segundo ofreciendo apoyo vocal –sin perjuicio de realizar una performance un tanto ridícula–, y ella dirigiendo las controladoras, el portátil y la voz. Pero su contemporaneidad permite, pese a estar inmersos en esta vorágine de destrucción creativa, proscripción de la distancia, finanzas, diarrea informativa y legislativa y, en definitiva, aparente aceleración del tiempo, que su mensaje continúe siendo aplicable a los acontecimientos que vivimos estos días no tanto por su ingenua visión de la política y la economía como por las lecturas que nos ofrece la interconexión global, el inmenso campo de redes que es en Internet. Porque nuestro sistema y, por suerte o por desgracia, nuestras vidas "dependen" de ese descubrimiento comparable al del fuego.


Holly Herndon


Si en lo político dibuja una sonrisa condescendiente ver el libro de Alex Williams y Nick Srnicek como símbolo, el uso del prefijo de moda –pos-/post-, en esta ocasión aplicado a la formación morada, lo que sigue demostrando que está interesada por la realidad política de los países en los que actúa– y la añadidura del elemento tecnológico al género literario que inauguró John Milton –sólo faltó una alusión al distorsionador gráfico del elefante de Milanovic para completar el “cuadro”–, en lo que tiene que ver con la Red, su música abraza la totalidad con una claridad y ternura únicas sin dejar de ofrecer acercamientos de tipo fractal. Decía –acertadamente– Ortega y Gasset que en las masas todo es coro, pero detrás de cada usuario de Google, Twitter o Facebook hay una persona y, por tanto, toda una vida, y esta musa de la tech-topia trabaja, manipula y moldea su voz, convirtiéndola en corifeo omnipresente, para avisarnos de la obligación de liberarnos de las cadenas del control y buscar el ansiado paraíso terrenal. Largo me lo fiáis, pero Interference, Chorus, Home, Dao y la ASMR suenan a gloria y hacen, por un lado, que no temamos por el futuro de la música, y, por otro, que nos vengamos arribísima. El público se mostró más ufano todavía cuando volvió a confirmar que el nuevo álbum llegará más pronto que tarde. Esta pelirroja es de lo más grande que le ha pasado a la música en los últimos tiempos: su complejidad compositiva, derivada de saber qué es y cómo se construye la música, y su originalidad no tienen parangón actualmente.


Viernes

El Auditorio de La Casa Encendida se encuentra en el subsuelo del Patio, y hasta allí bajó otra mujer, la australiana Carla Dal Forno, para mostrarnos su abismo interior. El primer y único álbum en solitario de su carrera, You Know What It's Like, salió publicado hace seis meses en Blackest Ever Black, esa mina para adictos a la oscuridad y el mal rollo. Pero en lugar de mantener el estado de alerta y generalizar estados personales, como sucedió en el último álbum de Raime, la rubicunda Carla dal Forno toma su bajo y, acompañada de Mark Smith, reduce la escala hasta alcanzar el yo y reflejar su propio mundo jalonado por peripecias particulares. Sin abrirse excesivamente, eso sí. Lo justo para rozarla y sortear la impudicia. Melancólica, monótona y rodeada de humo ligero, seleccionó las canciones del álbum –Fast Moving Cars, What You Gonna Do Now, The Same Reply y, para finalizar, la que da nombre al mismo–, añadió otras desconocidas y emitió su aterciopelada voz, a veces algo desafinada, para hacernos recordar insistentemente atisbos de melodías conocidas y grupos del pasado que en algún momento debieron marcarle.


Carla Dal Forno


La suiza-nepalí Aïsha Devi –morena, por aquello de completar la serie– fue la encargada de abrir la jornada en el Patio y poner el broche final a la participación femenina. No hay duda de que el directo impacta, aunque unas veces sea por fascinación y otras por el “fregao” conceptual de las visuales. Sus amplias influencias le han llevado a crear un sonido característico, conformado por el uso de modos alejados geográficamente, un poliestilismo curioso y su voz hipnótica, exótica y de amplio rango, que en ocasiones muta hasta transformarse en una especie de yodel marciano: mantras electrónicos de una extraña religión global primitiva pero sofisticada, futurista. Aunque en directo desaparece ese yodel, perdiendo parte de la gracia ofrecida en su álbum, publicado en Houndstooth, su voz y música siguen siendo maravillosas e hipnóticas, y sus movimientos voluptuosos. Pero las visuales de Emile Barret consisten en construir un panteón de panteones multiforme por donde desfilan, a modo de Circo de Sol, deidades, símbolos, templos, enanos y hasta híbridos de andróginos con sátiros. Si sumamos un vapuleo cromático y formas geométricas, el espectáculo se convierte en un mejunje corrosivo que, como la multiculturalidad –que no el cosmopolitismo–, termina por desubicar al espectador, sumido en lo inabarcable e inconexo.

El enigmático Yves Tumor realizó la actuación más decepcionante de Electrónica en Abril y se encargó de confirmar que el viernes iba a ser el día de la degeneración. El año pasado nos sorprendió a todos cuando publicó en Pan su primer álbum, Serpent Music, una suerte de huída alucinante de las fobias, principalmente raciales, de la sureña Tennessee donde se crió. Acostado o reclinado, serpenteaba, reptante, por el campo y las ciudades de todo el mundo, y tan pronto como inclinaba un espejo donde se reflejaba el mítico álbum de The KLF, se adentraba en el soul y r&b líquido –lo más escaso del álbum– o en una minuciosidad que bebía de Throbbing Gristle o Boyd Rice en cuanto a procedimientos compositivos.

