Con Vladimir Ivkovic y Tolouse Low Trax en Barcelona

Escrito por David Puente | Fotos de Meri Bonastre | Publicado el 16.01.2017

Nos encontramos en los estudios que la emisora digital dublab tiene en el barrio de Gràcia de Barcelona. Es la primera semana de programación regular de la emisora de un año que arranca con programas y locutores nuevos. Tolouse Low Trax está algo preocupado porque no podrá fumar durante su actuación en directo de esta noche en Moog. Viste traje chaqueta oscuro. A medida que pasen las horas se irá abriendo. Me comentará que apenas tiene amigos alemanes y que su mujer es extranjera. Es oriunda de Grecia que es un país que en cierto modo sigue yendo a la suya, incluso en la política antitabaco, y que tal vez por eso le vaya tan mal en el contexto internacional pero que a él en el fondo le gusta la gente que va a la suya.

Viene acompañado de Vladimir Ivkovic que me explica que estaba en edad de ir al servicio militar en el momento en el que explotó la guerra de los Balcanes. Decidió que no iría a la guerra a luchar contra croatas, bosnios y musulmanes. Veinte años después de la guerra es uno de los Dj más solicitados del momento, gracias a sus sesiones en el club Salon Des Amateurs donde coincide con el propio Tolouse Low Trax. Dos décadas después del conflicto que desmembró al país de Tito y Drazen Petrovic viste una parca con la bandera de la antigua Yugoslavia cosida al pecho. Tiene dos hijos. Su trato es de una cortesía exquisita.

Ivkovic se ha comprado este mediodía, nada más llegar a Barcelona se fue hasta Discos Paradiso, un recopilatorio de avantgarde con temas de bandas de aquí que apenas conocemos los de aquí, Domestic Sampler UMYU, publicado en 1982. En los estudios de dublab, como su pendrive no funciona del todo bien en el lector de CD, tira de los discos que ha comprado en sus primeros momentos de estancia en la ciudad. Concretamente pincha un tema de la banda Klamm, extraído del citado recopilatorio, en el que colabora Víctor Nubla que además produjo el mismo recopilatorio. Ivkovic es muy fan de Nubla y acaricia el disco, abre la funda y mete la nariz por el interior que según él todavía huele a años 80. Justo en ese momento, me pregunta mi amigo Enrique Doza por Messenger qué es lo que está sonando. Miro la gallera para confirmar el título del tema que no he escuchado del todo bien: Klamm - Eish Anta, pinchado a menos 10 de pitch. Me da algo de vergüenza que alguien de fuera me venga a mostrar bandas que mi pasado me ha escamoteado. A cambio le hemos descubierto las bondades de un vino Verdejo frío.



Al salir de la emisora le indico a Detlef Weinrich aka Tolouse Low Trax los lugares más auténticos por donde pasamos de camino a un taxi que nos devuelva al centro. Le muestro el Frankfurt del Ezequiel que ahora mismo está en traspaso y le señalo con vehemencia la vermutería de la calle Milà i Fontanals con sus botas de vino, sus toneles de otra época y sus grifos de caldos a granel. Detlef pide tomar la última en esta bodega antes de volver al hostal Airbnb donde le esperan cinco plantas sin ascensor (me explica que va a ser un drama volver al hostal a las seis de la mañana y cargar con el equipo hasta la habitación, ancha y luminosa, pero a la que se llega subiendo a pata). Hay tiempo antes de cumplir con la prueba de sonido.

Hablamos de posmodernidad y tiempos líquidos avivados por el alcohol en barrica de roble. La conversación a cuatro se parte en dos cuando cito a Thomas Pynchon y Detlef movido como un resorte me pregunta si de verdad he citado al autor de El Arco iris de Gravedad. Me enseña el único tatuaje que decora su cuerpo. Es el supuesto código postal del autor estadounidense más misterioso del siglo XX y lo que llevamos de XXI. El alemán me dice que es fan de Pynchon porque ya adelantó antes que nadie la tela de araña paranoica en la que nos movemos. Me habla del concepto de entropía y como se va extendiendo por todo el mundo hasta convertirlo en un Starbucks gigante. La prueba está en que países que ha visitado más o menos regularmente, como Georgia, antigua república de la Unión Soviética, que ha perdido su halo de exoticidad en pos de una salvaje occidentalización.

A los veinte minutos y dos Verdejos y medio, más un chupito de orujo de hierbas, entra por la puerta de la atestada bodega una figura sospechosa, destaca entre lo agreste del local, tocada con un sombrero de ala, guantes de ante y un chaquetón largo. Parece Thomas Pynchon el día que fue de tapadillo a una fiesta de disfraces en Nueva York en la que sus fans debían vestir como su elusivo escritor favorito del que no hay constancia fotográfica. Resulta que es el mismísimo Víctor Nubla, me chiva al oído mi compañero Gonzalo que rápidamente le pide el disco a Ivkovic para plantárselo en la cara a su productor original a modo de broma llegada del pasado. Nubla da un respingo y dice que está harto de ver esa portada, casualmente un sello de Rotterdam llamado Discos Transgénero lleva unos meses trabajando en su reedición. Le presentamos al ex yugoslavo que se enciende con el rubor de un fan, sonrojo propio de un chaval delante de Justin Bieber. La señora de la bodega me persigue hasta la puerta y me dice que estas casualidades son propias del lugar, que no hay que olvidar que la bodega fue definida por el propio Nubla como el centro místico del universo, gracias al gato de la casa, que en realidad era gata, y una vez le dio suerte a Joan Clos, que pasó de alcalde a ministro por obra y gracia de la minina Mini y sus 16 kilos de peso.



Una vez hemos dejado a los dos "turistas" en la puerta de su hostal de la calle Hospital y de cenar dos pizzas nos vamos hasta la casa del también periodista Pau Cristòful que ha organizado una pre party antes de marchar en camarilla al Moog. En la casa reina la juventud ilustrada. Uno de los asistentes al warm up casero, Gerard Llopart, me explica que su madre trabaja en TV3 y que cuenta con una colección de vinilos más que decente y con discos por los que podría sacar una pasta considerable en plataformas como Discogs. Cada mañana coge el coche y se enfrenta al atasco matinal como una heroína de Pynchon con la música que le pasa su hijo. Su madre lleva tiempo flipando con todo este revival de bandas setenteras que ahora se cotizan por una pasta, pero que ya en su época le parecían algo blandurrias. Su madre le dijo que si hay una banda que hay que reivindicar esa es… Klamm. Son de Martorell que ya tiene mérito porque ni siquiera sabemos el gentilicio de esa ciudad famosa por la fábrica de la SEAT. Me enseña la portada del único álbum de la banda que encontró hace unas semanas y que subió a Instagram para solaz de sus amigos coleccionistas. Otra chica me habla en el salón de su infancia y de cómo salió del autismo gracias a Aphex Twin. Que su abuelo quiso entonces escuchar al tal Aphex Twin que había obrado el milagro. Yo no sé por qué, le pregunté si había leído a Thomas Pynchon y cómo no le sonaba el nombre se lo apuntó en su móvil. "¿De qué habla el tal Pynchon?". De la paranoia. "Ah pues eso me interesa", me responde.

Una vez en el club me encuentro con John Talabot que a esas horas de la noche ya sabe de primera mano que Ivkovic se ha encontrado con su idolatrado Nubla y me explica que no para de hablar del encuentro casual de esta tarde. Vladimir Ivkovic realiza una sesión que primera escucha parece una 'troleada' máxima porque pincha discos de new beat, como un hit de los belgas Erotic Dissidents, con trance de los 90, pero a la mitad de su velocidad original. La sensación general durante toda la sesión es que hemos entrado en una cámara de descompresión sónica. Que en algún momento vamos a salir despedidos como un cohete V-2 hacia la troposfera, pero que por alguna misteriosa razón el oficial alemán responsable de hacer despegar el cohete se hubiera quedado obnubilado y el lanzamiento se pospusiera sine die. Adrián Uroz, residente del Moog, se encuentra en shock. En realidad, si hemos despegado, hemos sobrepasado el planeta de los hipster, que es una gente que luce una poblcada barba como Ivkovic aunque en realidad sean enemigos. No todos los yugoslavos eran hermanos. La sesión de Dj más posmoderna que hemos escuchado nunca. Un poco antes Toulouse Low Trax ejerció de espíritu libre y se encendió un cigarro en medio de su actuación y a la vista de todo el mundo. Creo que es porque no sabe qué hacer con las manos mientras ejecuta su directo.



Más información:

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Vladimir Ivkovic: Facebook

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