Pero el directo fue de tal inanidad y pesadez que se convirtió en un espectáculo tan irrisorio como insoportable. Se limitó a poner temas de pulso industrial en un par de CDJs, y aprovechaba entre uno y otro, problemas de sonido mediante, para convertirse en un plúmbeo pasado de rosca que baja del escenario no sé cuántas veces para chillar y dar la nota. En la portada del álbum vestía unos largos guantes rojos y una camiseta transparente de malla del mismo color, y en el Patio apareció con una camisa de fuerza, pasando de la inteligencia femenina a la brutalidad masculina. Allí apostaba por la novedad; aquí por el retroceso. Por si fuera poco, unas visuales en modo loop reivindicaban “Theres is no authority buy yourself!!!”, cuando aquello tuvo de conservador todo lo que carecía de anarca. La coronación llegó cuando fumó del canuto que le cedió Fernandito Kit Kat, más conocido como Yung Beef, que sustituía al preso Steve Lean.

La única luz emanaba del flash del móvil de uno de sus colegas. Porque, sí, toda la crew subió al escenario para rapear –por decir algo–, soltar coñas, animar al público a ritmo de trap y reggaeton y suplir las carencias técnicas del carismático Fernandito Kit Kat. O sea, que inflaron el papo hasta estallar, e insistieron en que no aportan –según ellos– nada al arte y que se pueden reír de la gente, que Karim Benzema es un ídolo y que la superpasta no para de fluir. Pero pensándolo bien, y continuando con la táctica del prefijo, todo esto tiene mucho de post-ironía. Sólo en un mundo como el actual puede darse algo semejante.


Sábado

La jornada dominada por el Reino Unido comenzó con la segunda y última actuación en el Auditorio, que corrió a cargo de Samuel Kerridge, un agitador especialista en convertir la pista de baile en la Guerra de los Balcanes. Pero en esta ocasión venía a presentar su proyecto The Mysterious Other, cuya exposición, que no llegó a los cuarenta minutos, reflexionaba sobre la actualidad, la deshumanización, el genio o la función del arte a partir de un vídeo que incluía textos recogidos de s'adresse à l'an 2000, un discurso profético que el influyente artista multidisciplinar Jean Cocteau grabó dos meses antes de fallecer. Tras unos problemas que obligaron a reiniciar el directo, ofreció una delicia sincronizada compuesta por un tramo experimental y otro tendente al techno. Ruidista, disonante, de ambición inquieta y con una rica paleta tímbrica, recibió críticas negativas y positivas, y es que a Kerridge le pesa estar circunscrito a Guantánamo.

Samuel Kerridge

Demdike Stare


Otros especialistas en los funestos augurios son Miles Whittaker y Sean Canty, el dúo mancuniano Demdike Stare. Reflexionando sobre el Brexit, en su último álbum, de paradójico nombre –Wonderland–, continuaron siendo como insectos capaces de adentrarse en los panales estilísticos y tomar parte de su identidad para, posteriormente, construir nuevos recovecos. Al igual que su compañero de sello Andy Stott cuando aparece en directo o se centra en sus alias Hate y Andrea –cuyo álbum compartió con Whittaker–, la música de la pareja consiste en descender al averno del rave deconstuyendo el drum and bass y el jungle y fundiendo los trozos con dub techno, dark ambient o lo que les venga en gana. El directo tiene poco de luz y mucho de brujería –Demdike era el alias de Elizabeth Southerns, acusada en los procesos de las brujas de Pendle– y terror, y envueltos en eco sordos y niebla tóxica obligaron al personal a menearse con cuidado, asegurando dónde pisar.

Si la música de Demdike Stare da yuyu, la de Lone se centra en el house y rave clásicos. Acompañado del batería Chris Boot y con visuales de estética nipona dirigidas por Tom ScholefieldKonx-Om-Pax–, el directo consistió en un viaje al pasado entre UK y Detroit, como demuestra su último álbum, Levitate. Si bien huele demasiado a la manida fórmula que extendieron Underground Resistance con el proyecto Galaxy 2 Galaxy, su efectividad fue suficiente para que el público, invadido por el hedonismo, bailase más que en todos las demás actuaciones. Para finalizar, GAIKA, el joven artista de Brixton que publica en el todopoderoso sello Warp, realizó una sesión sin pena ni gloria, aún con algún pelotazo y técnica correcta, centrada en la bass music, el dancehall y el hip hop.


Domingo

Los domingos es más fácil que las familias acudan jacarandosas a escuchar música, y con más razón si, además, la propuesta es una combinación de sonidos setenteros y ochenteros –boogie, disco, electro, funk o soul– con sintetizadores y aires africanos, de Marruecos a Argelia. Porque eso es lo que propone Jannis Stürtz, propietario de los sellos Habibi Funk y Jakarta y arqueólogo musical que se dedica a desempolvar y editar joyas rarísimas. Aunque el discurso fue irregular y la técnica dejó mucho que desear, pues no mezcló más de diez segundos ningún disco, fue una manera ideal de cerrar una edición de Electrónica en Abril, festival referencia de la capital que no deja de sorprender y arriesgar cada año, que vino y se fue musculoso y ágil.

Habibi Funk


Más información:

La Casa Encendida: Web Oficial

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